Formación

Jesús se revela a los pequeños y nos invita al descanso

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José Ricardo Bezerra e Felipe Bezerra

Introducción

En este 14º Domingo del Tiempo Ordinario, Año A, continuamos con el Evangelio de Mateo, y el Señor nos hace una invitación que alivia el corazón: “Tomad sobre vosotros mi yugo, porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11,29-30). La carga del mundo es pesada, pero la del Señor es ligera. Son solo seis versículos, pero tan ricos que una cosa va llevando a la otra.

Como siempre, hemos escogido cinco puntos para tu meditación y oración con este Evangelio, que compartimos en el podcast: https://www.youtube.com/watch?v=oswcLCBoK88 (con subtítulos en tu idioma).

El Evangelio

“En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”” (Mt 11,25-30).

1. “Te doy gracias, Padre…”: la alabanza que libera

“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra.” (Mt 11,25). El Evangelio comienza con Jesús abriendo su corazón al Padre. En el pasaje paralelo, Lucas dice que Jesús “se llenó de alegría” (cf. Lc 10,21-22), expresión que nos remite directamente a los Salmos. Es la alabanza de la persona de Jesús, verdadero hombre, al Padre del cielo. Aquí aprendemos cómo oraba Jesús: los discípulos lo veían orar y le pedían “enséñanos a orar” (cf. Lc 11,1). Jesús abre su corazón para que nosotros entremos, conozcamos y descubramos lo que hay dentro de él.

Que nuestra oración comience siempre por la alabanza. Ante las dificultades y las pruebas, decir “te alabo, Padre, te doy gracias, todo está en tus manos”. Esto no hace que las cosas se resuelvan por arte de magia, pero cambia nuestro corazón, y después el Señor, en su Providencia, nos va ayudando. En el desierto, la tribu de Judá, cuyo nombre significa alabanza, caminaba al frente (cf. Nm 2,9; 10,14). En la hora de nuestro desierto, quien debe ir delante es la alabanza a Dios, pues ella abre los caminos. Primero cambia el corazón, después cambia lo exterior; o, como enseña Santo Tomás de Aquino, el hábito también forma la virtud: si quieres ser valiente, ejercita la valentía.

2. Las cosas escondidas a los sabios, pero reveladas a los pequeños

“Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños.” (Mt 11,25). En el griego resuenan dos palabras: lo “apócrifo”, lo que está oculto, escondido, y el “apocalipsis”, que es la revelación. “Estas cosas” son los “misterios del Reino” (cf. Mt 13,11). Dios no las esconde por maldad: los sabios y entendidos de este mundo se excluyen a sí mismos, porque el orgullo no deja entrar nada. “Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.” (St 4,6; 1 P 5,5).

Si ya tienes el corazón y la cabeza llenos, no cabe nada más. Quien ya cree haberlo entendido todo no aprende; quien ya tiene cerrada su concepción de lo que está bien y lo que está mal no se deja enseñar por el Señor. Pero quien tiene corazón de discípulo dice: “Señor, entonces enséñame, yo no sé.” Santa Teresa de Ávila recuerda que “la humildad es la verdad”: nuestra mente es muy inferior a la mente divina. Los pequeños son los discípulos de Jesús, aquellos que se hacen pequeños y abren el entendimiento a su revelación.

3. La intimidad del Corazón del Hijo y del Padre

“Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.” (Mt 11,27). Aquí se manifiesta la intimidad y la identidad de Jesús con el Padre. Es una prueba más de su divinidad: la intimidad que tenía con el Padre era tal que solo se explica siendo Dios, de la misma naturaleza. Es la unidad inseparable entre el Padre y el Hijo que el Credo de Nicea, en el año 325, profesó sobre Jesús: “Dios de Dios, Luz de Luz.” Como dice el Evangelio de Juan, “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9); el Hijo es el rostro de Dios para nosotros (cf. Jn 1,18). Por eso es tan importante leer la Palabra de Dios en su totalidad, y no un versículo aislado fuera de contexto, que pueden llevarnos a errores de interpretación y a herejías.

Y el conocimiento que Jesús quiere darnos no es solo intelectual: es experiencia, es intimidad, es participación. “Venid y ved”, decía a los primeros discípulos (cf. Jn 1,39). Nadie ama lo que no conoce, y conocer a Dios es entrar en su intimidad. Esto no significa dejar de lado la inteligencia: la fe es asentir con el entendimiento, creer y aceptar, pero Dios está siempre por encima de nuestra razón.

4. “Venid a mí todos los que estáis cansados”

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.” (Mt 11,28). La invitación es para todos, nadie queda excluido, pues ¿quién no está cansado? La carga pesada de la que habla Jesús es todo lo que oprime y hace la vida más difícil, y el corazón de esta invitación es cristológico: “Cargad con mi yugo y aprended de mí” (Mt 11,29). El yugo es ligero no solo por ser un peso menor, sino porque es el propio Cristo quien lo lleva con nosotros, nos une a sí y nos enseña su camino. Entre esas cargas estaba el peso de la Ley vivida de modo opresivo. En Mateo 23,1-36 Jesús critica duramente a los maestros de la Ley y a los fariseos que “atan cargas pesadas sobre los hombros de la gente, y ellos no las quieren mover ni con un dedo” (cf. Mt 23,4), los muchos mandamientos que nadie podía cumplir, y de ahí venía el peso del pecado.

¿Cómo alivia Jesús este peso? Primero, resumiendo toda la Ley en el amor: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (cf. Lc 10,25-28). “Quien ama cumple toda la ley”, como dice San Pablo en la Carta a los Romanos (cf. Rm 13,8-10). La carga de Jesús es ligera porque es la ley del amor. En segundo lugar, por su perdón: el pecado pesa, y por eso debemos volver siempre al Sacramento de la Reconciliación, para acostumbrarnos a recibir el perdón de Dios. Es el traje de bodas que nos prepara para el banquete del Cordero (cf. Mt 22,11-12; Ap 19,9).

La carga del Señor es ligera y él no vino a sobrecargarnos. Hay que tener cuidado con tantos pesos que hoy se inventan en nombre de la fe, convirtiendo en carga lo que el Señor quiere que sea ligereza. Ante el Señor tienes que ser tú mismo, sin ponerte una “capa de santidad” que no tienes. Como enseñaba Santa Teresa de Jesús, ¿para qué hablar del demonio si puedo hablar de Dios? Un consejo precioso lo resume todo: “Calla y quédate con Dios.” A veces vamos a la oración con tanto que decir que nos olvidamos de simplemente entregar nuestra carga y descansar en el Señor.

5. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso.” (Mt 11,29). La Biblia de Jerusalén completa: “…descanso para vuestras almas.” Jesús no promete que las cargas de este tiempo desaparezcan. San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios, recuerda los naufragios, el hambre, la sed, las lapidaciones, etc. (cf. 2 Co 11,23-27): “perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados” (2 Co 4,8-9). Las pruebas continúan, pero el alma está en paz, porque Jesús nos da su paz: “La paz os dejo, mi paz os doy. En el mundo tendréis tribulaciones, pero tened ánimo: yo he vencido al mundo.” (Jn 14,27; 16,33).

“Aprended de mí” es una audacia que solo Jesús podía decir. Fue perseguido, calumniado y atacado más que cualquier discípulo, y aun así no se alteraba, no devolvía el golpe, no guardaba rencor: invitaba. “Venid a mí todos.” Los fariseos no eran excluidos; ellos mismos se excluían, sin apertura para recibir la buena nueva. Esta paz viene de la unión con Jesús, el matrimonio espiritual del que hablan Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. No es dejar de sufrir, pues ni Teresa, ni San Pablo, ni los profetas dejaron de sufrir; es tener los ojos fijos en el Señor, con la certeza, como decía Teresa, de que él está siempre a nuestro lado. Las tribulaciones ocurren, pero no tienen poder para quitar la paz de quien tiene el corazón en Jesús.

Ahora es tu turno: toma tu Biblia, vuelve al texto y ora con la Palabra de Dios, siguiendo los pasos de abajo.

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, orando tú mismo con este Evangelio.

1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto? Lee con atención, más de una vez, el Evangelio de este domingo (Mt 11,25-30). Toma tu Biblia o lee el texto en la descripción de arriba. Anota o subraya las palabras que más te llaman la atención.

2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí? Vuelve a los cinco puntos de arriba y deja que una palabra toque tu corazón: la alabanza al Padre, lo que está escondido y lo que se revela, la intimidad del Padre y del Hijo, el “venid a mí”, el aprender de Jesús, manso y humilde. ¿Dónde están mis cargas? ¿Qué pesos llevo que el Señor quiere aliviar?

3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto? Responde al Señor con tus propias palabras. Si no tienes inspiración, comienza así: “Señor, toma mi corazón y todos los pesos y cargas que hay en él; quita de mí los apegos y las preocupaciones exageradas que me arrastran hacia atrás, y pon sobre mí tu yugo, que es ligero. Enséñame a ser manso y humilde como tú eres; dame la paciencia, la valentía, la templanza, la humildad y, sobre todo, la fe y la confianza. Oh María, toma mi mano y ayúdame en este camino, tú que lo recorriste tan bien.”

4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios? Permanece en silencio ante el Señor. “Calla y quédate con Dios.” Descansa en su carga ligera, dejando que su paz, la paz que el mundo no puede dar, repose en tu alma.

5. Acción (Actio). ¿A qué acción concreta me llama hoy el Señor? Toma una resolución: ¿volver al Sacramento de la Reconciliación para dejarme perdonar por Dios? ¿Poner la alabanza por delante de mi desierto? ¿Llevar una palabra de paz a alguien que carga pesos pesados? Comparte esta Palabra con alguien de tu familia o de tus amistades.

¡Hasta la próxima semana!

¡Shalom!

De lunes a sábado tenemos un pequeño vídeo; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio Dominical para que medites y ores. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más gente ame la Palabra de Dios. Deja tu “me gusta” y compártelo con tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!

Vídeo del podcast: https://youtu.be/oswcLCBoK88 con subtítulos que seleccionas en tu idioma.