José Ricardo Bezerra e Felipe Bezerra
Llegamos al 19º Domingo del Tiempo Ordinario, y el Evangelio de este domingo, narrado por san Mateo (Mt 14,22-33), es la continuación de la multiplicación de los panes que meditamos el domingo pasado. Después de alimentar a la multitud, Jesús manda a los discípulos por delante, en la barca, y sube al monte para orar a solas. De madrugada, viene a su encuentro caminando sobre el mar agitado, y Pedro pide ir también.
Como siempre, elegimos cinco puntos para tu meditación y oración, que compartimos en el podcast: https://youtu.be/af_JNw930WY (con subtítulos en tu idioma). Toma tu Biblia, ábrela en Mateo 14,22-33, lee con calma el pasaje y vuelve para rezar con nosotros.
1. Jesús subió al monte para orar a solas
El primer punto está justo al comienzo. Después de despedir a la multitud, Jesús subió al monte para orar a solas (Mt 14,23). Él podría haber orado con los discípulos, como hará en la transfiguración o como hace cuando ellos le piden: "Señor, enséñanos a orar…" (Lc 11,1). Pero aquí quiere el silencio y la soledad ante el Padre.
Aquí hay una lección fuerte: si hasta Jesús, que es Dios, necesitaba orar, ¿quiénes somos nosotros para pensar que podemos prescindir de la oración? Varias veces el Evangelio muestra a Jesús retirándose a orar (cf. Mc 1,35; Lc 5,16). Y su vida era intensa, casi veinticuatro horas seguidas entre la predicación, el milagro de la multiplicación y ahora la oración en el monte.
Lo que Jesús oraba, el texto no lo dice, y por eso podemos orar también con este silencio. Podemos suponer al menos tres intenciones. Primero, la intercesión por Juan Bautista, que acababa de ser asesinado, entregando al Padre la pascua de su primo. Segundo, la alabanza y la acción de gracias al Padre, aquella alabanza que quizá la multitud saciada no hizo. Tercero, la intercesión por los discípulos, especialmente por Pedro, como Él mismo dirá en la Última Cena: "Yo he pedido por ti, para que tu fe no desfallezca" (Lc 22,32). Jesús oraba también por nosotros, porque todo lo que está en los Evangelios nos alcanza. Del mismo modo, también nosotros podemos interceder por los difuntos, por los que sufren y por aquellos que no rezan, como aquella hermosa jaculatoria de Fátima: "Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman".
2. Jesús vino caminando sobre el mar
De madrugada, Jesús vino al encuentro de los discípulos caminando sobre el mar (cf. Mt 14,25). Él podría haber bordeado la costa y llegado incluso más rápido, pero elige atravesar las aguas. Los Padres de la Iglesia y los estudiosos señalan al menos tres razones para este gesto.
La primera es socorrer a los discípulos. Ellos no partieron en medio de la tempestad; salieron tranquilos, y el viento contrario llegó después, en medio de la travesía. Las tempestades son las pruebas que nos sorprenden, y Jesús viene justamente cuando el peligro es real. La segunda razón es revelar su identidad divina. Solo Dios camina sobre las aguas, como dice el libro de Job: solo él camina sobre las olas del mar (cf. Job 9,8). En la tradición bíblica el mar es imagen del caos, y es Dios quien le impone límites: hasta aquí llegarás y no pasarás (cf. Job 38,8-11). Ya en el principio, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas (cf. Gn 1,2). Al caminar sereno sobre el mar revuelto, sin correr y sin saltar, Jesús muestra que es el Señor, soberano sobre el caos. La tercera razón es ejercitar la fe de los discípulos, y de modo especial la de Pedro, como veremos en el último punto.
La barca es la Iglesia, pero es también nuestro corazón. Todos nosotros pasamos por tempestades, dolores y pruebas, y el Señor viene a nuestro encuentro en la oración. En cada oración él se revela de nuevo y nos dice lo que dirá a los discípulos: "¡Ánimo, soy yo, no temáis!"
3. Es un fantasma, y gritaron de miedo
Cuando los discípulos lo vieron caminando sobre el mar, se asustaron y dijeron: "Es un fantasma". Y gritaron de miedo (Mt 14,26). Conviene recordar que entre ellos había pescadores experimentados; si aquella gente de mar tenía tanto miedo, la tempestad debía ser realmente aterradora.
Pero el punto aquí es otro: Jesús no es un fantasma. No es alma en pena, no es espíritu descarnado, no es una aparición. Él es una persona concreta, de carne y hueso. Después de la resurrección Él mismo tranquilizará a los discípulos, que también lo tomaban por un espíritu: "Mirad mis manos y mis pies: soy yo. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo" (Lc 24,39). Es el cuerpo glorioso y resucitado del que habla san Pablo, distinto del cuerpo natural (cf. 1Cor 15,42-44). Y san Juan da su testimonio: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de vida" (1Jn 1,1).
Las primeras herejías decían que Jesús era solo apariencia, puro espíritu sin cuerpo verdadero. La fe responde que Él es una persona real, viva no solo hace dos mil años, sino viva hoy, ahora. Por eso no necesitamos tener miedo de apariciones: cuanto más rezamos, más nos acercamos a aquel que es el Señor de la vida.
4. Ánimo, soy yo, no temáis
Jesús, sin embargo, enseguida les dijo: "¡Ánimo, soy yo, no temáis!" (Mt 14,27). Vale la pena notar que lo opuesto del miedo, en la Biblia, no es el valor, es el amor. Es san Juan quien escribe: "En el amor no hay temor; al contrario, el amor perfecto expulsa el temor" (1Jn 4,18). Quien ama y se sabe amado por Dios no se asusta ante las pruebas, porque sabe en quién ha puesto su confianza, como dice san Pablo: yo sé de quién me he fiado (cf. 2Tim 1,12).
La propia expresión "Soy yo" lleva el eco del Nombre divino revelado a Moisés: Yo soy el que soy (cf. Ex 3,14). Es como si Jesús dijera: en mi persona está el no temer. Esto no anula el santo Temor de Dios, que es don del Espíritu Santo y reverencia de amor, y no pavor del esclavo.
El amor es el que da valor. Lo vemos incluso en las historias humanas, en las grandes novelas de caballería, en las que alguien lo enfrenta todo por amor. Así fue con san Ignacio de Loyola y con santa Teresa de Ávila: ambos gustaban de esas historias en su juventud y acabaron descubriendo un amor mucho mayor. San Juan de la Cruz, en la Noche Oscura, habla de las vestiduras con que el Señor nos reviste para subir hacia él: la vestidura blanca de la fe, la verde de la esperanza y la roja de la caridad, las tres virtudes teologales que nos dan fuerza para atravesar las noches de la vida.
5. Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
Pedro le dijo: "Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti caminando sobre el agua. Y Jesús respondió: Ven. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar; pero, al sentir el viento, le entró miedo y, empezando a hundirse, gritó: ¡Señor, sálvame!" (Mt 14,28-30). Jesús extiende la mano, lo sostiene y le pregunta: "Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?" (Mt 14,31).
¿Por qué se hundió Pedro? Porque apartó los ojos de Jesús y los fijó en el viento y en las olas, en sus propios sentidos. Y aquí hay un detalle que suele pasar desapercibido: Pedro era pescador, sabía nadar y estaba a pocos pasos de la barca. No corría riesgo de ahogarse. Su "¡Señor, sálvame!" va mucho más allá de una petición de socorro físico. Pedro se da cuenta de que el problema no fue el viento, fue haber desviado la mirada, y por eso no intenta salvarse por su propia fuerza ni vuelve nadando a la barca. Vuelve la mirada hacia Jesús y se entrega enteramente en sus manos.
Jesús no reprende a Pedro por no tener fe, sino por tener poca fe. ¿Y cómo se crece en la fe? Primero, por la oración, porque no se ama a quien no se conoce. Después, por la caridad, pues la fe crece cuando el amor se manifiesta en obras. Y por los propios actos de fe, por los ejercicios en que somos probados. Dios permitió que Pedro comenzara a caminar y se hundiera para que aprendiera a confiar de verdad. Las pruebas que el Señor permite son ocasiones de crecimiento espiritual, y no debemos desanimarnos ni desperdiciarlas.
Sostenido por la oración de Jesús, para que su fe no desfalleciera (cf. Lc 22,32), Pedro, aquel que aquí es débil, crecerá hasta confirmar a los hermanos en la fe y dar su propia vida en la persecución de Nerón. Al subir a la barca, el viento cesó, y los discípulos se postraron ante Jesús, diciendo: "Realmente eres Hijo de Dios" (Mt 14,33).
Esta es la invitación final del Evangelio de hoy: en nuestras tempestades, no apartar los ojos de Jesús y gritar con Pedro, Señor, sálvame. Si alguna palabra ya te ha tocado el corazón a lo largo de estos puntos, quédate con ella y reza con ella, sin prisa por recorrer los cinco. Es por ahí que Dios quiere hablarte hoy.
¡Hasta la próxima semana!
¡Shalom!
De lunes a sábado, tenemos un pequeño vídeo; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio Dominical para que lo medites y reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más gente ame la Palabra de Dios. Deja tu "me gusta" y compártelo con tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!
Vídeo del podcast: https://youtu.be/af_JNw930WY con subtítulos que seleccionas en tu idioma.
Pasos de la Lectio Divina
La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.
1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto?
Lee con atención el pasaje, observando lo que Jesús hace, lo que dice y cómo reacciona Pedro.
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt 14,22-33)
"Después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo: 'Es un fantasma'. Jesús les dijo enseguida: '¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!' Pedro le contestó: 'Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua'. Él le dijo: 'Ven'. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: '¡Señor, sálvame!' Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: 'Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?' En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: 'Realmente eres Hijo de Dios'."
2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí?
Deja que una palabra toque tu corazón. ¿En qué tempestad estoy ahora? ¿Dónde aparté los ojos de Jesús? ¿Qué miedo necesito entregar a su amor?
3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto?
Responde al Señor con tus propias palabras: presenta tus tempestades y pruebas, pide la fe de Pedro y grita con confianza, Señor, sálvame.
4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios?
Permanece en silencio ante Jesús que camina sereno sobre el mar, dejándote mirar por él y descansando en la certeza de que él es el Señor, soberano sobre todo caos.
5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy?
Elige un gesto concreto: un acto de confianza en medio de una dificultad, un tiempo fijo de oración a solas como Jesús, o una palabra de aliento a quien se está hundiendo a tu lado.