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Eucaristía celebración de San José Obrero y Día Internacional de los Trabajadores

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Pidámosle a Jesús Carpintero, un país más equitativo, donde trabajadoras y trabajadores sean valorados por su aporte al desarrollo de Chile

El Cardenal Ricardo Ezzati se dirigió a dirigentes sindicales, empresarios, autoridades de gobierno presentes en la misa por el Día de los Trabajadores haciendo un llamado a construir entre todos un país que sea mesa para todos.

 

Queridas hermanas y queridos hermanos en el Señor Jesús,

Hoy, la víspera del Día Internacional del Trabajo, celebramos la Eucaristía para agradecer y para implorar los dones que más necesitamos para que Chile sea una mesa para todos: las autoridades de gobierno, los dirigentes sindicales, los empresarios, hombres y mujeres de la política y fieles, trabajadoras y trabajadores de Chile.

Lo hacemos como Iglesia de Santiago, con los ojos fijos en el Carpintero de Nazaret, nuestro maestro Jesús, recordando de manera particular la importancia que tiene el destino universal de los bienes de la creación. Bienes que son cuidados, cultivados y producidos por el trabajo de tantas mujeres y tantos hombres a lo largo de la historia humana hasta nuestros tiempos.

El principio del destino universal de los bienes, contenido en el pensamiento social de la Iglesia, invita a cultivar una visión de la economía inspirada por valores morales, firmemente sustentados en el Evangelio, manteniendo presente el origen y la finalidad de los bienes, para así realizar un mundo justo y solidario donde la creación de la riqueza tenga una función positiva (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Nº 174).

Es a través del trabajo que el hombre, usando su inteligencia, logra señorear la tierra y hacerla su digna morada. Este señorío, está muy alejado de la explotación, más bien, se refiere a su cuidado responsable. Somos todos responsables de resguardar la creación, de hacerla un lugar mejor para las presentes y futuras generaciones. Es bajo este deber, que tenemos el derecho de disfrutar todos de sus frutos (Gn 1, 28-30).

Así es como el derecho a la propiedad privada, reconocido por la Doctrina Social de la Iglesia, en su esencia, es sólo un instrumento para el respeto del principio del destino universal de los bienes (Encíclica Populorum Progressio, Nº 22 y 23. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Nº 176, 177 y 178). A este respecto, el Santo Padre Francisco expresó en la Exhortación Apostólica “la Alegría del Evangelio”: “La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde.” (Evangelii Gaudium Nº 189.)

Los desastres naturales que nos ha tocado sortear como nación en los últimos meses, han dejado entrever las profundas desigualdades que persisten, a pesar de las positivas cifras que ha mostrado nuestra economía, como por ejemplo un PIB per cápita que ha llegado al nivel de países como Portugal y Grecia (según estimaciones del Fondo Monetario Internacional en 2014).
Esta situación hace preguntarse ¿por qué existiendo tal nivel de riqueza hay 900 mil chilenos que a pesar de tener un contrato de trabajo, siguen estando en condiciones de pobreza? (Encuesta CASEN 2013). Junto a mis hermanos obispos hemos dicho al respecto: “la desigualdad se hace particularmente inmoral e inicua cuando los más pobres, aunque tengan trabajo, no reciben los salarios que les permitan vivir y mantener dignamente a sus familias” (Carta Pastoral Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile, CECH 2012).

Queridos hermanos y queridas hermanas,
Desde el Evangelio de Jesús meditemos algunas enseñanzas que pueden iluminar nuestro camino.

No es una novedad que una gran brecha entre los más acomodados y los más vulnerables puede afectar la cohesión social, generando malestar en aquellos ciudadanos que -como el pobre Lázaro del Evangelio de Lucas (Lc 16, 19-31)- quedan bajo la mesa de los más acomodados. Genera en este sentido una creciente deslegitimación de las instituciones, que pueden llegar a verse como ineficaces en la distribución de los beneficios conseguidos por todos.

Altos niveles de desigualdad producen también desconfianza en los empresarios, alimentando una suerte de antagonismo añejo entre el trabajador y el empresario, lo que afecta al diálogo social, disminuyendo las posibilidades de construir una relación comunitaria entre ambos actores clave del trabajo, que fortalezca el orden social (Encíclica Laborem Exercens Nº 20.).

Me gustaría detenerme un momento en un instrumento bastante eficaz al momento de valorar la puesta en práctica del destino universal de los bienes. Me refiero al salario de los trabajadores en la sociedad. A través de la remuneración del trabajo, hombres y mujeres pueden acceder a los bienes tanto de la naturaleza como a aquellos producidos por el ser humano.

San Juan Pablo II, en su famosa encíclica sobre el Trabajo Humano nos dijo: “De aquí que, precisamente el salario justo se convierta en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico y, de todos modos, de su justo funcionamiento. No es esta la única verificación, pero es particularmente importante y es en cierto sentido la verificación-clave.” (Encíclica Laborem Exercens Nº 19)

En un encuentro sostenido por la Pastoral Nacional del Trabajo a comienzos de este año en San Francisco de Mostazal, donde participaron agentes pastorales desde Copiapó a Villarrica, se observó que muchos trabajadores tienen sus esperanzas puestas en que el fortalecimiento sindical y la ampliación de la cobertura de la negociación colectiva, sean vías concretas para avanzar en la mejor distribución de la riqueza generada conjuntamente por trabajadores y empresarios (Comisión Nacional Pastoral de los Trabajadores, Carta de San Francisco de Mostazal, 2015).

Por eso, en estos días en que se discuten reformas que afectarán el ámbito laboral, la voz de la Iglesia quiere llegar también a aquellos creyentes que cumplen un rol empresarial, para que, urgidos por la justicia y el amor que emana del Señor Jesús, tengan presentes los principios de la Doctrina Social, entre ellos el del destino universal de los bienes, al momento de discernir sobre la postura que tomarán respecto a las iniciativas específicas.

Así también, como lo ha hecho siempre el magisterio social católico, quisiera alentar a las organizaciones de trabajadores, específicamente a los sindicatos del sector privado y a las asociaciones del sector público, a participar activamente en la defensa de la dignidad de cada trabajadora y de cada trabajador. Buscando un diálogo fecundo y duradero con los empleadores. Tarea que debe tender a corregir “todo lo que es defectuoso en el sistema de propiedad de los medios de producción o en el modo de administrarlos o de disponer de ellos” (Encíclica Laborem Exercens Nº 20).

Pidámosle a Jesús, el Carpintero de Nazaret, que nos envíe el Espíritu Santo para poder hacer realidad un país más equitativo, donde trabajadoras y trabajadores sean valorados por su aporte al desarrollo de Chile. San José Obrero interceda para que la solidaridad y la paz llenen de esperanza nuestro tiempo.

Anhelo profundamente que en este Día Internacional del Trabajo, a la luz de La Doctrina Social de la Iglesia, podamos reflexionar sobre la urgencia de mejorar las condiciones laborales, de buscar la forma de entregar salarios justos y de hacer cada vez más participes a todos los chilenos de los bienes que el Creador ha puesto a nuestra disposición y que el trabajo de todas y todos han acrecentado.

Qué María, la mujer pobre y fuerte, sencilla y animosa, educadora de Jesús, nos dé la gracia de obtener de su Hijo todo lo que hoy le hemos venido humildemente a solicitar.
Así sea.2


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