Formación

La vocación de Mateo: Domingo de la Misericordia del Tiempo Ordinario

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Por José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra

Presentación

Después de algún tiempo, volvemos a ver el verde de los ornamentos. Fueron las seis semanas de la Cuaresma, el Triduo Pascual, las siete semanas del Tiempo Pascual hasta Pentecostés y, el domingo pasado, la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Quien tiene la costumbre de ir a misa solo los domingos quizá ni recuerde la última vez que vio la vestidura de color verde de los sacerdotes. Y este fin de semana saciamos esa añoranza.

En este 10.º Domingo del Tiempo Ordinario (año A) volvemos al Evangelio de Mateo, y encontramos el relato de la vocación del propio Mateo. Para este domingo hemos escogido cinco puntos, tomados de los cinco versículos de Mt 9,9-13, para que medites y reces. Y dejamos una sugerencia de título: más que “la vocación de Mateo”, este podría ser el “Domingo de la Misericordia del Tiempo Ordinario”, porque es en él donde Jesús dice que quiere la misericordia y lo veremos ejerciendo la misericordia para con todos.

 

Introducción: la humildad es la verdad

Hace muchísimos años, en el siglo pasado, cuando yo era discípulo de la Comunidad, teníamos un trabajo de evangelización en un caserío muy pobre, cerca del Discipulado (entonces llamado Noviciado) de Quixadá. Allí adonde íbamos, siempre había un grupo de hombres jugando y bebiendo, porque no tenían trabajo, un grupo de niños y un grupo de señoras dentro de las casas. Yo siempre iba al grupo de los niños, contaba la historia de la Biblia y jugaba con ellos. Pero un día, no sé bien por qué, terminé sentándome en el grupo de los hombres que bebían y jugaban. Una de las niñas se acercó a mí con una mirada de enorme decepción y dijo: “¿Estás bebiendo, muchacho?” Le expliqué que no, que solo estaba sentado allí, conversando con ellos.

En aquel momento caí en la cuenta. Pensé: así, más o menos, debieron de pensar los fariseos de Jesús. “¿Cómo se mete entre esa gente? ¿Cómo este hombre, del que dicen que es justo, está sentado entre los pecadores?” Y yo ni siquiera estaba bebiendo, pero solo mi presencia allí ya causó un choque. Para no escandalizar a la niña, necesité explicarlo todo. Jesús, en cambio, no explica ni suaviza nada, y podría haber dicho: “¿Os pareció mal? Pues sabed que esa gente llegará al Cielo antes que vosotros.”

En estos años de formación sobre la vida de oración, he oído a mucha gente decir: “Esta oración no sirve para nada; cuanto más rezo, más pecador me veo.” Pues es justamente eso. Cuando Santa Teresa de Ávila dice que “la humildad es la verdad”, se refiere a esto: la verdad es que somos pecadores. Si te crees (casi) sin pecado, es señal de que no estás rezando bien, porque, rezando bien, te reconocerías pecador y necesitado de la misericordia de Dios. Jesús no vino a llamar a los santos, vino a llamar a los pecadores. A quien poco se le perdona, poco ama; a quien mucho se le perdona, mucho ama (cf. Lc 7,36-50). Si crees que no tienes pecado que perdonar, ¿cómo vas a amar a Dios? Todo esto está profundamente entrelazado, y toca de cerca nuestra propia historia.

Cinco puntos para meditar

1. Jesús que ve a Mateo sentado

“Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en la oficina de impuestos.” (Mt 9,9). Es la escena del bellísimo cuadro de Caravaggio, en el que muestra a Jesús señalando con el dedo y a Mateo, asombrado, como preguntando: “¿Yo?” El Evangelio dice que Jesús vio, pero, del lado de Mateo, lo que ocurre es que él se siente visto, mirado y amado por Jesús. De ahí nace la misericordia que guardará en el corazón. Y Jesús lo ve en la situación en que se encontraba, sentado en su pecado, en la oficina de impuestos.

Este es el principio básico de la vida de oración, la enseñanza de Santa Teresa de Ávila: “Solo os pido una cosa, hermanas: que os dejéis mirar por Él.” Detente y deja que Jesús te mire. A veces somos tan ruidosos en la oración, queriendo hablar, hablar, hablar. Cálmate y mira a Aquel que te mira. Le preguntaron a San Juan María Vianney qué hacía ante el Santísimo, y respondió: “Yo lo miro a Él, y Él me mira a mí.” Quien le enseñó esto fue un campesino que pasaba horas en silencio en la capilla. Solo con este primer punto ya hay mucho para rezar: “Jesús, aquí estoy.”

2. “Sígueme”

Cuando Jesús dice, simplemente, “Sígueme” (Mt 9,9c), parece todo muy fácil: Mateo lo deja todo y lo sigue. Pero seguir a Jesús no es fácil. No lo fue para Mateo ni lo es para nadie. Quien quiera seguirlo debe tomar su cruz; el seguimiento implica pruebas y dificultades. Para Pedro, Andrés, Santiago y Juan, que dejaron las barcas y la profesión para seguir al Maestro, también fue costoso. Cuando el Señor interviene en nuestra vida, lo pone todo patas arriba, y eso no siempre sucede en un chasquido de dedos.

En la vida concreta, muchas personas que se sienten llamadas a una vocación específica pasarán por un largo camino. En la Comunidad Shalom hay un año de vocacional, el tiempo de postulantado (de uno a dos años), después la formación inicial (de nueve años, en algunos casos hasta quince años) para llegar por fin a las Promesas Definitivas. Mateo se levantó y al día siguiente ya era uno de los apóstoles, pero, en la Palabra, todo se concentra. Es posible que ya hubiera escuchado a Jesús hablar de lo que significaba ser discípulo suyo. Cuando aquel día el Señor lo ve sentado y le dice “Sígueme”, ahí fue el momento de la decisión. En la última cena Jesús dirá a los doce: “No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os elegí.” (Jn 15,16).

3. Él se levantó y siguió a Jesús

En el griego y en varias lenguas, el verbo “levantarse” es el mismo que “resucitar”; son sinónimos. Podemos pensar en Mateo como si estuviera prácticamente muerto, sentado en su pecado, y, cuando se levanta, es como una resurrección y comienza a vivir de nuevo. Mateo, de estar sentado, fue levantado y ganó vida nueva para seguir al Señor. Y enseguida comienza a evangelizar: invita a sus amigos cobradores de impuestos a cenar con Jesús.

Una vez más, lleva esto a tu oración. ¿No es hora de que te levantes, de que salgas de la comodidad, de que dejes que Jesús te levante (te resucite) y de seguirlo de nuevo? Quizá pienses: “Pero yo ya estoy convertido, ya tengo mi parroquia, mi grupo de oración, mi célula…” Siempre necesitamos conversión, como nos dice Daniel Ramos en el libro “La Conversión de los Convertidos”, pues por el pecado en nosotros estamos siempre desviándonos y siempre necesitados de volver al camino del Señor. Recordemos la palabra de Jesús a los discípulos dormidos en el Huerto: “¡Levantaos! ¡Vamos!” (Mt 26,46).

4. No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos

“No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos.” “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.” (Mt 9,12-13). Jesús llama a todos enfermos y pecadores, y de hecho lo somos. San Juan dice, en su primera Carta, que quien afirma no tener pecado es mentiroso (cf. 1 Jn 1,10). San Pablo escribe a los Romanos que no hay un solo justo, que todos pecaron (cf. Rm 3,23). Aquí, los “justos” a los que Jesús no vino a llamar son los fariseos que se creían santos, justificados.

Si no te reconoces pecador, Jesús parece no haber venido para ti; si no te crees enfermo, el médico nada puede hacer. Es la fase de negación que algunos enfermos atraviesan ante una enfermedad grave. Una vez preguntaron de qué nos había salvado Jesús, y la respuesta fue: nos salvó precisamente de creer que no necesitábamos ser salvados. Ese es el orgullo del que se basta a sí mismo, el pecado del primer Adán, de la desobediencia y de haber querido ser como Dios, decidiendo por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. Quien sabe lo que es mejor para nosotros es quien nos creó. Si quieres cuidar bien tu coche, debes consultar el manual de quien lo hizo; si quieres cuidar bien tu vida, escucha a quien te creó. Dios nos ama exactamente como somos, pero nos ama demasiado para dejarnos como estamos.

5. Misericordia quiero, y no sacrificio

Citando Oseas 6,6, Jesús dice: “Misericordia quiero, y no sacrificio.” (Mt 9,13). Por eso llamamos a este el Domingo de la Misericordia del Tiempo Ordinario: Jesús se presenta misericordioso con Mateo, a quien llama a seguirlo; también con los amigos de Mateo, cobradores de impuestos, al compartir con ellos una comida; con los fariseos, a quienes da la oportunidad de reconocerse pecadores necesitados de la gracia; y es misericordioso con nosotros, que escuchamos esta Palabra de hace dos mil años y la sentimos tocar el corazón.

Al decir que quiere misericordia, y no sacrificio, Jesús no condena los sacrificios del Antiguo Testamento, que fueron necesarios por un tiempo dentro de la pedagogía divina. Él mismo es el único sacerdote, el Cordero y el altar (cf. Hb 7,7; 13,10), y reúne en sí todo el sacrificio antiguo. Y todavía nos invita, como escribe San Pablo a los Romanos, a ofrecernos como sacrificio vivo y santo, que es nuestro culto espiritual (cf. Rm 12,1). Pero en primer lugar está la misericordia: ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (cf. Lc 6,36). El Señor hace llover sobre buenos y malos (cf. Mt 5,45), es bueno con todos y no hace acepción de personas (cf. Hch 10,34). Él sabe que todos somos enfermos y que todos necesitamos médico. El secreto de todo es reconocer que estamos enfermos y que lo necesitamos a Él: es ahí donde encontramos nuestra salvación.

Pasos de la Lectio Divina

Para rezar con este Evangelio, recógete en un lugar tranquilo, haz la señal de la cruz y pide al Espíritu Santo que abra tu corazón. Después, recorre con calma los cinco pasos de la Lectio Divina.

1. Lectura (Lectio): ¿qué dice el texto?

Lee Mt 9,9-13 sin prisa, una o dos veces, a media voz. Intenta situarte en la escena, fijándote en los detalles: Jesús pasa, ve a Mateo sentado en la oficina de impuestos, lo llama, y Mateo se levanta y lo sigue. Repara en las palabras de Jesús a los fariseos sobre la enfermedad y el médico, la misericordia y el llamado a los pecadores. No busques todavía ninguna aplicación; solo escucha lo que está escrito y deja que una palabra o un gesto llame tu atención.

2. Meditación (Meditatio): ¿qué me dice el texto?

Ahora vuelve a esa palabra que te tocó y deja que ilumine tu vida. Tú eres Mateo sentado en la oficina de impuestos, en tu pecado, y Jesús te mira con misericordia. ¿En qué situación te encuentra hoy? ¿Dónde te reconoces enfermo y necesitado de médico? ¿Dónde hay todavía aquel orgullo del que se cree justo y se basta a sí mismo? Deja que el Señor te muestre la verdad de tu corazón, que es la humildad de la que hablaba Santa Teresa.

3. Oración (Oratio): ¿qué le digo a Dios?

Responde a Dios a partir de lo que has meditado. Da gracias porque Él te ve y te ama exactamente como eres. Pide perdón por creerte sin pecado o por resistirte al llamado. Pide la gracia de levantarte, de dejarte resucitar y de seguirlo. Suplica la curación de tus enfermedades físicas y espirituales. Habla con Él sencillamente, con tus propias palabras, como Mateo que se levantó y lo siguió.

4. Contemplación (Contemplatio): permanecer en la mirada de Dios

Haz silencio y simplemente permanece ante Él, como el campesino de San Juan María Vianney: “Yo lo miro a Él, y Él me mira a mí.” No es hora de hablar mucho, sino de dejarte mirar y amar por Jesús, dejando que su misericordia repose en tu corazón. De ese encuentro nace el deseo concreto de vivir la misericordia que has recibido, siendo misericordioso como el Padre es misericordioso.

5. Acción (Actio): lo que Dios te pide cumplir

En tu revisión de vida, haz un buen examen de conciencia y busca el Sacramento de la Reconciliación. Acuérdate de algún amigo que se haya alejado de la fe y procura ser instrumento de Dios, primero rezando por él y después enviándole un mensaje o una invitación a un café o a un evento de evangelización. Deja que el Espíritu Santo te mueva.

Para profundizar

En cada uno de estos cinco puntos hay mucho en que sumergirse. Toma el texto y reza con calma; deja que el Espíritu te conduzca a los pasajes de la Escritura que aquí solo mencionamos: la Primera Carta de San Juan, la Carta de San Pablo a los Romanos, la Carta a los Hebreos, Oseas, y el propio Evangelio de Mateo, que coloca su vocación entre los primeros milagros de Jesús, justo después del Sermón de la Montaña.

De lunes a sábado tenemos un pequeño video; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio Dominical para que medites y reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más gente ame la Palabra de Dios. Deja tu “me gusta” y reenvíalo a tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!

Video del podcast: https://youtu.be/_sCLhQgJs7A con subtítulos que seleccionas para tu idioma.


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