Formación

La terrible pandemia que Santa Teresita del Niño Jesús enfrentó en el Carmelo de Lisieux

La comunidad, que juzgaba la joven algumas veces poco útil y desadaptada, la descubre, de allí en adelante, de otra forma como llamaron a la atención más tarde los especialistas de la Santa de Lisieux.

“La muerte reinaba en todo lugar”: así Santa Teresina del Niño Jesús descrebió el terrible inverno del 1891 a 1892 en el Carmelo de Lisieux, en el curso del cual la comunidad también se vió afectada por la epidemia de la gripe russa, que provocó más de un millón de víctimas por todo el mundo entre 1889 y 1895. La jovem carmelita se donó, sin pedir nada en cambio, acercandose a sus hermanas infectadas. La comunion cuotidiana, excepcional para la época, les daba un gran apoyo.

Esas dos páginas de “Historia de un alma”, la narracion autobiográfica de la pequeña Teresa, parecen haber sido escritas hace pocos días, tras estas pocas semanas, en las que la epidemia de coronavírus no concede a la Francia ningun reposo. Mas, estas fueron redactadas entre 1895 y 1896, contemporaneamente al MANUSCRITO A, y relatan una (de las tantas) prueba atraversada por la Comunidad de las Carmelitas de Lisieux, en el entonces invierno del 1891-1892.

 El 2 de Enero de 1892, Teresa festejó, con mucha tristeza, como veremos luego, sus 19 años. Admitida en el carmelo el 9 de abril del 1888, ahora religiosa profesa, y es para ella un período de maturación de su vocación. En octubre de 1891, un retiro presidido por el Abad Alexis Prou, en el que insiste sobre la misericordia, la confianza y el abandono a las manos de Dios, la conferma dentro de sus intuiciones espirituales: “Él me lanza, en pleno vuelo, sobre las ondas de la confianza y del amor que me atrayeron tan fuerte, sobre las cuales yo no osaba avanzar”.

 

La gripe rusa y la jovem carmelita

La prueba de la pandemia vino, sin dudas, a profundizar el camino interior de la Santa. La gripe, dicha russa, causó en su primer onda en torno a los 70.000 muertos en Francia. En 1889-1890, llegó al carmelo de Lisieux en Enero del 1892, tras un mes de la muerte de Madre Geneviève de Sainte-Thérése, su fundadora. Em el arco de la primera semana, todas las hermanas fueron contagiadas, a excepcion de tres, entre ellas, Teresa. Cuatro religiosas murieron; la primera muerte sobrevino… el dia del compleaños de Teresa.

La joven carmelita permanece valiente y devota en el cuidado de sus hermanas ya enfermas. Ella administra los cuidados, participa en la organizacion de la vida comunitaria, pone a prueba el propio valor y de fuerza de voluntad dentro de la adversidad. La comunidad, que la juzgaba algunas veces poco útil y torpe, ahora la mira, de allí en adelante, de otra forma, como indicarán más tarde los especialistas de la Santa de Lisieux.

 Teresa recibió igualmente la Santa Comunion todos los dias: un hecho excepcional para la época, ya que la Iglesia sólo se pronuncia de forma definitiva en favor de la comunión cotidiana en 1905, bajo el Pontificado de Santo Pio X, él mismo, tocado por los escritos de la futura santa, en ese aspecto. Es en Jesús Eucarístico que la joven carmelita encontró, probablemente, sus fuerzas para servir a sus Hermanas, ya así superar sus aprehensiones, aún que ella insista en la ausencia de ‘consolaciones’ sensibles durante la accion de gracias que le sigue a la comunión.

 

Mas, dejemos que sea Teresa misma a contarnos como fue este inverno doloroso:

“Un mes después de la partida de nuestra santa Madre, se declaró la gripe en la comunidad. Sólo otras dos hermanas y yo quedamos en pie. Nunca podré expresar todo lo que vi, y lo que me pareció la vida y todo lo que es pasajero. El día en que cumplí 19 años, lo festejamos con una muerte, a la que pronto siguieron otras dos. En esa época, yo estaba sola en la sacristía, por estar muy gravemente enferma mi primera de oficio. Yo tenía que preparar los entierros, abrir las rejas del coro para la misa, etc. Dios me dio muchas gracias de fortaleza en aquellos momentos. Ahora me pregunto cómo pude hacer todo lo que hice sin sentir miedo. La muerte reinaba por doquier. Las más enfermas eran cuidadas por las que apenas se tenían en pie. En cuanto una hermana exhalaba su último suspiro, había que dejarla sola.

 Una mañana, al levantarme, tuve el presentimiento de que sor Magdalena se había muerto. El claustro estaba a oscuras y nadie salía de su celda. Por fin, me decidí [79vº] a entrar en la celda de la hermana Magdalena, que tenía la puerta abierta. Y la vi, vestida y acostada en su jergón. No sentí el menor miedo. Al ver que no tenía cirio, se lo fui a buscar, y también una corona de rosas. La noche en que murió la madre subpriora, yo estaba sola con la enfermera. Es imposible imaginar el triste estado de la comunidad en aquellos días. Sólo las que quedaban de pie pueden hacerse una idea. Pero en medio de aquel abandono, yo sentía que Dios velaba por nosotras. 

Las moribundas pasaban sin esfuerzo a mejor vida, y enseguida de morir se extendía sobre sus rostros una expresión de alegría y de paz, como si estuviesen durmiendo un dulce sueño. Y así era en realidad, pues, cuando haya pasado la apariencia de este mundo, se despertarán para gozar eternamente de las delicias reservadas a los elegidos…

Durante todo el tiempo que duró esta prueba de la comunidad, yo tuve el inefable consuelo de recibir todos los días la sagrada comunión… ¡Qué felicidad…! Jesús me mimó mucho tiempo, mucho más tiempo que a sus fieles esposas, pues permitió que a mí me lo dieran, cuando las demás no tenían la dicha de recibirle.

También me sentía feliz de poder tocar los vasos sagrados y de preparar los corporales destinados a recibir a Jesús. Sabía que tenía que ser muy fervorosa y recordaba con frecuencia estas palabras dirigidas a un santo diácono: «Sé santo, tú que tocas los vasos del Señor».

No puedo decir que haya recibido frecuentes consuelos durante las acciones de gracias; tal vez sean los momentos en que menos los he tenido… Y me parece muy natural, pues me he ofrecido a Jesús, no como quien desea recibir su visita para propio consuelo, sino, al contrario, para complacer al que se entrega a mí.” (Manuscrito A, 79r-79v)

Traducción: Manuel Quezada

 


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