José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra
Llegamos al 20.º Domingo del Tiempo Ordinario, y el Evangelio de este domingo nos lleva fuera de las fronteras de Israel, a la región pagana de Tiro y Sidón, donde una mujer cananea sale al encuentro de Jesús (Mt 15,21-28). En la mayoría de los lugares, la Solemnidad de la Asunción de la Virgen se traslada del 15 de agosto al domingo. Pero en las ciudades y diócesis donde la Solemnidad se celebra el mismo día 15, este es el Evangelio que la Iglesia nos ofrece. Aunque el Evangelio de Mt 15,21-28 no hable directamente de la Asunción, la fe perseverante de la cananea puede inspirar nuestra confianza en la oración. La Iglesia contempla esa actitud de confianza de manera eminente en María, que, unida a su Hijo, permanece Madre espiritual de los fieles e intercede por ellos sin sustituir jamás a Cristo.
En el centro de todo está una mujer pagana que llega a ser, para muchos en Israel, un ejemplo de fe. Ella grita, insiste, se postra ante Jesús y no se rinde, aun ante el silencio de Jesús, hasta oír de él: “Mujer, grande es tu fe.” (Mt 15,28). Como siempre, hemos escogido cinco puntos para tu meditación y oración, que compartimos en el podcast: https://youtu.be/UnPAI9my6Yk (con subtítulos en tu idioma). Toma tu Biblia, ábrela en Mateo 15,21-28, lee con calma el pasaje y vuelve para rezar con nosotros.
1. “Señor, Hijo de David, ten piedad de mí”
El primer grito de la cananea ya es una pequeña profesión de fe: “Señor, Hijo de David, ten piedad de mí” (Mt 15,22). Al llamarlo “Señor”, ella reconoce en Jesús una autoridad soberana y acude a él con confianza; al llamarlo ‘Hijo de David’, reconoce en él al Mesías esperado por Israel, que san Mateo tanto subraya, desde la primera página de su Evangelio (cf. Mt 1,1) hasta los ciegos de Jericó que así claman (cf. Mt 20,30-31) y la entrada de Jesús en Jerusalén (cf. Mt 21,9). Cómo esta mujer, venida de una tierra pagana, llegó a reconocerlo, el Evangelio no lo dice. Pero es para nosotros una invitación a reconocer, una vez más, que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado, y por eso podemos depositar en él nuestra confianza.
Fíjate en que ella pide piedad de sí misma, y no solo piedad de su hija. Algunos comentaristas observan que, al decir ‘ten piedad de mí’, la madre se identifica profundamente con el sufrimiento de la hija: el dolor de ella se ha vuelto también el suyo. Pide por sí misma, en favor de la hija. Y este “ten piedad de mí” termina siendo la oración de tantos y tantos corazones, la misma oración del peregrino ruso: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Cuando reconocemos que somos dignos de misericordia, cambia nuestra manera de relacionarnos con Dios. Ante Dios no podemos comprar la gracia ni exigir su misericordia como si fuera una deuda. Todo lo que ofrecemos ya es posible porque la propia gracia nos precede y nos sostiene. Santo Tomás recuerda que la amistad nace de algo en común, pero con Dios nuestra parte es solo recibir. Cuando entendemos que la amistad con Dios es pura misericordia, todo cambia. Aquí queda una pregunta para tu oración: ¿todavía crees que necesitas merecer el amor de Dios, o ya has reconocido que es gratuito, por pura misericordia? Hace dos domingos meditamos cómo el Señor se llenó de compasión ante la multitud (cf. Mt 14,14); vale la pena volver a escuchar aquel episodio.
2. “Jesús no le respondió palabra alguna”
Viene entonces un detalle que incomoda: “Pero Jesús no le respondió palabra alguna.” (Mt 15,23). El silencio de Dios muchas veces nos inquieta. Pero cuando el Señor calla, cuando no responde palabra alguna, eso no significa que no nos esté escuchando. Al contrario: escuchaba tanto que ya incomodaba a los apóstoles, como ellos mismos van a decir enseguida. No necesitamos afirmar que Jesús estaba simplemente retrasando una decisión ya tomada. El silencio de Jesús no debe interpretarse como indiferencia. En la dinámica del relato, él permite que la perseverancia y la confianza de aquella mujer se manifiesten y sean reconocidas.
También en nuestra oración el silencio educa. San Agustín enseña que Dios, a veces, tarda para que crezcamos en el deseo y en la confianza. Dos pasajes iluminan esta escena: la viuda insistente ante el juez, que el Señor cuenta precisamente para decir que hay que orar siempre, sin desanimarse (cf. Lc 18,1-8), y el ciego de Jericó, que cuanto más le mandaban callar, más gritaba: Hijo de David, ten piedad de mí (cf. Mc 10,46-52). El silencio de Jesús no es ausencia; es invitación a insistir y a no rendirse. No nos apresuremos: Dios conoce nuestras necesidades y nos enseña a confiar en él, aun cuando la respuesta no llega en el tiempo o en la forma que esperábamos.
3. “Despide a esa mujer…”: la intercesión
Los discípulos se acercan y piden: “Despide a esa mujer, pues viene gritando detrás de nosotros.” (Mt 15,23). Las palabras de los discípulos son ambiguas: pueden entenderse como una petición para que Jesús la atendiera y la despidiera. En la lectura espiritual recogida por santo Tomás de Aquino en la Catena Aurea, la madre pide misericordia por sí misma porque la aflicción de la hija se ha vuelto también la suya. La narración muestra claramente que la mujer intercede por la hija y persevera personalmente ante Jesús. En cuanto a los discípulos, sus palabras permanecen ambiguas: pueden contener una petición para que Jesús la atienda, pero también pueden revelar solo su incomodidad ante la insistencia de ella.
La intercesión es algo normal, corriente, parte de la vida cristiana y de la vida de la Iglesia. San Juan Crisóstomo destaca el valor de la intercesión y muestra que Dios quiso asociar la oración de los justos a la salvación y a la reconciliación de los demás. La Iglesia vive esa confianza de modo eminente en la Virgen María, cuya maternidad espiritual la une singularmente a Cristo y cuya Asunción celebramos en estos días. A la Madre recurrimos con confianza, seguros de que su intercesión materna nos conduce a Cristo y está siempre unida a la voluntad del Hijo.
Las Escrituras están llenas de grandes intercesores: Abraham intercede por Sodoma (cf. Gn 18,22-33), Moisés por el pueblo (cf. Ex 32,11-14). En el libro de Job, Dios manifiesta que acogerá la oración del justo en favor de los amigos: Id a mi siervo Job, él orará por vosotros, y por su causa os atenderé (cf. Jb 42,8). No es que nuestra oración nada valga; es que, reconociendo nuestra pequeñez, entregamos también nuestra súplica en las manos de aquellos que ya están ante Dios. Los Santos que están en la presencia de Dios interceden por nosotros, pues nuestro Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (cf. Mt 22,32), y creemos en la Comunión de los Santos (cf. CIC 956).
4. “Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel”
Jesús responde: “Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15,24). ¿Estaría Jesús faltando a la verdad, si vino para todos? De ningún modo. La misión histórica de Jesús se dirige primero a Israel, pueblo de la promesa; después de la Resurrección, el Evangelio será anunciado a todas las naciones (cf. Mt 28,19). El hecho mismo de que él esté en territorio pagano, en Tiro y Sidón, es ya una anticipación de esa misión universal, como también lo fue el paso por la región de los gadarenos (cf. Mt 8,28-34). No podemos aislar un solo versículo del conjunto de la Palabra de Dios: la Escritura se lee en su unidad. Más tarde, Pedro y Pablo reconocerán que también a los gentiles era necesario anunciar el Evangelio (cf. Hch 10; Hch 15).
Ante la respuesta de Jesús, la mujer vino y se postró ante él, diciendo: “Señor, socórreme” (Mt 15,25). Aquel “postrarse” es un gesto de profunda reverencia y súplica, reconociendo en él a aquel que puede socorrerla, en sintonía con el “Señor” que había confesado al inicio. Y aquí está la buena noticia para nosotros: Jesús también fue enviado a nosotros, que no somos de la “casa de Israel” según la carne, sino que somos el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, nacida no de la descendencia de la sangre, sino de la fe (cf. Rm 9,6-8; Jn 1,12-13). El Evangelio, que los apóstoles llevaron a los gentiles, llegó también hasta nosotros.
5. “Mujer, grande es tu fe”
Viene, por fin, la alabanza de Jesús: “Mujer, grande es tu fe; ¡hágase como tú quieres!” (Mt 15,28). El contraste es fuerte con la poca fe de Pedro, que hace dos domingos, al caminar sobre las aguas, comenzó a hundirse y oyó de Jesús: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,31). Una mujer pagana manifiesta aquí la gran fe que faltó, en aquel momento, al primero de los apóstoles.
¿Cómo creció esta mujer en la fe? Primero, por la perseverancia y la insistencia en la oración, aquel orar siempre sin desanimarse del que habla el Señor (cf. Lc 18,1). Después, por la humildad que reconoce el propio lugar. Jesús le había dicho que no estaba bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos, y ella responde: es verdad, Señor, pero los perritos también comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños (cf. Mt 15,26-27). Ella no entra en una disputa orgullosa con Jesús. Acoge la imagen que él presenta y, con humildad e inteligencia, muestra que hasta las migajas de la mesa de los hijos bastan para socorrer a su hija. Jesús entonces manifiesta la grandeza de su fe y concede la curación. La humildad es la verdad: decir no merezco no es rebajamiento, es reconocer que la gracia es pura misericordia. Viene a la memoria la parábola del rico y del pobre Lázaro, en que los perros lamían las llagas del mendigo a la puerta del rico (cf. Lc 16,19-21): también allí el pequeño y despreciado es quien está más cerca del corazón de Dios.
Podemos suponer que la curación sucedió a distancia, como en el caso del centurión, a quien Jesús alabó por su fe (cf. Mt 8,10-13), pues el Evangelio dice que, en aquella misma hora, la hija quedó curada, sin mostrar a la niña presente. Lo que queda para nuestra vida es una gran lección de humildad: no intentar comprar la misericordia ni la gracia de Dios alegando nuestros méritos, como el fariseo que se gloriaba en el Templo (cf. Lc 18,11-12). Cuando reconocemos humildemente nuestra necesidad y confiamos en la misericordia de Dios, aprendemos a pedir con perseverancia, dejando nuestra súplica en las manos de su sabiduría y de su voluntad. En el caso de la cananea, Jesús confirmó su fe y concedió la curación: “Hágase como tú quieres” (Mt 15,28).
Este es también el llamado a la conversión permanente, que no pertenece solamente al tiempo de la Cuaresma o del Adviento, sino a cada día. La perseverancia de la cananea nos recuerda que la conversión no termina después de los primeros avances espirituales. Santa Teresa de Jesús advierte, al hablar de las Moradas, que es posible acomodarse en el camino y confundir cierto progreso con la llegada a la madurez. La fe necesita permanecer humilde, vigilante y disponible a la gracia. No nos contentemos con una vida cristiana tibia, sino pidamos la fe perseverante y humilde de la cananea.
¡Hasta la próxima semana!
¡Shalom!
De lunes a sábado tenemos un pequeño vídeo; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio Dominical para que medites y reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más personas amen la Palabra de Dios. Deja tu “me gusta” y reenvíalo a tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!
Vídeo del podcast: https://youtu.be/UnPAI9my6Yk con subtítulos que seleccionas en tu idioma.
Pasos de la Lectio Divina
La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.
1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto?
Lee con atención el pasaje, observando quién actúa, qué hace y dice Jesús, y cómo responde la mujer. Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt 15,21-28):
“En aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón. Y he aquí que una mujer cananea, que había venido de aquella región, comenzó a gritar: ‘¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! ¡Mi hija está siendo cruelmente atormentada por un demonio!’ Pero Jesús no le respondió nada. Entonces los discípulos se acercaron y le pidieron: ‘¡Despide a esa mujer, porque viene gritando detrás de nosotros!’ Jesús respondió: ‘Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel.’ Ella, sin embargo, vino y se postró ante él, diciendo: ‘¡Señor, ayúdame!’ Jesús respondió: ‘No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.’ Pero ella dijo: ‘¡Es verdad, Señor! Pero los perritos también comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños.’ Entonces Jesús le dijo: ‘¡Mujer, qué grande es tu fe! ¡Hágase como tú deseas!’ Y en aquella misma hora su hija quedó curada.” (Mt 15,21-28)
2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí?
Deja que una palabra toque tu corazón. ¿Dónde necesito insistir en la oración y no rendirme? Ante el silencio de Dios, ¿aún confío? ¿Reconozco que todo es pura misericordia, o todavía quiero merecer?
3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto?
Responde al Señor con tus propias palabras: haz tuya la oración de la cananea, Señor, ten piedad de mí; presenta a las personas por quienes intercedes y pide, por la intercesión de María, la gracia de una fe perseverante.
4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios?
Permanece en silencio ante Jesús, que se deja vencer por la fe humilde de esta mujer, y recibe la mirada de misericordia que él posa también sobre tu vida.
5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy?
Elige un gesto concreto: una oración perseverante por alguien, un acto de humildad que reconozca tu lugar ante Dios, o un paso más en la conversión que venías aplazando.