José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra
Llegamos al 18º Domingo del Tiempo Ordinario, y el Evangelio de este domingo nos trae la primera multiplicación de los panes, narrada por san Mateo (Mt 14,13-21). Es una escena que los cuatro Evangelios conservaron, señal de cómo marcó la memoria de la Iglesia: cinco panes y dos peces para saciar a unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (cf. Mt 14,21; Jn 6,1-15).
En el centro de todo está una palabra que atraviesa la página: compasión. Jesús ve a la multitud y se llena de compasión, y de ahí nace el milagro. Como siempre, escogimos cinco puntos para tu meditación y oración, que compartimos en el podcast: https://youtu.be/loxNGhKSvwE (con subtítulos en tu idioma). Toma tu Biblia, ábrela en Mateo 14,13-21, lee con calma el pasaje y vuelve para escuchar y rezar con nosotros.
1. Las multitudes se enteraron, salieron y lo siguieron
El primer punto está justo al comienzo. Jesús se había retirado en barca a un lugar desierto, al saber de la muerte de Juan Bautista (cf. Mt 14,13). Pero “las multitudes se enteraron de esto, salieron de las ciudades y lo siguieron a pie” (Mt 14,13). Tres pequeños verbos guardan todo un camino de oración: saber, salir y seguir.
Primero, se enteraron. Tomaron conocimiento de dónde estaba Jesús. También nosotros necesitamos saber dónde está el Señor: en nuestro corazón, en su Iglesia, en la Eucaristía. La oración comienza por esta conciencia, la de que el Maestro está aquí y nos llama (cf. Jn 11,28). Después, salieron. No todos salieron; algunos se quedaron instalados en la ciudad y no vieron pasar a Jesús. Rezar exige siempre un salir de sí, un desinstalarse. Y, por fin, siguieron. Quizá todavía buscaban el milagro y la cura, pero dieron el primer paso, y el Señor no los despide. Es el objetivo de toda oración: seguir a Jesús para parecernos a él y ser como él (cf. Rom 8,29).
2. Jesús vio a la multitud y tuvo compasión
Al desembarcar, “Jesús vio una gran multitud, se llenó de compasión por ellos y curó a los que estaban enfermos” (Mt 14,14). Esta palabra, “compasión”, es el corazón del Evangelio de hoy, y reaparece en el Salmo responsorial: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Sal 144(145),8). La compasión no es un simple tener pena. La palabra griega usada aquí (splanchnízomai) habla de las “entrañas”, de una misericordia visceral, que brota de lo hondo del corazón. Y pasión, en su raíz latina (patior), quiere decir sufrir. Compasión, entonces, es sufrir con. Jesús no mira desde fuera: él asume como suyo el sufrimiento de aquella gente. Dice, en silencio, a cada uno: este sufrimiento vuestro también es mío.
El primer acto de esta compasión es la cura de los enfermos. También nosotros podemos pedir cura, incluso la cura interior de tantas heridas, de la infancia, de traumas, de historias antiguas. Pedir es natural y bueno. Pero presentamos a Dios nuestra necesidad para que Él cure en su tiempo, sin obligarlo, porque nadie obliga a Dios (cf. 2Cor 12,7-9). A veces, el Señor deja la marca. Resucitado, él mismo conservó las llagas, ahora gloriosas (cf. Jn 20,27). Nuestra cicatriz puede permanecer para que digamos a los demás: también yo sufrí, también fui curado. A san Pablo, que tres veces suplicó que le fuera quitado el aguijón en la carne, el Señor respondió: “Te basta mi gracia” (2Cor 12,9).
Aquí conviene una palabra de verdad sobre la vida espiritual. Crecer en santidad no es dejar de ser vulnerable ni dejar de necesitar cura. Nuestro pecado está siempre ante nosotros (cf. Sal 50(51),5), y la persona entera fue herida por el pecado original, con la naturaleza humana debilitada por la ignorancia, por el sufrimiento y por la inclinación al mal, necesitada de la gracia para ser sanada (cf. CIC 405). Tampoco existe una burbuja que proteja a los elegidos de todo sufrimiento: basta mirar a san Pablo, apedreado y probado tantas veces (cf. 2Cor 11,24-28). A santa Teresa de Ávila, que tanto sufrió, se cuenta que el Señor le habría dicho: “Así trato yo a mis amigos”, y ella habría respondido: “Si así los tratas, no me extraña que tengas tan pocos”. Ante todo, lo que queda es presentar nuestra miseria, y la respuesta de Jesús es siempre la compasión.
3. Dadles vosotros de comer
Al caer la tarde, los discípulos piden que Jesús despida a la multitud. Él responde: “No hace falta que vayan; dadles vosotros de comer” (Mt 14,16). Es una orden. Jesús quiere involucrar a los discípulos en el cuidado concreto de aquella gente.
Este cuidado por el pan material atraviesa toda la Escritura. En el Padrenuestro pedimos el pan de cada día (cf. Mt 6,11); en Mateo 25, el propio Cristo se identifica con el hambriento: “tuve hambre y me disteis de comer…” (Mt 25,35). No siempre Jesús multiplicó el pan, es verdad, y no somos responsables de todo el hambre del mundo. Pero aquí Él manda, de modo explícito, y lo mandó también a su Iglesia. Por eso, más tarde, los Apóstoles instituyeron a los siete diáconos para el servicio de las mesas y de las viudas, mientras ellos se dedicaban a la Palabra (cf. Hch 6,1-6). De este servicio a los pobres es icono san Lorenzo, diácono, que presentó a los pobres como el verdadero tesoro de la Iglesia.
El cuidado por el pobre no nació en la Revolución Industrial. Salió a la luz allí, con la Doctrina Social de la Iglesia, pero ya se vivía desde el inicio, como enseñan los Padres, san Juan Crisóstomo entre ellos. La Doctrina Social no es ideología ni programa de partido; es doctrina, luz de la moral del Evangelio sobre la vida (cf. CIC 2419-2425). Desde León XIII, con la Rerum Novarum, hasta sus sucesores y hasta el Papa León XIV, ante nuevas cuestiones como la de la Inteligencia Artificial, la Iglesia continúa iluminando la justicia y la dignidad del trabajo. Entre los pecados que claman al cielo está justamente el salario retenido al trabajador (cf. St 5,4; CIC 1867).
En el relato de san Juan, quien ofrece los cinco panes y los dos peces es un muchacho (cf. Jn 6,9), alguien que ni siquiera entraba en la cuenta, como no se contaban las mujeres y los niños. Aquel que ofreció la base del milagro no estaba en el recuento. Esto deshace la falsa humildad que es, en el fondo, autodesprecio: decir “no valgo nada” no es humildad, es falsedad. La humildad es la verdad. Ante Dios, lo poco que ofrecemos, cuando se entrega con amor, se vuelve materia de milagro.
¿Y qué tenían los discípulos? “No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces” (Mt 14,17). Este poco es lo que también nosotros somos invitados a poner en las manos de Jesús: nuestra pobreza, nuestra miseria. Jesús tiene compasión de la multitud hambrienta y de los discípulos, de corazón todavía cerrado, y los educa a abrir el corazón y ser como el suyo.
4. El signo eucarístico
Llegamos al mayor acto de compasión de Jesús en este Evangelio, el signo eucarístico. Manda a la multitud sentarse sobre la hierba, toma los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronuncia la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que ellos los distribuyan (cf. Mt 14,19). Guarda estos gestos: tomó, dio gracias, partió, dio. Son exactamente los gestos y las palabras que Jesús repetirá en la Última Cena (cf. Mt 26,26). Dar gracias, en griego, es eucharistéo. Jesús “eucaristiza” los panes.
Aquí todavía no es la Eucaristía tal como la recibimos hoy, pero es ya un signo fortísimo, una prefiguración de lo que vendría. Es el pan anunciado en el discurso del Pan de Vida, en la Sinagoga de Cafarnaún: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Ante esta palabra dura, muchos discípulos se alejaron, pero Pedro confesó: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).
La escena evoca todavía el maná del desierto, el pan de cada día que Dios enviaba y que no se podía acumular (cf. Ex 16,4.19-20), y el Salmo del Buen Pastor: en verdes praderas me hace recostar y prepara una mesa a la vista de mis enemigos (cf. Sal 22(23),2.5). Y la invitación de Isaías: Venid, comprad sin dinero (cf. Is 55,1-3), la primera lectura de este domingo. Por eso damos gracias de modo especial por la Eucaristía: es en el servicio del ministerio ordenado donde la Iglesia recibe y distribuye sacramentalmente ese don. Y alabamos a Dios por el sacerdocio, en este primer domingo de agosto.
5. Todos comieron y quedaron saciados
“Todos comieron hasta saciarse, y de los trozos que sobraron recogieron aún doce cestos llenos” (Mt 14,20). Aquí se impone una pregunta, porque el texto calla: ¿dieron gracias? ¿Alabaron a Dios por haber sido saciados? ¿Tuvieron fe en Jesús después del milagro?
El Evangelio no dice que alabaran. Comieron, quedaron satisfechos y ya está. Y poco después, en Cafarnaún, Jesús los reprenderá: me buscáis porque habéis comido pan y os habéis saciado (cf. Jn 6,26). Ante tantas señales, ante tantos milagros cotidianos, ¿tenemos nosotros la actitud de alabar y agradecer? Cuántas veces recibimos, sobre todo la Eucaristía, y no damos gracias.
Esta es la invitación final del Evangelio de hoy: pedir el corazón compasivo de Jesús y, saciados por Él, no seguir adelante sin alabar y agradecer las bendiciones de cada día. Que el Señor nos dé un corazón como el suyo, y la gracia de reconocer, agradecer y alabar por todo lo que de él recibimos, sobre todo por la Eucaristía, que es Él mismo.
¡Hasta la próxima semana!
¡Shalom!
De lunes a sábado, tenemos un pequeño video; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio Dominical para que medites y reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más gente ame la Palabra de Dios. Deja tu “me gusta” y reenvíalo a tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!
Video del podcast: https://youtu.be/loxNGhKSvwE con subtítulos que seleccionas en tu idioma.
Pasos de la Lectio Divina
La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.
1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto?
Lee con atención, a media voz, el pasaje de Mt 14,13-21, observando quién actúa, qué hace Jesús y cuáles son las palabras centrales.
2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí?
Deja que una palabra toque tu corazón. ¿Dónde necesito saber, salir y seguir? ¿Dónde pido la compasión de Jesús? ¿Qué poco tengo yo para poner en sus manos? ¿He dado ese poco que es todo lo que tengo?
3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto?
Responde al Señor con tus propias palabras: presenta tus heridas, pide cura, agradece el pan de cada día y, sobre todo, la Eucaristía. No sigas adelante sin alabar.
4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios?
Permanece en silencio ante el corazón compasivo de Jesús, dejándote mirar por Él y recibiendo su mirada sobre tu vida y sobre los que sufren a tu alrededor.
5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy?
Escoge un gesto concreto: un acto de misericordia con quien tiene hambre de pan o de escucha, un gesto de gratitud a Dios, una comunión bien preparada y agradecida.