Comunidad

“Solo Yo puedo llenar ese vacío que sientes”

Mi experiencia con Dios la tuve en el Camps 2016, la Misión Lima de la Comunidad Shalom lo había organizado para aquel verano. Recuerdo que estaba estudiando en la universidad, que vivía como cualquier joven buscando diversión y pretendiendo ser feliz con aquello que el mundo ofrecía cotidianamente. Sin embargo, sentía que algo faltaba en mi vida, sentía un vacío, algo de soledad… pese a tener, aparentemente, todo lo que deseaba: familia, amigos, comodidades, etc.

De pronto ya estaba inscrita para ir al Camps; increíble… iría a un campamento católico, claro, iba porque mi mamá me estaba obligando. De hecho, sentía algo de vergüenza, por eso oculté a la mayoría de mis amistades, lo que haría aquel fin de semana. Tuve que rechazar más de una fiesta programada para esa oportunidad. Nadie en mi familia, incluida yo, sabíamos que Dios ya tenía planes específicos para nosotros. Mi mamá era católica, pero no practicante, ella percibía mi tristeza y desesperanza y sin saber cómo ni por qué me obligaba a ir al Camps pensando, claro, que podría ayudarme… hacía poco yo había terminado una relación, había cambiado de carrera… la verdad es que no estaba bien. Tiempo después recién hice conciencia que la Divina Providencia había empezado a actuar y no pararía hasta cambiar por completo mi vida y la de mi familia.

Asistí al Camps junto con mi hermana y una amiga (muy cercana) de la universidad, allí tuve realmente mi experiencia con Dios, Su gran amor hizo que buscara la forma de decirme: “Karla, solo Yo puedo llenar ese vacío que sientes, pese a estar rodeada personas que te aman”. Estas palabras cambiaron mi vida por completo y son las que Dios me reveló por intermedio de una misionera que rezó por mí.

Después del campamento, Dios fue actuando rápidamente en mi vida. Acudía al grupo de oración los sábados, fielmente, sentía que ése era mi lugar, aunque todavía no tenía claras las razones. Mi vida fuera de Shalom se mantenía casi igual que antes: fiestas, alcohol… Hasta que un día, Dios me quitó la venda de los ojos, fui a una fiesta pero no pude permanecer en ella más de dos horas; era el cumpleaños de un amigo; en la reunión percibí, claramente, cómo no nos respetábamos a nosotros mismos y menos aún a Dios.

A inicios de 2017, ingresé en el Vocacional Shalom que es un lapso de un año de formación y discernimiento para considerar la posibilidad de incorporarse a la Comunidad. Simultáneamente, mi vida profesional iba construyéndose. Durante ese año Dios me hizo entender que debía tomar decisiones importantes, era notorio que Él quería más de mí en la Comunidad, pero esto significaría tener que ir en contra de mis padres (a ellos no les gustaba que fuera a Shalom, pese a saber lo feliz que era yo yendo), también tendría que dejar mi trabajo (que me hacía tan feliz), incluso tendría que dejar mis estudios (que amaba y estaba muy cerca de terminar), en suma: tendría que dejar cosas que un día me hicieron feliz pero tenía la posibilidad acceder a algo aún mejor.

Solemos afirmar que “la Comunidad es una madre”, lo decimos porque al tomar decisiones es notorio que está “cuidando a su hijo”. Al terminar el año Vocacional (2017) envié una carta solicitando mi incorporación en la Comunidad de Vida (lo que implicaba dejar todo lo que era mi vida hasta ese momento). La persona aceptada como miembro de la Comunidad de Vida debe iniciar el Postulantado, el mismo que suele realizarse en una misión diferente a la propia, en mi caso, fuera de Perú. Mi solicitud fue aceptada, sin embargo, la Comunidad había discernido que sería postulante en mi propia misión, es decir, viviría en la Comunidad (de Vida) pero, en la misma ciudad que mi familia y amigos, enfrentándome a mi pasado y teniendo la posibilidad de terminar la universidad (cosa que realicé) como parte de mi apostolado.

Bendigo a Dios por todo lo que viví, particularmente, en ese año de Postulantado (2018), por las personas que conocí, por las lágrimas que derramé, por las renuncias diarias que tuve que hacer y, especialmente, porque Dios me regaló la oportunidad de ver (personalmente) los frutos en mi familia de mi sí: mi mamá no sólo ingresó a un grupo de oración en Shalom sino que también solicitó participar del Vocacional; mi hermana fue muy perseverante en su grupo de oración y hoy en día participa del Vocacional y vive en Santiago de Chile como “joven en misión”; asimismo, ver la obra de la misión Lima crecer significativamente, lo que hizo que me apasione cada día más por los jóvenes que, como yo, tienen sed de Dios y, muchas veces, no lo saben. Son tantos los motivos que tengo para agradecer y alabar a Dios… en las dificultades me sostiene, en las lágrimas me consuela y con su fuerza me hace cumplir su voluntad, no tengo duda que su llamado es que sea Shalom y Comunidad de Vida.

No tenemos por qué tener miedo de los planes de Dios, es muy probable que al inicio no los comprendamos, también es muy probable que enfrentemos muchas dificultades y nuestras faltas y nuestra historia herida, nos harán volver a caer; sin embargo, no debemos olvidar que Dios nos pensó desde antes que naciéramos y que su voluntad es, verdaderamente, nuestra felicidad.

Shalom para todos los pueblos.

Karla Reyes, es peruana y Discípula de la Comunidad de Vida. Reside en Natal – Brasil


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