José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra
En este XV Domingo del Tiempo Ordinario, Año A, entramos en el capítulo 13 del Evangelio según san Mateo, el gran discurso de Jesús en parábolas. El Evangelio de hoy, en su versión larga (Mateo 13,1-23), presenta la parábola del sembrador junto con su explicación. «Salió el sembrador a sembrar» (Mateo 13,3). ¿Quién es el sembrador? ¿Quiénes son los distintos terrenos? Reflexionemos sobre ello estableciendo una relación entre los tres terrenos que no dieron fruto, las tres virtudes cardinales y la enseñanza de santa Teresa de Jesús (Teresa de Ávila) sobre la oración, para llegar a ser más prudentes que el Maligno, que intenta arrebatarnos la buena semilla del Señor (cf. Lucas 16,8).
Como siempre, hemos escogido cinco puntos para su meditación y su oración, que también compartimos en nuestro pódcast: https://www.youtube.com/watch?v=v5PApDAS6ww (con subtítulos disponibles en su idioma).
1. Jesús sale: preparación para la oración
El primer punto se encuentra en los verbos con los que comienza el texto. Jesús «salió de la casa y se sentó junto al mar» (Mateo 13,1). Después, «subió a una barca y se sentó, mientras toda la multitud permanecía de pie en la orilla» (Mateo 13,2).
Esta «salida» de Jesús recuerda el envío del Hijo por parte del Padre. Jesús es el Enviado del Padre (cf. Juan 3,17). Salió del seno de la Trinidad y vino hasta nosotros.
El hecho de sentarse expresa la actitud del maestro que enseña. En las antiguas sinagogas existía la llamada cátedra de Moisés. Jesús entra en la barca, símbolo de la Iglesia. Sale a nuestro encuentro y entra también en nuestra casa. Podía haber enseñado desde la casa de Pedro, pero quiso salir y sentarse en la barca para llegar a un mayor número de personas. A orillas del mar de Galilea, el terreno desciende de forma natural como un anfiteatro, de modo que quien habla desde la barca puede ser visto y escuchado por todos los que están en la orilla.
Estos gestos de Jesús nos enseñan la importancia de retirarnos a un lugar adecuado para la oración, lejos del ruido y de las distracciones. Incluso dentro de nuestra propia casa siempre hay algo que puede apartarnos de Dios.
Por eso, sal. Siéntate. Entra en tu interior. Entra en tu corazón. Allí escucharás al Señor y su Palabra.
2. ¿Por qué Jesús hablaba en parábolas?
Las parábolas son breves comparaciones tomadas de la vida cotidiana de las personas a quienes Jesús se dirigía. Cada una contiene un elemento inesperado que sorprende al oyente, y a partir de esa sorpresa Jesús transmite una enseñanza espiritual.
Los Evangelios contienen alrededor de cuarenta y cuatro parábolas. Lucas recoge treinta y una, Mateo veintidós y Marcos solamente seis. La parábola del sembrador aparece en los tres Evangelios sinópticos.
Aquí surge una pregunta que puede interpelarnos: ¿por qué este sembrador arroja la semilla junto al camino, sobre terreno pedregoso y entre espinas? A primera vista parece un desperdicio.
Pero Dios es generoso. El Señor siembra en toda clase de terrenos, porque el Evangelio debe anunciarse a todos, y no solo a unos pocos ni quedarse guardado para uno mismo. No pienses nunca: «Esa persona no vale la pena», o «Ahí solo hay espinas», o «Ese es un terreno pedregoso». Jesús quiere que anuncies el Evangelio en todas partes.
Las parábolas parten de una realidad concreta, pero su enseñanza va mucho más allá de las palabras. Tienen también una dimensión escatológica, orientada hacia los últimos tiempos y nuestra salvación. Por eso el evangelista cita al profeta Isaías (cf. Isaías 6,9-10; Mateo 13,14-15).
Al final, el Señor revela la sorprendente abundancia de la cosecha: la buena tierra produce «ciento, sesenta y treinta por uno» (Mateo 13,8).
Hoy una excelente cosecha de trigo puede producir hasta sesenta por uno, mientras que en tiempos de Jesús el rendimiento habitual era de tres a cinco por uno. El Señor siempre supera nuestras expectativas.
3. El borde del camino: las distracciones y la virtud de la justicia
El primer terreno es aquel donde la semilla cayó junto al camino y vinieron las aves y se la comieron (cf. Mateo 13,4).
Jesús explica que representa al Maligno, que viene y arrebata la Palabra sembrada antes de que llegue a echar raíces en el corazón (cf. Mateo 13,19).
¿Cómo podemos llegar a ser más prudentes que el Maligno?
«Los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz» (cf. Lucas 16,8). Seamos, pues, verdaderos hijos de la luz, para no permitir que él nos robe la Palabra sembrada en nuestro corazón.
Aquí recordamos la enseñanza de santa Teresa de Jesús, quien afirma que las distracciones durante la oración nos roban la Palabra. Cuando rezamos distraídos, escuchamos sin atender realmente; la Palabra entra por un oído y sale por el otro.
Teresa habla de cinco facultades interiores del alma: la memoria, la afectividad, la imaginación, la inteligencia y la voluntad. El pecado original hirió a toda la persona humana, dejando nuestra naturaleza desordenada e inclinada al mal. Por eso todas estas facultades necesitan ser sanadas y reordenadas por la gracia mediante la oración (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 405).
En este primer terreno destaca especialmente la imaginación. Conviene hacer una aclaración: Teresa nunca llamó a la imaginación «la loca de la casa». Lo que enseñaba era que no debíamos prestarle atención, del mismo modo que no prestamos atención a los desvaríos de una persona demente. Dejemos que hable, pero sin darle importancia.
Aun así, Teresa luchó contra las distracciones incluso hasta las Séptimas Moradas. Es un combate para toda la vida, pero eso no significa que debamos concederles nuestra atención.
El padre Saulo Dantas ofrece aquí un consejo muy práctico: si vas a orar, no lo hagas acostado. De lo contrario, tu mente comenzará a divagar o, peor aún, terminarás durmiéndote. Ponte de rodillas, siéntate o toma un libro.
Santa Teresa decía que durante muchos años no pudo orar sin un libro que la ayudara a recogerse interiormente. Recomendaba libros espiritualmente enriquecedores, leídos despacio, uno o dos párrafos cada vez, lo suficiente para recoger el corazón en la presencia de Dios.
La virtud cardinal relacionada con este terreno es la justicia, que consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Una expresión particular de esta virtud es la virtud de la religión.
Algunos objetan que nunca podremos dar a Dios todo lo que realmente le debemos. Sin embargo, le debemos nuestra alabanza, nuestro tiempo, la mejor hora del día y nuestra gratitud por el don de la vida y por todos los bienes recibidos.
De este espíritu de justicia y de religión nace también el compartir los bienes materiales, por ejemplo mediante el diezmo. Este no debe entenderse como un cálculo estricto, sino como una forma de devolver a Dios, con gratitud y caridad, una parte de lo que hemos recibido de Él, teniendo siempre como criterio la caridad y el bien concreto de la vida de la Iglesia.
4. El terreno pedregoso: la memoria y la virtud de la fortaleza
El segundo terreno es el pedregoso, donde la tierra es poco profunda. La semilla brota enseguida, pero, al no tener raíces, el sol la quema y se seca sin dar fruto (cf. Mateo 13,5-6).
Jesús explica que representa a quien recibe la Palabra con alegría, pero no tiene raíces. En cuanto llegan las tribulaciones o la persecución a causa de la Palabra, enseguida sucumbe (cf. Mateo 13,20-21).
¿Por qué abandona tan fácilmente?
Porque no recuerda.
Aquí aparece la facultad de la memoria, también herida por el pecado original. Cuando olvidamos las grandes obras de Dios, desaparecen la gratitud y la perseverancia.
El Señor nunca nos prometió una vida sin sufrimiento. Nos anunció que llegarían las persecuciones y las pruebas, pero también prometió permanecer siempre con nosotros.
La virtud cardinal que nos sostiene aquí es la fortaleza: la firmeza para permanecer constantes en medio de las persecuciones y las pruebas, el valor que el Señor concede y el don que sostiene a los mártires hasta el final.
Uno de los frutos más concretos de una memoria sanada es la esperanza. Cuando recordamos las grandes obras que el Señor ha realizado, resulta imposible no esperar todo lo que seguirá haciendo.
Eso es precisamente lo que hacen continuamente los Salmos: «Arrojó al mar caballo y jinete» (cf. Éxodo 15,1). También David recordaba cómo Dios lo había librado del león y del oso, y por eso confiaba en que lo libraría también del filisteo blasfemo.
También sucede lo contrario. A medida que la esperanza crece en el corazón, va sanando nuestra memoria, hasta el punto de que incluso las heridas más profundas se convierten en motivo de alabanza a Dios.
Frente a las dificultades, santa Teresa respondía con lo que ella llamaba su «determinada determinación»:
«Venga lo que venga, suceda lo que suceda, murmure quien murmure, no abandones jamás la vida de oración».
Persevera. No te rindas.
Aunque no veas frutos visibles en la oración, sigue orando. No oramos por los frutos; oramos por Jesús. Los frutos llegarán, quizá no los que esperábamos, sino los que Dios quiere concedernos.
5. El terreno entre espinas: la ilusión de las riquezas y la virtud de la templanza
El tercer terreno es aquel donde la semilla cayó entre espinas. La semilla brotó, pero las espinas crecieron junto con ella y la ahogaron.
Jesús explica que «las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la Palabra, y esta queda sin fruto» (Mateo 13,22).
En el Sermón de la Montaña, Jesús enseña: «No se preocupen… su Padre celestial sabe que ustedes lo necesitan» (cf. Mateo 6,25-34).
Aquí entra especialmente en juego nuestra afectividad, también herida por el pecado original. Esa herida hace que fácilmente nos volvamos demasiado sensibles y poco dispuestos a afrontar las dificultades y las espinas de la vida.
La virtud cardinal asociada a este terreno es la templanza.
La templanza es el dominio de sí mismo propio de los mártires. Consiste en confiar en la Providencia y en la Palabra del Señor, abrazando la ascesis como camino de santidad.
Las riquezas pueden proporcionar muchos bienes, pero también pueden fomentar la comodidad y la ilusión de que todo nos pertenece por derecho. El mundo de hoy ofrece numerosos ejemplos de personas que dedican toda su vida a hacerse ricas.
Sin embargo, Jesús afirma con claridad:
«No pueden servir a Dios y al dinero» (Mateo 6,24).
No hay nada malo en alcanzar el éxito profesional o en convertirse en un excelente profesional. Eso puede ser un hermoso testimonio. El peligro aparece cuando se busca la riqueza por sí misma, pues puede revelar un desorden más profundo del corazón.
Como dice san Pablo, los atletas se someten a toda clase de disciplina para obtener una corona perecedera, mientras que nosotros buscamos una imperecedera (cf. 1 Corintios 9,25).
La Palabra de Dios va casi en dirección opuesta a la acumulación. Nos llama a entregarnos, a servir a los pobres y a dar sin esperar nada a cambio (cf. Lucas 6,35).
No hemos desarrollado aquí la virtud de la prudencia, aunque es la madre de las virtudes cardinales y guía a todas las demás (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1806). Sin embargo, está íntimamente unida a cada una de ellas.
Tampoco hemos comentado la buena tierra que produce «ciento, sesenta y treinta por uno» (Mateo 13,8.23), precisamente porque los tres terrenos que no dan fruto merecen una atención especial para que aprendamos a ser más prudentes.
Concluimos con unas palabras de monseñor Adélio Tomazim, obispo de Quixadá, pronunciadas durante una homilía en la Catedral de Quixadá en 1999 sobre este mismo Evangelio. En pleno sertón de Ceará, árido pero capaz de volverse completamente verde cuando llegan las lluvias, decía, con el característico acento italiano que conservó tras sesenta años viviendo en Brasil:
«Nuestro corazón es tierra buena.»
Si el Señor siembra en nuestro corazón y permitimos que el Espíritu Santo lo riegue, dará fruto.
El problema es que muchas veces no se lo permitimos. Convertimos nuestro corazón en un terreno pedregoso, dejamos que las aves se lleven la semilla y que las espinas la ahoguen.
Pero si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, nuestro corazón dará fruto, porque nuestro corazón es tierra buena.
Pasos de la Lectio Divina
La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un momento de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos mientras oras con este Evangelio (Mateo 13,1-23).
1. Lectura (Lectio)
¿Qué dice el texto?
Lee el Evangelio lentamente, más de una vez si es posible, incluso en voz baja. Presta atención a los verbos, a los distintos tipos de terreno y a la explicación que Jesús mismo ofrece.
2. Meditación (Meditatio)
¿Qué me dice este texto?
¿Cuál de estos terrenos describe hoy mi corazón?
¿Dónde el Maligno, las distracciones, la falta de perseverancia o la ilusión de las riquezas están ahogando la Palabra de Dios en mi vida?
3. Oración (Oratio)
¿Qué quiero decirle a Dios a partir de este pasaje?
Señor, hoy te damos gracias por las semillas de tu Palabra que derramas continuamente en nuestro corazón.
Con demasiada frecuencia nos comportamos como un terreno pedregoso o una tierra superficial, permitiendo que las aves se lleven la semilla.
Pero hoy te suplicamos, Jesús: riega nuestro corazón. Derrama sobre nosotros el agua viva de tu Espíritu Santo. Renueva en nosotros la gracia de nuestro Bautismo, para que, fecundados por tu Espíritu, podamos dar frutos de vida y santidad.
Concédenos, Señor, la gracia de convertirnos también nosotros en sembradores de tu Palabra en todas partes, y el valor para anunciar tu Evangelio incluso a quienes parecen no querer acoger la semilla.
Y a ti, María, te pedimos: enséñanos a guardar la semilla de la Palabra en nuestro corazón, para que dé fruto abundante en nosotros.
Amén.
4. Contemplación (Contemplatio)
¿Qué mirada nueva me regala Dios?
Permanece en silencio ante el Señor, que siembra generosamente en toda clase de terrenos y nos asegura que nuestro corazón es tierra buena.
5. Acción (Actio)
¿A qué me llama hoy el Señor?
Elige un gesto concreto: dedicar un tiempo de oración sin distracciones, perseverar en una prueba presente o renunciar a algo para dejar más espacio a la Palabra y permitir que dé fruto.
¡Hasta la próxima semana!
¡Shalom!
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Que Dios te bendiga.
¡Shalom!
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