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No lo permita Dios, Señor: entre lo que queremos y lo que Dios quiere

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José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra

En este 22º Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio es la continuación exacta de lo que meditamos el domingo pasado. Justo después de la profesión de fe de Pedro, “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16), Jesús empieza a anunciar que debía ir a Jerusalén, padecer mucho, ser muerto y resucitar al tercer día (cf. Mt 16,21). El mismo Pedro que acababa de recibir una revelación del Padre toma al Señor aparte y lo reprende. Y escucha de Jesús una de las palabras más duras de los Evangelios: “¡Apártate de mí, Satanás!” (Mt 16,23).

El Evangelio de este domingo llega hasta el versículo 27 e incluye las condiciones del discipulado: renunciar a sí mismo, tomar la cruz y seguir al Señor. Nosotros elegimos quedarnos en los tres primeros versículos, que ya dan mucho para rezar. La continuación la retomaremos dentro de tres años, cuando vuelva el Año A. Siéntase libre de rezar con el Evangelio entero. Como siempre, escogimos cinco puntos para su meditación y oración, que compartimos en el podcast: https://youtu.be/5EnCcBePE0A (con subtítulos en su idioma).

Evangelio: Mt 16,21-27

“En aquel tiempo, Jesús empezó a mostrar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los maestros de la Ley, y que debía ser muerto y resucitar al tercer día. Entonces Pedro tomó a Jesús aparte y empezó a reprenderlo, diciendo: ‘¡No lo permita Dios, Señor! ¡Que eso nunca te suceda!’ Pero Jesús se volvió hacia Pedro y le dijo: ‘¡Apártate de mí, Satanás! Eres para mí una piedra de tropiezo, porque no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres!’ Entonces Jesús dijo a los discípulos: ‘Si alguno quiere seguirme, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá; y quien pierda su vida por causa de mí, la encontrará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Qué podrá dar alguien a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta’.”

1. “Debía ir a Jerusalén”: el deber de quien es enteramente libre

La primera palabra que salta del texto es “debía”. ¿Quién obligaba a Jesús? ¡Nadie! No había poder alguno sobre Él que pudiera forzarlo a subir a Jerusalén para morir. Él mismo lo dice con claridad: “Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para recobrarla” (Jn 10,18). El “debía” de Jesús no es sumisión a un destino ciego ni imposición de fuera: es la conciencia filial de quien sabe cuál es la voluntad del Padre y la abraza libremente. Por eso, pocos versículos después, Él reprende a Pedro justamente por no pensar las cosas de Dios (cf. Mt 16,23).

Había también, en el plano humano, un deber de buen judío. Jesús subió a Jerusalén para la Pascua, como lo hacía desde niño (cf. Lc 2,41-42). Eran tres las fiestas de peregrinación de la tradición de Israel, y la Pascua era la mayor de ellas (cf. Ex 23,14-17; Dt 16,16). Pero el evangelista está diciendo algo más: esta vez, el deber de ir no era solo el de celebrar la Pascua; era el de padecer, ser muerto y resucitar. La Pascua que Él iba a celebrar era la suya propia.

Y aquí entra nuestra oración. Las incoherencias de nuestra vida nacen casi siempre de la distancia entre tres verbos: querer, deber y hacer. En el plano más sencillo de las cosas, esto es casi cómico: quiero el pastel entero, sé que no debo, y termino comiendo una porción. En el plano moral, sin embargo, duele. Es la experiencia que san Pablo describe sin disimulo: “no hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero” y, al final, el desahogo: “¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, nuestro Señor!” (Rom 7,19.24-25). Al joven que le pregunta qué debe hacer para alcanzar la vida eterna, Jesús responde con lo esencial: guardar los mandamientos (cf. Mt 19,16-19). Ese es nuestro deber: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22,37-39). Pero entre saber y hacer hay un camino, y pasa por querer.

Vale la pena rezar con esa distancia. Jesús fue libremente a Jerusalén. Podría no haber ido. Sabía que debía, quiso ir, y fue.

2. “Padecer mucho”: el misterio que no se explica

Jesús no anuncia solamente que va a morir. Anuncia que va a padecer mucho, y de parte de quien menos se esperaría: de las autoridades religiosas de su propio pueblo. Él sabía lo que le esperaba.

El sufrimiento que Él asumió no fue solo físico, aunque este haya sido real y brutal, y ya estuviera descrito siglos antes en el Cuarto canto del Siervo: la espalda entregada a los que golpeaban, el rostro a las bofetadas y a los salivazos (cf. Is 50,6; 52,13-53,12). Hubo el sufrimiento moral y afectivo: ser abandonado por los suyos, ser negado por Pedro, ser entregado por uno de los Doce (cf. Mt 26,56.69-75). Y hubo un sufrimiento moral y espiritual inconmensurable: siendo inocente, Él cargó voluntariamente las consecuencias de nuestros pecados y se ofreció por nosotros. Permaneció absolutamente sin pecado; fue hecho “pecado” por nosotros en el sentido de haberse convertido en la víctima ofrecida en nuestro favor, tomando sobre sí nuestros dolores (cf. Is 53,4; 2Cor 5,21). En Getsemaní, la angustia llega al cuerpo, y su sudor se vuelve como gotas de sangre (cf. Lc 22,44). En la cruz, la cumbre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; Sal 22,2), oración de un Salmo que empieza en lamento y termina en esperanza. Todo esto lo vivió el Hijo de Dios en la humanidad que asumió por nosotros, y esa entrega comienza ya en su anonadamiento, cuando, siendo de condición divina, asumió la condición de siervo (cf. Flp 2,6-8).

¿Por qué debía padecer? No por una necesidad absoluta, como si Dios no pudiera salvarnos de otro modo. Santo Tomás de Aquino distingue bien: no había necesidad absoluta, había conveniencia. Pero una vez que Dios quiso realizar nuestra redención por la cruz, la Pasión se hizo necesaria dentro de ese plan, como el camino libremente abrazado por el Hijo y el modo más adecuado de manifestar su amor y vencer el pecado en nuestra propia carne. Él quiso. Y, al querer, quitó al pecado el poder que tenía sobre nosotros. Seguimos pecando, es verdad, y hay que luchar contra eso; pero el pecado ya no tiene la última palabra, porque el Señor padeció, murió y resucitó.

Hay un consuelo enorme aquí. Cuando yo sufro, puedo decirle a Jesús que estoy sufriendo sabiendo que Él conoce esto por dentro. Y hay más: el sufrimiento unido al suyo no se desperdicia. Es lo que dice Pablo a los Colosenses: “completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Nada falta al sacrificio de la cruz, que es perfecto y suficiente; lo que Dios quiso fue asociarnos a él, para que nuestro dolor entre en el misterio de la redención en vez de quedar estéril (cf. CIC 618).

Una lectura que ayuda mucho es la Carta Apostólica Salvifici Doloris, de san Juan Pablo II, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano. Su conclusión es desconcertante y liberadora: Cristo no nos da una explicación abstracta que resuelva desde fuera el problema del sufrimiento; Él responde desde la cruz y nos llama a participar de sus sufrimientos. El dolor que salva es el dolor unido al del Señor. Una fórmula tradicional, asociada a san Gregorio Nacianceno, dice que lo que no fue asumido no fue redimido; y Cristo asumió verdaderamente nuestra naturaleza humana entera, cuerpo y alma, sin pecado, para redimirla enteramente.

En este punto, la gracia que hay que pedir es concreta: aprender a sufrir con Él, sin murmurar y sin quejarse de todo.

3. “Resucitar al tercer día”: las dos caras de la misma moneda

Note que el anuncio de la muerte nunca viene solo. Desde la primera vez, Jesús dice que será muerto y que resucitará al tercer día. Son dos caras de la misma moneda, y quien las separa no entiende ninguna.

Si el grano de trigo, cayendo en tierra, no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12,24). Es la ley del Reino, y no es una metáfora consoladora: es el camino real. Por eso Pablo puede desafiar a la muerte con santa ironía: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1Cor 15,55). La muerte no tiene la última palabra, porque Cristo descendió a la mansión de los muertos y resucitó, y su victoria alcanza también a los que murieron antes de Él (cf. CIC 632-635).

Esto cambia el modo de mirar nuestros dolores, y sobre todo el mayor de ellos, el miedo a morir. Los santos vivieron esa perspectiva con una naturalidad que nos asombra. Pablo llega a decir que su deseo es partir para estar con Cristo, lo cual sería mucho mejor, pero que permanecer es más necesario a causa de los hermanos (cf. Flp 1,23-24). No es desprecio por la vida; es saber hacia dónde va.

Y hay una dimensión cotidiana de esto. La vida espiritual está hecha de muerte y resurrección continuas: morir al pecado y resucitar con Cristo para una vida nueva. Es lo que sucede en el Bautismo, en el cual fuimos sepultados con Él para caminar en una vida nueva (cf. Rom 6,3-6). Es lo que la Iglesia nos propone en la práctica penitencial de cada viernes, por la oración, por la renuncia voluntaria, por el ayuno, por la limosna y por las obras de caridad (cf. CIC 1438), obras que unimos a la cruz del Señor. Es lo que Pablo pide cuando escribe, sin medias palabras: “Haced morir lo que en vosotros pertenece a la tierra” (Col 3,5), despojándoos del hombre viejo (cf. Ef 4,22). En nuestros Escritos, Moysés insiste exactamente en esa expresión, “hacer morir”, y no debe suavizarse: no se trata de dejar morir solo lo que es viejo en nosotros, sino de actuar contra ello con la gracia de Dios.

4. “No lo permita Dios”: el oído selectivo de Pedro

El Evangelio dice que Pedro rechazó el anuncio de la Pasión. Podemos leer en ese gesto lo que tantas veces nos ocurre: parece haberse quedado en la palabra “ser muerto” y no haber acogido la promesa que venía enseguida, “resucitar al tercer día”. Del amor que tenía por el Maestro nació una reprensión: “¡No lo permita Dios, Señor!” (Mt 16,22).

Es el oído selectivo, y no es un defecto antiguo. Oímos de la Palabra, y de las personas, solo lo que confirma lo que ya queremos. Pedro no estaba siendo malo; estaba siendo humano. Humanamente hablando, se entiende: no quería perder a Jesús, quería más tiempo con Él. El problema es que, al rechazar una parte, rechazó el todo, incluida la promesa. Le pasó a Pedro y pasa en nuestras conversaciones más banales, cuando escuchamos para responder y no para entender. Haría falta un curso de escucha, no solo de oratoria. Y hace falta en la oración: escuchar todo lo que Dios dice, no solo el pedazo que nos agrada.

Detrás de esto está nuestra dificultad permanente con la voluntad de Dios. “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, y vuestros caminos no son mis caminos, dice el Señor. Como los cielos están por encima de la tierra, así mis caminos están por encima de los vuestros” (Is 55,8-9).

Un ejemplo hermoso de esto es el de santa Mónica, cuya memoria la Iglesia celebró esta semana, junto con la de san Agustín. Según el propio Agustín en las Confesiones, Mónica no quería que él partiera de Cartago hacia Italia y lloró mucho por eso; él partió de todos modos, engañándola (cf. Confesiones V,8). Dios parecía no haber escuchado aquella oración de aquella noche. Pero fue exactamente en aquel viaje que Agustín encontró a san Ambrosio en Milán y se abrió el camino de su conversión. Dios atendió la oración mayor, aquella que ella venía haciendo desde hacía años. Y, también según las Confesiones, fue un obispo, buscado por Mónica mucho antes, quien le dijo la frase que quedó: es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas (cf. Confesiones III,12).

Cuántas veces nuestra oración es un “Señor, no dejes que esto suceda” dicho con el corazón apretado y con poca visión del conjunto. No está mal pedir; Jesús mismo pidió que el cáliz pasara, y añadió: “no se haga como yo quiero, sino como tú quieres” (Mt 26,39). Lo que se aprende con Pedro es a no interrumpir a Dios en medio de la frase.

5. “Apártate de mí, Satanás”: las cosas de Dios y las cosas de los hombres

La respuesta de Jesús es dura, y hay que entenderla bien. Él dirige a Pedro el severo vocativo “Satanás”, sin afirmar con ello que Pedro sea, por naturaleza, el demonio. Pocos versículos antes lo había llamado dichoso, piedra sobre la cual edificaría su Iglesia (cf. Mt 16,17-18). Ahora dice que se ha vuelto piedra de tropiezo, porque está pensando las cosas de los hombres y no las de Dios. Es el mismo hombre, en el mismo día. En aquel momento, sin saberlo, Pedro estaba haciendo el papel del tentador, repitiendo en el camino de Jesús la propuesta de un mesianismo sin cruz que ya había aparecido en el desierto (cf. Mt 4,8-10).

La expresión que Jesús usa aquí añade algo que no aparece en la tentación del desierto: puede traducirse como “apártate de mí” o, literalmente, “detrás de mí” (Mt 16,23). Algunos intérpretes ven en ella también una advertencia para que Pedro retome el lugar propio del discípulo: quien va delante es el Señor, y discípulo es quien sigue, no quien indica el camino al Maestro.

Sobre el nombre, vale saberlo: “satanás” viene del hebreo satan y significa adversario, acusador. En el Antiguo Testamento la figura aparece pocas veces con ese papel, como en el libro de Job (cf. Jb 1,6-12), en Zacarías (cf. Za 3,1-2) y en 1Crónicas (cf. 1Cr 21,1), y su sentido se va desarrollando progresivamente hasta que, a la luz del Nuevo Testamento, es reconocido como el tentador y enemigo de los designios de Dios. Y, si Jesús lo manda lejos, eso no significa que deje de actuar. Sigue tentando, muchas veces a través de mediaciones: personas, ambientes, nuestra propia fragilidad. Judas será llamado el hijo de la perdición (cf. Jn 17,12). Lo importante es lo que la fe nos garantiza: él no tiene la última palabra, y Cristo ya venció (cf. Jn 16,33; 1Jn 3,8). No debemos tenerle miedo, y debemos pedir el don del discernimiento para reconocer qué pensamientos son “las cosas de los hombres” cuando se presentan con cara de sentido común y hasta de celo.

Lo más consolador viene después. Jesús no le retira a Pedro las llaves, no lo aparta, no lo sustituye. Pedro sigue caminando, y todavía lo negará (cf. Mt 26,69-75). El Evangelio no esconde nada de eso, y esa es una señal de su honestidad: si la historia hubiera sido inventada para promover al líder, Pedro habría salido impecable. Por cierto, es Juan quien cuenta que fue Pedro quien sacó la espada y cortó la oreja de Malco (cf. Jn 18,10), detalle que los otros evangelistas narran sin dar el nombre.

Años después, ya en Roma y ya anciano, el mismo Pedro escribiría: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte a su debido tiempo” (1Pe 5,6). Sabía de lo que hablaba. Ser humillado por la mano de Dios no es ser aplastado, es ser preparado. Como dice el Eclesiástico: “Hijo, si te presentas para servir al Señor, prepara tu alma para la prueba… porque el oro se prueba en el fuego, y los hombres agradables a Dios, en el crisol de la humillación” (Eclo 2,1.5).

Y, en el fondo, es esto lo que Pedro nos enseña: el Señor no nos eligió a pesar de lo que somos, ni para dejarnos como estamos. Eligió con nosotros nuestras debilidades, sabiendo de antemano que pecaríamos, y nos llama a la santidad aun así. Si usted tiene una vocación, cualquiera que sea, no se desanime por causa de sus pecados: no los acepte, pero no desista por causa de ellos. Se atribuye tradicionalmente a san Juan XXIII una oración nocturna que resume bien ese abandono confiado: “Señor, tu Iglesia es tuya; yo me voy a dormir”. Se trata de una atribución devocional, cuya autenticidad histórica no es segura, pero que dice muy bien lo que necesitamos aprender.

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserve un tiempo de silencio, invoque al Espíritu Santo y recorra con calma estos pasos, rezando usted mismo con este Evangelio.

1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto? Lea despacio Mt 16,21-27. Fíjese en los verbos del versículo 21: ir, padecer, ser muerto, resucitar. Observe que el anuncio de la muerte nunca viene sin el anuncio de la resurrección, y que Jesús se vuelve hacia Pedro justo después de haberlo llamado piedra.

2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí? ¿Dónde está, en su vida, la distancia entre lo que usted quiere, lo que debe y lo que hace? ¿Qué parte de la Palabra de Dios ha escuchado a medias, quedándose solo con la que le agrada o solo con la que le pesa?

3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto? “Señor, antes que nada queremos darte gracias, porque nos elegiste débiles, cansados y muchas veces confusos, y aun así nos elegiste. Tú sabes que somos pecadores, que nos confundimos y que muchas veces queremos las cosas de los hombres, las de la carne y de la sangre, y olvidamos las cosas de tu Padre. Abre nuestros ojos para reconocer lo que es tuyo, y revélanos también lo que es nuestro, para que podamos hacerlo morir. Danos la gracia de acoger con alegría las humillaciones, sabiendo que son parte de la muerte que prepara la resurrección. Oh María, sostén nuestra mano y ayúdanos en este camino.” Continúe su oración según el Espíritu Santo lo inspire.

4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios? Quédese en silencio ante el Crucificado, sin pedir nada. Mire la cruz y deje que Él le muestre que aquel lugar era el suyo, y que Él lo tomó por amor.

5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy? Elija un dolor concreto de esta semana, por pequeño que sea, y ofrézcalo unido al sufrimiento del Señor, sin murmurar. Y, en una conversación de esta semana, escuche a la persona hasta el final antes de responder.

¡Hasta la próxima semana!

¡Shalom!

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Vídeo del podcast: https://youtu.be/5EnCcBePE0A con subtítulos que usted selecciona en su idioma.


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