José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra
En el Evangelio de este XVII Domingo del Tiempo Ordinario, Año A (Mt 13,44-52), Jesús concluye el discurso de las parábolas del Reino, en el capítulo 13 de San Mateo. Después de las parábolas del sembrador, de la cizaña y el trigo, del grano de mostaza y de la levadura, Él nos entrega otras cuatro parábolas para intentar decir, con imágenes de nuestra vida cotidiana, a qué puede compararse el Reino de los Cielos: a un tesoro escondido, a un comprador de perlas preciosas, a una red arrojada al mar y al maestro de la Ley que se hace discípulo. Son parábolas breves, casi de dos versículos, pero, cuando las tomamos para leer, meditar y rezar, nos van sorprendiendo y revelando cosas nuevas y viejas.
Hemos escogido cinco puntos para tu meditación y oración a lo largo de esta semana. Como siempre, dejamos también el Evangelio y los pasos de la Lectio Divina al final de este texto, para que tú mismo reces con la Palabra. Si hablas coreano, mandarín o árabe, búscanos: te enviamos el material directamente, porque todavía no tenemos esas lenguas en el portal ComShalom, pero en todas las demás el texto está disponible.
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1. El tesoro escondido
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo» (Mt 13,44).
Ese tesoro tiene tal valor que vale la pena venderlo todo y adquirirlo con alegría. Pero hay un detalle: el hombre encuentra el tesoro en un campo que todavía no es suyo; por eso necesita tiempo y todo un camino hasta que aquel tesoro sea realmente suyo. Así sucede también con el Reino: nosotros lo encontramos, pero todavía no es plenamente nuestro, y vale la pena hacer todo para conseguirlo.
Llama la atención que el tesoro queda, por un tiempo, escondido, para después ser revelado. No se trata de algo reservado a unos pocos, como si fuera un saber secreto (la Iglesia siempre rechazó esa tentación gnóstica): se trata del ritmo propio de Dios, que esconde y revela en el momento oportuno. Son las cosas «escondidas a los sabios y entendidos de este mundo y reveladas a los pequeños» (Mt 11,25). San Pablo es un hermoso ejemplo de esa paciencia de Dios: tocado por la gracia en el camino de Damasco (cf. Hch 9,1-19), se recogió por un tiempo, retirándose a Arabia, antes de comenzar realmente a predicar (cf. Gal 1,15-18). Fue necesario que Bernabé lo encontrara y lo presentara a los Apóstoles (cf. Hch 9,26-27; 11,25-26). Hubo todo un tiempo de preparación: el tesoro no fue revelado de inmediato.
Y aquí Jesús nos da una clave preciosa: «donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21). ¿Cómo saber cuál es nuestro tesoro? Fíjate de qué habla más tu boca, «porque la boca habla de aquello de lo que está lleno el corazón» (cf. Mt 12,34). Si hablas mucho de Dios, es porque tu corazón está lleno de Dios; si hablas mucho de otras cosas, es señal de dónde anda tu corazón. Hasta las distracciones en la oración pueden ser un buen termómetro: muchas veces el corazón corre, sin querer, hacia donde está nuestro tesoro. Cuando eso suceda, en vez de solo condenarte, lleva también eso a la oración y di: «Señor, este es mi tesoro; quiero que seas Tú. Despégame de las cosas que pasan y dame más de Ti». A medida que vamos vendiéndolo todo, es decir, deshaciéndonos de la mentalidad vieja, vamos ganando un corazón nuevo, cada vez más lleno del único tesoro verdadero, que es el propio Jesús.
2. El comprador de perlas preciosas
«El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, va a vender todo lo que tiene y la compra» (Mt 13,45-46).
Si en la primera parábola el acento está en el tesoro en sí, aquí la perspectiva es la de la persona, el discípulo, cada uno de nosotros, representado en ese comprador. Una característica de esa persona es el desapego: para ella, vale la pena deshacerse de todo, porque el Reino vale mucho más. No se puede quedar con un pie aquí y otro allá, queriendo tenerlo todo. Es incluso lo contrario de la lógica del mundo, que enseña a nunca concentrar toda la riqueza en un solo lugar, es necesario diversificar las inversiones. En el caso del Reino, sin embargo, hay un solo negocio que vale toda la pena del mundo, y es la vida eterna. Todo lo demás debe ser medio para poder llegar hasta allí.
Es la actitud de los Apóstoles y de San Pablo, que se desapegaron de todo y siguieron a Jesús; el joven rico, por el contrario, no quiso renunciar a sus bienes y se fue triste (cf. Mt 19,16-22). En el fondo, es porque «no se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24): quien adora el dinero lo esparce en muchos lugares; quien adora al Señor sabe que Él lo es todo en aquel único bien. Como decía santa Teresa de Ávila, «es justo que mucho cueste lo que mucho vale». Vale la pena despojarse para ganar lo que tiene valor supremo.
3. La red arrojada al mar
«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran» (Mt 13,47-48).
Ahora la perspectiva se abre hacia la Iglesia. La red es ese pueblo de Dios, que recoge peces buenos y malos, que están juntos en este tiempo. Aquí conviene una aclaración: en el Credo profesamos que «la Iglesia es una, santa, católica y apostólica». La Iglesia es santa porque su Cabeza es Cristo y porque está animada por el Espíritu Santo; al mismo tiempo, acoge en su seno a los pecadores y está siempre en camino de purificación (cf. CIC 825-827). Nosotros somos ese «pueblo santo y pecador» (Plegaria Eucarística V), miembros del Cuerpo místico, que está en camino y que, aun cayendo, buscamos la conversión.
Por eso la red recoge todo tipo de pez y, como en la parábola de la cizaña y el trigo, no se arranca ya la cizaña: se deja que ambos crezcan juntos (cf. Mt 13,24-30). La separación solo vendrá al fin de los tiempos, cuando los ángeles separarán a los malos de en medio de los justos (cf. Mt 13,49), como el Hijo del Hombre separará a los cabritos de las ovejas (cf. Mt 25,31-46). No nos corresponde a nosotros hacer esa separación ahora; le corresponde al Señor, y Él lo hará por medio de sus ángeles. Mientras tanto, estamos llamados a mirar nuestra propia situación y a convertirnos, aprendiendo de la paciencia de Dios, que tiene paciencia con nosotros (cf. Evangelio del XVI Domingo del TO).
De ahí una alerta: ¿quiénes somos nosotros para juzgar quién es o no es buen cristiano? En la Iglesia hay buenos y malos, como en un gimnasio hay quien ya está sano y quien todavía necesita cuidarse, pero todos están allí luchando. Los que tienen conciencia de que necesitan mejorar no pueden ser echados fuera precisamente porque quieren mejorar; y los que ni siquiera perciben que necesitan conversión son los que más necesitan estar dentro. Jesús fue claro: «No juzguéis, para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos» (Mt 7,1-2). Si usas una regla muy corta con los demás, cuidado, porque serás medido con la misma regla.
Esto no significa permitirlo todo, pues existe la corrección fraterna (cf. Mt 18,15). Pero ella tiene su lugar y su medida: corregimos a aquellos que están directamente a nuestro lado, sobre los cuales tenemos alguna autoridad o cercanía, y respecto de quienes haya esperanza de éxito, no al mundo entero de internet. Y se debe evaluar cuánto la persona es capaz de acoger: primero «Dios te ama, Jesús murió por ti», para después llegar a las verdades morales. Quien no se sabe amado por Dios difícilmente entiende las exigencias de la moral cristiana; por eso el discurso solamente moralizante muchas veces aleja más de lo que atrae. Hecha la corrección con prudencia y caridad, el resto es entre la persona y el Señor, que juzga y cuida de cada uno.
4. «¿Entendéis bien todo esto?»
«¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí» (Mt 13,51).
Los discípulos responden que sí, pero probablemente todavía no comprendían todo. Es como cuando Santiago y Juan pidieron sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús, y Él les preguntó si podían beber el cáliz que Él iba a beber: «Podemos», respondieron, sin tener todavía plena conciencia de cuál cáliz era aquel (cf. Mt 20,20-23). La comprensión plena vendría después, con el Espíritu Santo. El propio Jesús dirá en la última cena: «Mucho tengo aún que deciros, pero no podéis con ello ahora; cuando venga el Espíritu de la verdad, Él os guiará hasta la verdad plena» (cf. Jn 16,12-13). Como tantas veces en nuestra vida: en el momento no entendemos, pero «lo comprenderás más tarde» (Jn 13,7), dijo Jesús a Pedro.
Esa palabra «comprender» nos lleva a la hermosa relación entre fe y razón. San Agustín, comentando Isaías 7,9 en una versión que decía «si no creéis, no comprenderéis», enseñaba: cree para comprender. Primero creer, para después entender; y, al mismo tiempo, procurar comprender para crecer siempre más en la fe. Es la fe que busca la inteligencia («fides quaerens intellectum»), expresión de san Anselmo con raíces en Agustín. Y santo Tomás de Aquino dirá que «creer es pensar asintiendo»: no un asentir sin pensar, sino un pensamiento que se adhiere libremente a la verdad.
La fe es don gratuito de Dios, ofrecido a todos, pero necesitamos crecer en ella y en la comprensión, porque somos seres racionales. La razón, sin embargo, no puede ser absolutizada, pues hay verdades que solo la fe nos da. Es más, decir que «solo es verdad aquello que la ciencia comprueba» ya no es, en sí mismo, una afirmación científicamente comprobada. Existen realidades verdaderas que no se pueden ver, medir ni pesar: el amor es una de ellas. Nadie logra poner sobre la mesa el amor de alguien por otra persona, y no por eso ese amor deja de ser real. El alma y el amor no son materiales, y es la fe, iluminando la razón, la que nos abre a ese horizonte mayor.
5. El maestro de la Ley que se hizo discípulo
«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52).
Las cosas nuevas y viejas son una referencia al Antiguo y al Nuevo Testamento. Las cosas viejas no están abolidas ni superadas; al contrario, son la riqueza del Antiguo Testamento: Dios uno, creador de todas las cosas visibles e invisibles, la Ley, la realidad del pecado y la conciencia de que somos pecadores. A ellas se unen las cosas nuevas del Nuevo Testamento: el Espíritu Santo, la Santísima Trinidad, los Sacramentos, la Iglesia, el amor del Padre que nos envía a Jesús y el propio Jesús. El maestro de la Ley que se hace discípulo aprovecha toda esa riqueza antigua y la lee con la luz nueva del Evangelio.
Cuando miramos las parábolas de hoy en conjunto, percibimos que el centro de todas es el propio Jesús: Él es el tesoro escondido, Él es la perla preciosa, Él es quien, en su Iglesia, arroja la red y juzgará al final, y Él es el Maestro por excelencia, a quien debemos imitar, como dice San Pablo: «sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor 11,1).
Y no hace falta ser un maestro de la Ley para vivir esto. Cada uno de nosotros puede mirar el tesoro del propio corazón y ver cómo, poco a poco, Dios fue guardando en él cosas nuevas y viejas: una oración hecha hace muchos años, una palabra escuchada hace décadas y todavía viva en el corazón, junto a las cosas nuevas que Él nos muestra cada día. Dios nunca deja de transformar las cosas antiguas en nuevas dentro de nosotros.
Cerramos aquí los cinco puntos, pero tú, que has llegado hasta aquí, seguramente has descubierto todavía otras cosas nuevas con este Evangelio, con el que ahora puedes rezar, dar gracias y alabar a Dios. Que nuestra oración sea la de pedir al Señor que Él mismo sea nuestro tesoro y que nuestra boca hable siempre de aquello de lo que está lleno nuestro corazón.
¡Hasta la próxima semana!
¡Shalom!
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Pasos de la Lectio Divina
La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.
1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto?
Evangelio de Jesucristo según San Mateo (Mt 13,44-52)
“En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?” Ellos le contestaron: “Sí”. Y él les dijo: “Un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo.””
2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí?
¿Cuál es, hoy, mi verdadero tesoro? Aquello de lo que más habla mi boca revela dónde está mi corazón. ¿Estoy dispuesto a «venderlo todo», es decir, a desapegarme de lo que me ata, para ganar el Reino, que vale mucho más?
3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto?
Señor, te damos gracias porque deseas presentarnos el Reino de los Cielos y a Ti mismo. En nuestra debilidad y en nuestro entendimiento tan pequeño, Tú vienes hasta nosotros, abres tu corazón y llenas el nuestro de Ti. Llena nuestro corazón de Ti, que nuestro tesoro seas Tú mismo, y que nuestra boca desborde de aquello de lo que está lleno el corazón. Danos, Señor, un amor profundo por tu Palabra y la gracia de descubrir en ella siempre cosas nuevas y viejas. Oh María, condúcenos a cada uno de la mano y llena los tesoros de nuestro corazón con las gracias que recibiste de tu hijo Jesús. Amén.
4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios?
Permanece en silencio ante el Señor, que es Él mismo el tesoro escondido y la perla preciosa. Deja que tu corazón simplemente descanse y se alegre de haber encontrado a Aquel que vale más que todo.
5. Acción (Actio). ¿A qué me llama hoy el Señor?
Elige un gesto concreto esta semana: un desapego, un acto de confianza en la paciencia de Dios con los demás y contigo mismo, o un cuidado mayor por la Palabra, guardando en el corazón una frase de este Evangelio para rezar a lo largo de la semana.