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‘Así vivimos la Semana Santa en Jerusalén’

tierra santa

Entrevista al padre Alessandro Coniglio, biblista y fraile menor de la Custodia de Tierra Santa

Roma, 01 de abril de 2015

 

«Y de Sión se dirá: “Éste y aquél han nacido en ella”… Y cantores y músicos dirán en ella: “Todas mis fuentes están en ti”» (Salmo 87). El misterio pascual llena estas palabras del salmista de un sentido infinito, ya que es el amor infinito de Dios derramado sobre nosotros en Cristo. Vivir esta semana de la conmemoración de la Pasión de Jesús en Tierra Santa tiene un sabor completamente diferente. Para obtener una muestra de esta experiencia, nos hemos dirigido al padre Alessandro Coniglio OFM, profesor de Exégesis del Antiguo Testamento en el Estudio Bíblico Franciscano de la Flagelación en Jerusalén.

El padre Alessandro es un fraile franciscano de la Custodia de Tierra Santa que vive en Jerusalén desde el año 2002. Además de sus compromisos académicos, es animador espiritual de peregrinaciones desde el 2009. Es autor, junto al padre Frederic Manns, de un volumen que será publicado por Edizioni Terra Santa, titulado “Tierra Santa, sacramento de la fe. Peregrinación cristiana y camino de vida”.

***

Fray Alessandro, usted tiene la gracia de poder vivir desde hace varios años la Semana Santa en los lugares del Acontecimiento y de hacer participes de esta gracia a los peregrinos. ¿Cuál es la idea básica que permite concienciar al turista y abrirle los ojos, transformándolo en un peregrino?
— El tiempo de Cuaresma y de Semana Santa en Jerusalén es un momento especial desde diferentes puntos de vista. El primero, es la gracia de poder celebrar en los santos lugares de la Redención, en los mismos lugares donde el misterio, que se celebra en la liturgia, sucedió. En los santuarios de Tierra Santa el hoy (hodie) de la liturgia latina, que actualiza en todo el mundo, en la hora de mi historia personal, el acontecimiento de la salvación conmemorado, está indisolublemente ligado al aquí (hic) de la geografía de la salvación, que me hace estar en el mismo lugar, que fue espectador de ese evento hace dos mil años.

¿A cuándo se remontan las prácticas de piedad y de memoria que han llegado hasta nosotros?
— Las liturgias de la Iglesia de Jerusalén, desde que tenemos memoria (es decir, desde el siglo IV, en el que una peregrina, Egeria, nos ha dejado su diario de peregrinación en Tierra Santa) son liturgias estacionales, que representan los eventos de la salvación en las diferentes “estaciones”. En Cuaresma, especialmente, los frailes franciscanos siguen un camino de acercamiento progresivo al misterio pascual a través de un recorrido celebrativo que, por etapas, nos lleva también físicamente cada vez más cerca al lugar pascual por excelencia, el Santo Sepulcro.

Y concretamente, ¿hoy cómo se llevan a cabo estas estaciones?
— A partir de la segunda semana de Cuaresma, todos los miércoles se celebra una liturgia solemne en uno de los santuarios de la Pasión: partiendo de Dominus Flevit, en el Monte de los Olivos, que recuerda el llanto de Jerusalén al ver la Ciudad Santa (cfr. Lc 19,41-44), después se baja a las faldas del monte, al jardín de Getsemaní, para conmemorar la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos (cfr. Mt 26,36-46), a continuación, se celebra la memoria de la amarguísima flagelación romana sufrida por Jesús en el pretorio de Pilato (cfr. Jn 18,38-39.19,1-5.) en la Iglesia homónima de la Flagelación y luego, por último, se conmemora el Vía Crucis en la Iglesia de la Condena, en el lugar del Lithostrotos de Pilato (cfr. Jn 19,16-30). En esta quinta semana de Cuaresma, además del miércoles, hay una intensificación de las memorias litúrgicas, y así el viernes, ya en el Calvario, se recuerdan los dolores de María, que estaba junto a la cruz de su Hijo (cfr. Jn 19, 25-27).

¿Y ahora que estamos en Semana Santa?
— Con esta memoria comienza para nosotros la celebración de la Semana Santa, la “semana grande”, como la llamaban los antiguos, en la que la mimesis litúrgica de los últimos días de la vida de Jesús se vuelve a vivir, por los cristianos locales como por los peregrinos presentes en Jerusalén, en los lugares originales donde tuvieron lugar.

Así, el Domingo de Ramos, después de la celebración solemne de la mañana en la Iglesia del Santo Sepulcro con el Patriarca Latino, ve a miles de fieles reunidos por la tarde en el santuario de Betfagé para comenzar una procesión que sigue el camino emprendido por Jesús en su entrada mesiánica a Jerusalén en un día similar de hace dos mil años (cfr. Lc 19,28-40).

Debe ser especialmente significativo el Triduo Pascual, ¡teniendo en cuenta el “hic” mencionado al principio!
— ¡Efectivamente es así! En el Triduo sagrado, la correspondencia entre las celebraciones litúrgicas y los lugares de la salvación es aún mayor, ya que el Jueves Santo, después de que el Patriarca celebra la Misa Crismal en el Santo Sepulcro por la mañana, nos reunimos con el Custodio de Tierra Santa en la sala superior del Santo Cenáculo para conmemorar el lavatorio de los pies, hecho por Jesús durante la Última Cena (cfr. Jn 13,1-15). El Viernes Santo, estamos en el Calvario, para celebrar el solemne Oficio de la Pasión y la Adoración de la Cruz salvadora del Redentor. A continuación, el Sábado Santo, antes de tiempo en comparación con el resto del mundo, celebramos la Vigilia pascual de la Resurrección del Señor delante de la aedícula que encierra la tumba vacía de Jesús. Lo mismo se hace el Domingo de Pascua. Un signo muy importante de estas celebraciones es el canto de los cuatro Evangelios de la Resurrección alrededor de la aedícula, como si se quisiera llegar a los cuatro puntos cardinales con el anuncio de que Cristo ha vencido a la muerte para siempre, o, según la felicitación pascual que nos intercambiamos aquí en Oriente: “¡Cristo ha resucitado! ¡Sí, verdaderamente ha resucitado!”.

A menudo, y por desgracia, a la gente le llegan historias (y ahora incluso vídeos) de peleas en torno a los lugares de Cristo resucitado, “nuestra paz”. Pero, sin embargo, ¿cuál es el mensaje que quiere que llegue a los que participan y a los que sueñan con participar en una Pascua en Tierra Santa?
— Para mí, como fraile franciscano de la Custodia de Tierra Santa, es una gran gracia y una causa profunda de gratitud a Dios, la oportunidad que me ha dado de vivir de esta manera los tiempos fuertes del año litúrgico. Estos adquieren aquí una intensidad, una viveza, que en otros lugares no se puede experimentar. Por supuesto, a veces, también hay confusión, existe la dificultad de la convivencia en el Santo Sepulcro, con cristianos de otras denominaciones que siguen un calendario litúrgico diferente al nuestro, y con las exigencias con las que a veces se tienen que “encajar” nuestra celebraciones. Pero al final permanece, por encima de todo, el sabor único de poder revivir los misterios de la salvación, y de manera especial, la pasión, muerte y resurrección de Jesús, en los mismos lugares que fueron testigos de esos acontecimientos de gracia, y con aquellas comunidades cristianas que son herederas de los primeros testimonios de los mismos hechos.

Fuente: (Zenit.orgRobert Cheaib


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