Formación

La compasión de Jesús y el envío de los Doce

comshalom

José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra

Introducción

Estamos en el mes de junio, mes del Corazón de Jesús, y la liturgia de este 11.º Domingo del Tiempo Ordinario nos pone ante una escena llena de ternura: Jesús que ve a las multitudes y se compadece de ellas. El Evangelio de hoy, de Mateo 9,36–10,8, es la convocación y el envío de los Doce Apóstoles. La semana pasada acompañamos la llamada de Mateo; ahora Jesús reúne a los Doce y los envía en misión.

Antes de comentar punto por punto este Evangelio, conviene una observación que ilumina todo el pasaje. El hecho de que Jesús haya elegido a doce apóstoles y haya sido el Maestro de los Doce es, en cierto modo, una afirmación de su propia divinidad. En el Antiguo Testamento, Dios convocó y reunió a las doce tribus de Israel (cf. Ex 24,4). Jesús podría haber elegido a once discípulos y ponerse como el duodécimo, diciendo que representaba a la tribu de Leví, la tribu sacerdotal, pues Él es sacerdote (cf. Hb 4,14). O podría haber ocupado el lugar de la tribu de Judá, de la que desciende como hijo adoptivo (legal) de José, por medio de David (cf. Mt 1,1-17). Pero no fue así. Jesús se coloca fuera de los Doce y constituye un pueblo nuevo, porque es Dios quien convoca y reúne. El signo de los doce apóstoles es también signo de la autoridad divina de Jesús, que da a los discípulos poder para expulsar los espíritus inmundos y curar las enfermedades, algo que solo quien tiene poder y autoridad por sí mismo puede comunicar a otros.

1. La compasión de Jesús por las multitudes

“Al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor.” (Mt 9,36)

El primer punto es la mirada de Jesús sobre nosotros. Él no es indiferente a nuestro cansancio y abatimiento, a nuestro sentirnos perdidos. Jesús ve a la multitud, pero no nos ve solo como un número: ve a cada uno, individualmente. Es el mismo que deja las noventa y nueve para ir tras la única oveja que se perdió. Esta compasión nos recuerda el comienzo del Libro de la Consolación, en el segundo Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo…” (Is 40,1). Jesús ve al pueblo y percibe que necesita ser consolado, porque está como ovejas sin pastor.

Los profetas Ezequiel y Jeremías ya denunciaban a los malos pastores de Israel. Jesús es el Buen Pastor (cf. Jn 10,1-18), que va en busca de la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas, porque reconocen su voz. Ese cansancio de las multitudes nos recuerda también la invitación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.” (Mt 11,28-30). Jesús tiene compasión; no viene a imponer un yugo pesado, el cumplimiento estricto de la Ley a la manera de los maestros de la Ley y de los fariseos, que cargaban sobre los hombros de los demás fardos pesados y ni con un dedo los movían (cf. Mt 23,4). Él da un corazón nuevo, capaz de cumplir la Ley desde dentro. Déjate mirar por este Jesús que se compadece de tu situación, cualquiera que sea tu abandono.

2. “Rogad, pues, al dueño de la mies…”

“La mies es abundante, pero los obreros son pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.” (Mt 9,38)

¿Por qué Jesús nos pide que recemos pidiendo obreros, si Él ya conoce nuestra necesidad? Porque el Señor quiere que expresemos nuestro deseo. Es lo mismo que pregunta al ciego de Jericó: “¿Qué quieres que haga por ti?” (Lc 18,41a). Ya sabía que el ciego quería ver, pero esperó a que el corazón se manifestara: “Señor, que yo vea de nuevo.” (Lc 18,41c). Así también, en la oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas, somos invitados a pedir más obreros para la mies.

Pero ¿acaso Dios espera solo que se lo pidamos? Nuestra oración debe ser también una respuesta. Podemos responder como Isaías: “Aquí estoy, envíame.” (Is 6,8c); como Mateo, que se levantó y lo siguió (cf. Mt 9,9); o podemos hacer como Jonás, que huyó lejos del Señor (cf. Jon 1,3). ¿Cuál es tu respuesta? Y nunca es tarde. A veces pensamos: ya soy viejo, ya no tengo edad. Pero nunca es tarde para escuchar la voz de Dios. Recordemos a los obreros de la última hora, llamados al final del día, y aun así recompensados (cf. Mt 20,1-16).

La llamada no siempre es al sacerdocio o a la vida religiosa. Muchas veces es en lo cotidiano: ser un buen médico, un buen profesional, servir en la parroquia, ayudar en el comedor de los pobres, dedicar algunas horas en la Jornada Mundial de los Pobres. La mies pide muchos tipos de obreros: pastores, médicos, exorcistas, constructores que edifican sobre la roca, comerciantes que buscan la perla preciosa del Reino. Dios no quiere un único tipo. La llamada principal es tener un corazón como el de Jesús, compasivo. Si tienes ese corazón, lo que hagas será consecuencia, y Él mismo te dará la capacidad de realizar lo que te pide. Si eres joven y sientes una llamada, no tengas miedo de buscarla: solo sabrás si tienes la vocación si das el paso en la fe.

3. Les dio poder y autoridad

“Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para curar toda enfermedad y dolencia.” (Mt 10,1)

El texto litúrgico dice “…les dio poder…”. Las traducciones de la TOB y de la Biblia de Jerusalén dicen “les dio autoridad”. Son realidades distintas, y Lucas, en el pasaje paralelo de la misión de los Doce, reúne las dos: “les dio poder y autoridad” (Lc 9,1). En griego, “poder” es dynamis, la capacidad de realizar; autoridad es exousia. Jesús da a los discípulos el poder, la capacidad de curar y de expulsar los espíritus inmundos, y ellos de hecho curaban y expulsaban los demonios. La autoridad, en cambio, es una delegación de lo que pertenece a Jesús. La autoridad sobre los espíritus inmundos y el perdón de los pecados son de orden divino, pero es la autoridad que Jesús después entregará formalmente a los apóstoles en el Sacramento del Orden, transmitida a Pedro y a sus sucesores, el Papa, y a los obispos de generación en generación. Poco después de Pentecostés vemos esa delegación con claridad: los apóstoles eligen, imponen las manos y envían a los diáconos para una misión específica. No fue algo solo orgánico; fue una ordenación clara. Así también Pablo impuso las manos sobre Timoteo y Tito y los dejó como responsables de las comunidades en Éfeso y Creta. En el Evangelio de san Marcos, ese envío aparece ligado a la unción con óleo (cf. Mc 6,12-13), que prefigura el Sacramento de la Unción de los Enfermos.

Todo discípulo llamado a evangelizar participa de ese poder. Quizás digas que no curas a los enfermos. ¿Y has rezado pidiendo esa curación? El Señor sigue respondiendo, muchas veces de modos inesperados, para la evangelización y no para nosotros mismos. Cuando nos ponemos ante Dios pidiendo, Él realiza.

4. Los Doce Apóstoles, el nuevo Israel

“Estos son los nombres de los doce apóstoles… A estos doce los envió Jesús…” (Mt 10,2.5)

¿Por qué Jesús llamó solo a doce, si pedía más gente para la cosecha? Lucas registra además el envío de los setenta y dos (cf. Lc 10,1), y san Pablo habla de más de quinientos hermanos que vieron al Resucitado (cf. 1 Co 15,6). Pero el número doce tiene un sentido propio: significa el nuevo Israel, el nuevo Pueblo de Dios. Como Dios convocó a las doce tribus en el Antiguo Testamento para formar el pueblo de Israel, ahora los Doce son el principio de un pueblo nuevo, ya no según la carne y la sangre, sino por la fe.

La palabra Iglesia, ekklesia (en griego), significa convocación, asamblea de los convocados. Ingresamos en la Iglesia y nos convertimos en el nuevo Pueblo de Dios, pueblo constituido por la fe. Es lo que Jesús dirá a lo largo de la vida pública: ¿Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos? Los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica (cf. Lc 8,21). Escuchar la Palabra, ponerse como discípulo e ir tras Él: este es el nuevo Israel, que somos nosotros, la Iglesia.

El primer envío es a las ovejas perdidas de la casa de Israel, pero pronto se extiende a todas las naciones: Id a todos los pueblos (cf. Mt 28,19). No es necesario esperar a que todo esté perfecto para anunciar. Si hubiera que aguardar a que cada lugar estuviera plenamente evangelizado antes de partir, nadie habría salido de Israel. El Señor envía primero a la propia casa y, al mismo tiempo, al mundo entero. Donde hay alguien que necesita oír el Evangelio, allí se hace presente la misión. Y lo que toca el corazón y convierte es siempre Dios; nuestra presencia, por pequeña que sea, ya marca la diferencia.

5. Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

“Gratis lo recibisteis, dadlo gratis.” (Mt 10,8d)

El último punto es la gratuidad. Toda gracia es don de Dios. El Señor se derrama en gracia porque es compasivo, y así volvemos al inicio del Evangelio: Jesús se compadece porque tiene un corazón misericordioso, un corazón de generosidad, que se entrega por entero. Esa es la actitud que Él espera de sus discípulos. Así como lo vieron darse gratuitamente, también ellos deben dar.

Nadie merece nada por mérito propio. Si fuera por mérito, todavía estaríamos en el pecado. Es lo que dice san Pablo en la Carta a los Romanos: Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores (cf. Rom 5,8). Tener el corazón de Jesús —manso, humilde, compasivo— es también compadecerse de los demás. Si miramos a las personas y permanecemos indiferentes, diciendo que cada uno se las arregle, es señal de que aún no tenemos el corazón de Cristo. Así como tú fuiste alcanzado por esta gracia, el Señor te llama a anunciarlo a otros. Por eso te pedimos que hagas llegar esta Palabra a más personas: no somos nosotros los que tocamos el corazón; es la gracia de Jesús la que actúa a través de nosotros, instrumentos insuficientes, como decía el Papa Benedicto XVI. Quien da la gracia es Él, y Él mismo lo hará por medio de ti.

No tengas miedo de decir sí a tu vocación, de buscar la voz de Dios para tu vida hoy. Pregúntate: ¿qué puedo hacer hoy por los pobres, por los necesitados, por mi propia alma? Si hace mucho que no vas a Misa, ve a Misa. Si hace tiempo que no buscas a Dios, ve a confesarte. Quizás esta sea la señal que esperabas. Acércate a Jesús. Esta también puede ser la llamada de Dios para ti hoy: estar más cerca de Él. A cualquier edad, el Señor tiene una misión y quiere hacer de ti instrumento para muchas personas.

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.

1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto? Lee con atención, más de una vez, en voz baja, el Evangelio de este domingo (Mt 9,36–10,8). Anota o subraya las palabras que más te llaman la atención.

2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí? Vuelve a los cinco puntos de arriba y deja que una palabra o una imagen toque tu corazón: la compasión de Jesús, la petición por obreros, el poder y la autoridad, los Doce, la gratuidad.

3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto? Responde al Señor con tus propias palabras. Puedes rezar con la oración anterior, pidiendo un corazón compasivo como el de Jesús y buenas vocaciones para la mies.

4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios? Permanece en silencio ante el Señor, dejándote mirar por Él, que se compadece de ti y te conoce por tu nombre.

5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy? Toma una resolución concreta: volver a Misa, confesarte, servir a un hermano, decir sí a una llamada. Y comparte esta Palabra con alguien de tu familia o de tus amistades.

¡Hasta la próxima semana!

¡Shalom!

De lunes a sábado tenemos un pequeño vídeo; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio Dominical para que medites y reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más gente ame la Palabra de Dios. Deja tu “me gusta” y compártelo con tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!

Vídeo del podcast: https://youtu.be/WQfSkMl6ve0 — con subtítulos que seleccionas en tu idioma.


Comentarios

Aviso: Los comentarios son de responsabilidad de los autores y no representan la opinión de la Comunidad Shalom. Está prohibido dejar comentarios que violen la la ley, la moral y las buenas costumbres o violan los derechos de los demás. Los editores pueden retirar sin previo aviso los comentarios que no cumplen los criterios establecidos en este aviso o que estén fuera del tema.

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *