Formación

Santísima Trinidad: Revelación del Amor del Padre por nosotros en Jesús

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José Ricardo F. Bezerra y Felipe Bezerra

Hoy celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad. El Evangelio del día es brevísimo, apenas tres versículos, pero guarda el centro mismo del mensaje cristiano. Hay una Tradición que dice que si perdiéramos toda la Biblia y nos quedáramos solo con Juan 3,16, aun así habríamos guardado el corazón del Evangelio: el amor del Padre, el envío del Hijo, la vida nueva ofrecida en el Espíritu.

Es también el domingo en el que celebramos un misterio que nadie podrá comprender plenamente. La palabra “Trinidad” no aparece en la Biblia, pero fue consagrada por los Padres de la Iglesia (Tertuliano ya la usaba) y explicitada por los Concilios de Nicea (325) y Constantinopla (380). Pero la realidad de la Trinidad está toda en la Biblia, y está también en este pequeño pasaje de San Juan: Dios (el Padre) que ama, el Hijo unigénito que es dado, y el amor (que es el Espíritu) derramado en nosotros. Como decía Scott Hahn, la doctrina de la Iglesia es como el árbol que crece desde el nacimiento: todo estaba allí desde el principio, pero necesitó tiempo para tomar forma. Por eso el mismo Señor nos mandó bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28,19), y el Espíritu Santo, a lo largo de los siglos, va conduciendo a la Iglesia a la plenitud de la verdad.

Hemos escogido cinco puntos del Evangelio para la meditación de esta semana, que compartimos en el podcast y que puedes ver con los subtítulos en tu idioma.

1. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó…» (Jn 3,16a)

Los dos verbos están en pasado: amó y entregó. Y es verdad que el Hijo vino una sola vez en la historia. Pero si nos quedáramos solo en el tiempo verbal, perderíamos lo esencial. Es el mismo caso de la creación: el Génesis dice que “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1,1), y esto es verdad, sucedió en algún momento del pasado. Solo que, si Dios suspendiera la creación por un único instante, todo dejaría de existir. Dios sigue creando, sosteniendo, dando ser a todas las cosas a cada momento.

De la misma forma, Dios sigue amando y sigue dando a su Hijo. Jesús se da en la Eucaristía, en la Palabra, en la oración, en la vida de la Iglesia. El “Dios que amó” del pasado es también un “Dios que ama” del presente, ahora, en este mismo instante.

El libro de la Sabiduría lo expresa de modo bellísimo: “Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; pues, si algo odiases, no lo habrías creado” (Sab 11,24). Es también lo que afirma una de las cinco vías de Santo Tomás de Aquino para llegar a Dios: las cosas existen porque Dios las crea, y esto no es un acto del pasado, es un acto constante. Como la mano que empuja un palo que empuja una piedra: si la mano deja de empujar, la piedra se detiene. Dios es la Mano que sostiene toda la realidad.

Por eso, tal vez el ejercicio más simple y más profundo de esta semana sea sustituir, en el versículo 16, la palabra “mundo” por tu propio nombre: “Tanto me amó Dios, que entregó a su Hijo unigénito”. El amor de Dios es universal, pues ama a todos, pero también es único, individualizado, irrepetible. Como dicen los Padres de la Iglesia, si en el mundo hubiese una sola persona, Dios habría entregado a su Hijo por ella. Por mí. Por ti.

En la encíclica Deus Caritas Est, el Papa Benedicto XVI dice que la fe cristiana no es una serie de reglas ni un concepto intelectual, es una experiencia personal con Jesucristo. Las leyes y las normas solo tienen sentido cuando se entiende el espíritu de la regla, y éste brota del encuentro con la persona de Jesús. Por eso, en la “jerarquía de las verdades de la fe” de la que hablaba el Concilio Vaticano II, la primera verdad es ésta: “El único Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, se reconcilia y se une a los hombres que se apartan del pecado” (CIC 234). Sí, somos pecadores; pero somos pecadores amados y rescatados por Dios.

Y nota que en este único versículo ya está toda la Trinidad: Dios, que es el Padre; el Amor, que es el Espíritu; y el Hijo unigénito, Jesús. Tres Personas, un solo Dios, en el corazón de una sola frase.

2. «…a su Hijo unigénito» (Jn 3,16b)

La palabra “unigénito” aparece cuatro veces en el Cuarto Evangelio: en el Prólogo (Jn 1,14.18) y dos veces en este pasaje (Jn 3,16.18). Es un término que lleva un peso enorme.

En primer lugar, desde el punto de vista teológico: Jesús es Hijo único porque solo Él es de la misma sustancia del Padre. Es Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, como más tarde los Padres griegos explicitarán en el Credo. Es el “verdadero Dios y verdadero hombre”. Es el «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28) de la declaración de fe de Tomás. Y es de Él que el Prólogo de Juan dice: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer” (Jn 1,18).

En segundo lugar, desde el punto de vista afectivo, “hijo único” tenía una connotación muy fuerte para el israelita. Perder al hijo único era la peor de las desgracias. El profeta Amós, al anunciar el día del Señor, dice: “Haré vuestra tierra como el luto por un hijo único, y sus últimos días como un día de amargura” (Am 8,10). Zacarías y Jeremías hablan de modo semejante. Así podemos medir la fe de Abrahán llamado a ofrecer a Isaac, su hijo único. Y el dolor de aquella viuda de Naín, a cuyo hijo único Jesús resucita (Lc 7,12). Y, a su vez, Jesús también es el hijo único de María.

Por tanto, cuando el Padre entrega al Hijo unigénito, el gesto lleva toda la profundidad del amor. Nosotros, que somos padres, sabemos lo que es la pérdida de un hijo. Imagina el peso de ofrecer al único, sabiendo lo que vendría. Este es el amor de Dios por el mundo, y por cada uno de nosotros.

3. «…para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16c)

Aquí hay una verdad implícita que necesita salir a la luz: nosotros estábamos condenados a muerte. El pecado entró en el mundo por un solo hombre y, con el pecado, entró la muerte (cf. Rm 5,12). Era necesario que viniera Jesús, rompiendo las dos barreras, la de la naturaleza (porque es verdadero Dios) y la del pecado (porque es verdadero hombre, nuevo Adán, pero obediente al Padre hasta la muerte), y nos abriera el camino para la vida eterna. La muerte fue vencida; la fe en Cristo nos hace partícipes de esta victoria.

El que cree en Jesús, aunque muera, vivirá. Y hay algo aún más simple que a veces complicamos: el que no cree piensa que esta vida es todo lo que existe. Pierde una dimensión inmensa, la dimensión de la eternidad. Piensa que, al morir, desaparecerá como antes de nacer. Pero, como decía la Beata Chiara Luce Badano, nacemos una sola vez, pero vivimos para siempre. Solo esta conciencia de la eternidad delante de nosotros ya es, por sí sola, vida nueva; la fe ya nos da la vida eterna.

Por eso es tan impresionante que, para San Juan, “pecar” y “no creer” sean prácticamente sinónimos en el Cuarto Evangelio. Si yo no creo en la vida eterna, ya estoy, en alguna medida, muerto. Queda el nihilismo, el pesimismo, el “comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1Cor 15,32) del que habla San Pablo. Y el apóstol es categórico: si Cristo no resucitó, somos los más miserables de todos los hombres (cf. 1Cor 15,19).

Dostoievski, en Los Hermanos Karamázov, retrata el conflicto interior del hombre moderno a través de tres hermanos, el mayor, impulsivo y movido por las pasiones; el hermano del medio, un intelectual atormentado y racional; y el menor, considerado el héroe de la historia, conocido por su pureza y fe. En su lectura, descubrimos que somos un poco de los tres: tenemos la impulsividad del primero, la dureza del segundo y la inocencia del más joven. Y es Iván, el hermano del medio, quien concluye: “Si no hay inmortalidad del alma, no hay virtud, lo que quiere decir que todo está permitido”. La fe es lo que pone orden en esta lucha interior, porque devuelve a la vida su horizonte definitivo: la vida eterna.

4. «Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17)

Jesús vino para salvar. Vino a buscar la oveja perdida. Está implícita aquí también la segunda venida, en la que vendrá como juez de los vivos y de los muertos; pero la primera venida, la Encarnación que celebramos en Adviento, fue enteramente para nuestra salvación. Por eso se sentaba con publicanos y pecadores, contrariando a los fariseos y maestros de la Ley, y respondía: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos» (Mt 9,12). El problema es que, en el fondo, siempre creemos que somos los sanos.

Cuando Jesús cuenta la parábola de las cien ovejas, queremos colocarnos entre las noventa y nueve y no en la perdida. Cuando dice que vino por los enfermos, nunca pensamos que el enfermo somos nosotros. Y así perdemos el objetivo de la venida de Jesús.

Y una trampa sutil es afirmar: «yo ya acepté a Jesús, ya estoy salvo» y detenerse ahí. Es la tentación de la “Sola fide” de algunos evangélicos. Si aislamos este versículo, parece realmente que basta creer. Pero toda la Escritura pide más. La Carta de Santiago, que Lutero quería quitar de la Biblia, dice con claridad: «la fe sin obras está muerta» (St 2,17). Y el mismo Jesús, en Mateo 25,31-46, describe el juicio final por un único criterio, el amor concreto: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber… Vale la pena leer este texto una vez por semana, solo para no olvidar lo que de hecho nos lleva al Cielo.

Vale también recordar una intuición de Santo Tomás de Aquino: aun cuando no hubiéramos pecado, Jesús se habría encarnado, porque la misión de Jesús no es solo salvarnos, es también revelarnos al Padre, revelarnos la Trinidad. Sin Él, no llegaríamos jamás a conocer esta verdad de fe. Hoy, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, es bueno recordar esto: Jesús es el sacerdote, el altar y la víctima; es el Pastor y es el Cordero; y es, antes que todo, Aquel que nos da a conocer el rostro del Padre.

5. «El que cree en Él no es juzgado; el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios» (Jn 3,18)

Cuidado con no leer este versículo como un veredicto definitivo. Mientras hay vida, hay salvación. “Condenar” aquí guarda también el sentido de “juzgar”, como en «no juzguéis, y no seréis juzgados» (Lc 6,37); algunas traducciones vierten por «no vino para juzgar, sino para salvar». La condenación de la que se habla no es el fin irremediable del incrédulo en este mundo, sino la situación espiritual en la que ya se encuentra ahora por el rechazo de la fe.

La fe es una de las tres virtudes teologales, junto con la esperanza y la caridad. Las tres se sostienen mutuamente, formando como una trinidad en el corazón del cristiano. Por eso, la falta de fe puede llevarnos a los dos pecados contra la esperanza que el Catecismo (cf. 2091-2092) distingue con claridad: la desesperación y la presunción.

La desesperación es decir: «ya estoy condenado de todos modos, no hay más remedio, y tiro la toalla». El desesperado ya no intenta, ya no reza, ya no busca la conversión. La presunción es lo opuesto: «ya estoy salvo, acepté a Jesús, no necesito hacer nada más; y cualquier pecado o cosa que haga o deje de hacer no cambiará mi salvación». Ambas paralizan el camino de la santidad, y ambas brotan, en el fondo, de la misma falta de fe viva.

Por eso el Señor no vino a condenarnos, sino a sostenernos en este caminar. La salvación es un proceso, del mismo modo que la creación es un proceso continuo: Dios me crea a cada instante, y Jesús me salva a cada instante. Me corresponde a mí colaborar con la gracia, todos los días, hasta el último día de vida.

Pasos para la Lectio Divina

Lectura (Lectio):

Toma tu Biblia y lee Juan 3,16-18 con calma. Léelo una primera vez para conocer. Léelo una segunda vez dejando que las palabras te toquen. Léelo una tercera vez subrayando aquella palabra o frase que más habla a tu corazón hoy.

Meditación (Meditatio):

Sustituye, en el versículo, la palabra “mundo” por tu propio nombre. ¿Soy capaz de recibir este amor personal, único, individualizado, que Dios tiene por mí?

Cuando pienso en Dios, ¿pienso primero en un Padre que me ama, o pienso en reglas, obligaciones, miedos? Una gran verdad de la fe es “Dios me ama”. Esta es la base sobre la cual puedo reconocer mi condición de pecador sin desesperación.

¿Cómo vivo mi fe en la vida eterna? ¿Creo de hecho que esta vida no termina, que hay eternidad delante de mí? ¿Esto cambia el modo en que vivo el presente?

¿Soy consciente de que «la fe sin obras está muerta»? ¿Qué gestos concretos de misericordia, al estilo de Mateo 25,31-46, están presentes (o ausentes) en mi vida?

Entre desesperación y presunción, ¿hacia cuál de estos dos pecados contra la esperanza tiendo más? ¿Cómo la fe viva me libera de ambos?

Oración (Oratio):

Señor, te alabamos y te damos gracias por la belleza y la riqueza de tu Palabra, que eres Tú mismo. Viniste a revelarnos el amor del Padre por nosotros, el amor que es el Espíritu que se derrama en nuestros corazones. Te damos gracias, en este día, en esta Solemnidad de la Santísima Trinidad, que viene a habitar en nosotros cada vez que te recibimos en la Eucaristía: contigo viene el Padre, viene el Espíritu, y toda la Trinidad hace morada en nosotros.

Por eso, Señor, alabado seas por tu presencia, por la inhabitación con la que te das a nosotros en cada Eucaristía. En este domingo, te alabamos por tu amor que nos sostiene a cada minuto, por tu creación que continúa a cada instante, por tantas gracias que recibimos. Ponemos en tus manos, Señor, las intenciones de nuestros hermanos y hermanas que nos escuchan y nos acompañan. Aumenta en nosotros la fe, la esperanza y el amor, que eres Tú mismo. Te pedimos todo esto por la intercesión de la Santísima Virgen. Ave María…

Contemplación (Contemplatio)

Permanece en silencio ante el Señor. No necesitas decir nada. Deja que la Trinidad, que habita en ti por la gracia del Bautismo, ore en ti. «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos lo que pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26).

Acción (Actio)

En estos días la Comunidad Católica Shalom celebró la semana de la unidad, y tú puedes prolongarla. Haz un gesto concreto de unidad: una reconciliación, una palabra de paz, una atención dedicada a quien está solo. Que ese gesto sea signo visible de la unidad de la Trinidad en medio de los tuyos.

¡Hasta el próximo sábado!

¡Shalom!

Mira el podcast sobre este Evangelio del domingo, seleccionando los subtítulos en tu idioma: https://youtu.be/KPsRFpn3NuQ


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