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El corazón del misionero

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El corazón misionero no conoce de fronteras y por medio de la oración realiza su misión en aquellos lugares donde infelizmente el Evangelio no puede ser anunciado. “Id por el mundo entero y proclamad el Evangelio a todas las criaturas” (Mc 16,15)

El mandato misionero está estrechamente ligado a la Resurrección del Señor: Habiendo ofertado su vida, Jesús Resucitado nos dona su Espíritu y nos envía como testimonios de su amor. Ser misionero es ser testimonio del amor de Dios por cada hombre, es tener un corazón abrasado y por eso, inquieto, deseoso de calentar e inflamar los corazones de aquellos que no saben que son amados, de aquellos que desconocen o ignoran al Amor, que buscan o ofrecen una falsa felicidad donde solo existe oscuridad y muerte.
Observando la situación actual de las sociedades: guerras, inversión de valores, impureza, corrupción, violencia, mentiras, drogas, masacre de inocentes, miseria, traiciones, etc, constatamos que la creación espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios; gime como los dolores de parto, esperando ser liberada de la esclavitud de la corrupción (Rm8, 19- 22). Porque cuando el desarrollo económico y social no tiene como finalidad la dignidad ni el bien del hombre, cuando no tiene en vista un desarrollo solidario, entonces el progreso pierde su potencialidad, porque no ofrece esperanza, el progreso pierde fuerza porque no muestra al hombre una dirección segura, o su futuro apunta al vacio. “Solamente cuando el futuro es seguro como realidad positiva, es que se torna visible también el presente. El anuncio del Evangelio es la comunicación que transforma la vida, infunde esperanza, abre de par en par las puertas oscuras del tiempo e ilumina el porvenir de la humanidad y del universo”.

Observando el mundo a nuestro alrededor percibimos que es la hora de partir, como los discípulos de Emaús, que al reconocer al Señor, parten inmediatamente y fueron a anunciar que lo habían visto y oído. “Cuando se tiene una verdadera experiencia con el Resucitado, alimentándose de su Cuerpo y su Sangre, no se puede reservar para uno mismo la alegría que se siente. El encuentro con Cristo, continuamente profundizado en la intimidad de la Eucaristía, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la urgencia de testimoniar y evangelizar”.

La misión es una de las características fundamentales de la Iglesia y una de las formas de llevar la Salvación de Dios al mundo y a cada hombre. La Iglesia es por naturaleza misionera: “Id por el mundo entero, proclamad el Evangelio a todas las criaturas” (Mc 16,15). Cada misionero que vive con fidelidad la desafiante, pero al mismo tiempo, gratificante tarea de testimonia el Evangelio y de servir a los hombres es como un brazo de la Iglesia que alcanza, abraza, cuida y ama a sus hijos. Con el don del Espíritu Santo, en Pentecostés, la Iglesia partió en misión, y es el poder de ese mismo Espíritu que realiza los diferentes apostolados en todas las partes del mundo, promoviendo la caridad, suscitando la esperanza, dando las bases necesarias para el sustento de la fe. Existe, por lo tanto, una relación estrecha entre celebrar la Eucaristía y anunciar a Cristo. Entrar en comunión con Él, en el banquete de la Pascua, significa al mismo tiempo convertirse en misionero del evento que tal rito actualiza; en un cierto sentido, significa hacerlo contemporáneo a todas las épocas hasta que Él vuelva.

La misión es una cuestión de amor, pues es la caridad de Cristo la que nos impulsa (2Cor 5,14), es Dios que en su infinito amor nos envía en misión, invitándonos en primer lugar a beber “de la fuente primera y originaria que es Jesús, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios” (Deus caritas est, 7). En esa purísima fuente, encontramos la compasión, la misericordia, paciencia, disponibilidad, alegría, acogida, atención, interés por la vida y por los problemas de las personas; encontramos el sentido de dejarlo todo para seguir a Cristo pobre, casto y obediente.

Todo bautizado es misionero, está llamado a la misión, y no podemos descansar tranquilos mientras que Cristo es desconocido por tres cuartas partes de la humanidad. Desconocer a Jesús es no conocer la verdadera felicidad y el sentido pleno de la vida. Es por esto el imperativo paulino, “el amor de Cristo nos impulsa”, debe arder en nuestros corazones.  El corazón misionero desconoce fronteras y por medio de la oración hace posible la misión en aquellos lugares donde infelizmente el Evangelio no puede ser anunciado, donde está prohibida la actividad misionera de la Iglesia, donde nuestros pies todavía no pueden llegar.

Obedeciendo la voz de Cristo, que como a los discípulos, también nos ordena: “Dadles vosotros mismos de comer (Mt 14,16), vamos al encuentro del hombre sediento y con hambre de la única Agua y del único Pan que sacia plenamente: Yo soy el pan de la vida. Quién viene a mí, nunca más tendrá hambre, quién cree en mi nunca más tendrá sed (Jn 6, 35).

Traducido del portugués por María José Aguilar


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