Formación

La oración en la Comunidad Shalom

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“La intimidad con Dios es el corazón de nuestra vida comunitaria” (ECCSh,53). En el interior de nuestra Comunidad, recibimos el llamado a “disfrutar de esta intimidad con Él, en profundidad e intensidad” (ECCSh, 55). Debemos estar atentos para comprender, incluso con nuestras limitaciones, el verdadero y simple concepto de lo que es la oración, de lo que es ser un hombre íntimo de Dios. “La oración es un tratado de amistad”, define Santa Teresa de Ávila, una gran mística, maestra de oración y Doctora de la Iglesia. Orar profundamente es ser amigo de aquel que nos concedió el soplo de vida. En el Antiguo Testamento, Moisés se destacó como un hombre que hablaba con Dios, que era amigo de Dios. En el Nuevo Testamento, ese título lo ostenta el apóstol San Juan. Él, el discípulo amado por el Amor, “humanizó”, trajo a nuestra realidad cotidiana ese trato de amistad con el Redentor.  essa vai

Juan acogió de forma única el amor de Cristo. No por entendimientos precisos de la divinidad del Mesías, sino por tener en Jesús un amigo y amarlo de forma libre, sincera y sin necesidad de teorías o explicaciones. Es interesante ver como a todos los apóstoles Jesús les concedió una misión específica: a Pedro, “el pescador de hombres”, le fueron confiadas las llaves de la Iglesia; a Pablo, el convertido perseguidor, le fue confiada la misión de evangelizar a los diversos pueblos; hasta  el traidor, Judas Iscariote, tuvo un servicio, un motus propio: era responsable por las finanzas de los doce. A Juan, el discípulo amado, le fue confiada la intimidad del Corazón del Señor. Él reclinaba la cabeza sobre su pecho y oía los latidos de aquel “sagrado” corazón. Desde el principio tuvo el deseo de conocer la “morada del maestro” (cf. Jn 1, 38-39). Buscó establecer con Él una relación de intimidad y se convirtió en amigo del Señor; amigo que pudo “compartir” varios y particularmente dos momentos especialísimos en la vida del Verbo de Dios: la Transfiguración y la Crucifixión.

Jesús mostró a Juan las dos caras de su gloria: en el Tabor, contempló la realeza y divinidad del Hijo del Altísimo; en el Gólgota, vio aquel corazón tan conocido, tan familiar traspasado; vio el nacimiento de la Iglesia, vio la plenitud del amor que nos redime y recibió en su casa ¡a la propia madre de Jesús! A quién si no al más íntimo de los amigos confiaría Cristo a su propia madre… “A medida que perseveramos y progresamos en la intimidad con Dios, su presencia será constante en todas nuestras actividades, por más exigentes que sean” (ECCSh,56). Con seguridad, Juan pasó por innumerables dificultades durante su vida dedicada al cumplimiento de la Voluntad de Dios, principalmente después de la Ascensión de Jesús, cuando no podía tener más a Jesús presente físicamente. Sim embargo, siendo ya amigo del Señor, esta presencia en el Espíritu perduró para siempre.

Determinémonos por tanto a obtener esa amistad con Dios; tanto en los momentos alegres del Tabor como en los dolorosos tiempos del Gólgota, libres de nuestros conceptos y preconceptos, de programaciones o esquemas. Hagamos de nuestra oración un encuentro de dos verdades: por nuestra parte, el sincero intento de vivir la fidelidad al Señor; de parte de Dios, la verdad del amor y la misericordia. Si el Señor al crearnos nos hizo sus criaturas predilectas por la Encarnación y vida humana, Él quiere hacernos todavía más unidos a su Persona, por el servicio, la donación, oración y ¡la amistad!

Traducido del portugués por Maria José Aguilar


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