Formación

No tengáis miedo, tened el santo temor de Dios

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Felices los que escuchan la Palabra de Dios

Valéis más que muchos gorriones

José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra

Evangelio: Mateo 10,26-33

Introducción

El Evangelio de este XII Domingo del Tiempo Ordinario (Año A) es el de Mateo 10,26-33, y da continuidad al discurso misionero que seguimos el domingo pasado. Después de reunir y enviar a los Doce, Jesús los prepara para la persecución y, tres veces en el mismo pasaje, repite la misma advertencia: “No tengáis miedo.” Es un Evangelio que habla no solo del miedo, sino también del santo Temor de Dios y del valor infinito de cada vida humana ante el Padre.

Antes de comentar punto por punto, conviene una observación que ilumina todo el texto de hoy. Jesús habla, al mismo tiempo, de las dos dimensiones de nuestra existencia. Hay una luz para esta vida terrena, sobre todo para las persecuciones y los martirios, y también para la vida futura, cuando, de hecho, nada de lo que está escondido dejará de salir a la luz.

Como siempre hacemos, hemos elegido cinco puntos para tu meditación y oración, y que compartimos en el podcast, el cual puedes ver íntegro.

1. No tengáis miedo a los hombres

“No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.” (Mt 10,26).

El primer punto es la palabra que Jesús repite tres veces solo en el pasaje de hoy: “No tengáis miedo…” (vv. 26.28.31). Suele decirse que ese “no temáis” y sus variantes aparecen 365 veces en la Biblia, pero el número exacto no importa. Lo que importa es que el miedo es una realidad que puede paralizarnos. No que el miedo sea en sí mismo algo malo: es necesario e incluso nos protege. Quien no tiene ningún miedo acaba arriesgándose en vano. El problema es cuando el miedo nos deja sin acción, cuando dejamos de hacer el bien o de dar testimonio de la fe porque nos preocupa lo que puedan hacernos o lo que piensen de nosotros.

Por eso Jesús pide que dirijamos el miedo al lugar correcto. Aquí Él habla de los hombres que persiguen, que pueden matar el cuerpo. A esos no debemos temer, porque el Señor estará con nosotros y cuida de nosotros. Los discípulos que serían llevados ante los jueces y tribunales recibirían palabras tan acertadas que nadie podría contradecirlos, pues el Espíritu Santo hablaría por ellos (cf. Mt 10,17-22). Lo vemos, por ejemplo, en san Pablo, que ante el rey Agripa anuncia el Evangelio con tanta fuerza que el propio rey reconoce: “Por poco me convences de hacerme cristiano.” (Hch 26,28). Cuando estamos con el Señor, no hay persecución que pueda callarnos.

2. Nada hay encubierto que no llegue a descubrirse

“Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día, y lo que escucháis al oído, pregonadlo desde la azotea.” (Mt 10,27).

Esta palabra tiene dos caras. Por un lado revela la naturaleza pública de la Revelación y anuncia el juicio final, cuando todo saldrá a la luz y nada permanecerá oculto. El cristianismo nunca fue una religión de secretos para unos pocos, ni algo reservado solo a una élite de iluminados. Contra la herejía del gnosticismo, que prometía la salvación por un conocimiento secreto, y contra todo esoterismo que aún hoy existe, Jesús es claro: lo que Él dice al oído debe ser pregonado desde las azoteas. El Evangelio es para todos. El llamado “secreto mesiánico” que aparece en san Marcos (cf. Mc 1,24-25.34; 3,11-12; 5,43; 7,36), cuando Jesús pide silencio, era solo circunstancial, para que en aquel momento no fuera malentendido como un Mesías político.

De ahí vemos una consecuencia importante para nuestra vida espiritual: no es el conocimiento lo que salva, sino la caridad. Ni santo Tomás de Aquino, uno de los mayores genios del cristianismo, ni san Agustín defendieron que mucho saber lleve a la salvación. San Pablo ya decía que “el conocimiento hincha, pero el amor edifica” (1 Cor 8,1). Una sencilla señora que sirve a su parroquia por amor puede estar más cerca de Dios que muchos que tienen todos los títulos académicos. Esto no significa que la Iglesia no necesite santos doctores y el estudio de la teología. Significa que, si el Señor te llama a servir por la inteligencia, debes hacerlo con el mayor amor posible, en vista del bien del prójimo. Quien es llamado a barrer la iglesia todos los días, y lo hace con amor, tiene tanto valor ante Dios como quien enseña, porque Dios mismo dijo que ni un vaso de agua ofrecido quedará sin recompensa (cf. Mt 10,42).

Y la santidad escondida también será revelada, aunque sea en el Cielo. San Charbel, el monje maronita del Líbano, murió sin fama de santidad; ni sus propios hermanos lo creían santo. Fue solo después de su muerte, al exhumar su cuerpo y encontrarlo incorrupto, cuando reconocieron lo que Dios había obrado en aquella vida escondida. Santa Teresita del Niño Jesús, en el Carmelo, parecía una hermana cualquiera; cuando murió, alguien llegó a decir que de ella “no había nada que contar”. Y, sin embargo, Dios hizo de aquella pequeñez una de las mayores espiritualidades de la Iglesia. Dios actúa a través de los pequeños, y todo lo que se hace en lo oculto, por amor, será recompensado por Él.

3. El santo Temor de Dios

“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo en la”gehenna“.” (Mt 10,28).

Aquí está el corazón de este Evangelio, y es preciso distinguir bien. Una cosa es el miedo de Dios; otra, muy diferente, es el santo Temor de Dios. No debemos tener miedo de Dios, porque Dios es amor, como insiste san Juan en su primera Carta y en todo el Evangelio. El santo Temor de Dios es otra cosa: es el respeto, la reverencia y la humildad de reconocer nuestro lugar como criaturas ante el Creador. Ya en el Antiguo Testamento se decía que el temor del Señor es el principio de la sabiduría (cf. Prov 9,10; Sal 111(110),10), e Isaías lo coloca entre los dones del Espíritu Santo (cf. Is 11,2-3). Tener el santo Temor de Dios es ponerse ante Él sabiendo que nos ama y nos llama a una vida recta, justa y caritativa, y querer hacer su voluntad por amor.

No es Dios quien arroja a alguien al infierno; es el propio pecado, cuando la persona se aparta libremente de Dios hasta el final. Cuando Jesús habla de aquel que puede destruir el alma y el cuerpo, recordamos que el primero en arrojarse a la perdición es el propio pecador. Quien nos condena es el pecado, esa separación voluntaria de Dios que es amor. Por eso la Iglesia valora incluso el arrepentimiento imperfecto, la llamada atrición, el pesar por miedo a las consecuencias del pecado; ya es válido y abre el camino a la contrición perfecta, que nace del amor (cf. CIC 1452-1453).

¿Y cómo medir ese amor? Cuanto más amamos a alguien, más dispuestos estamos a sacrificarnos por él. Un padre y una madre pierden noches de sueño por el hijo enfermo y ni siquiera lo llaman sacrificio. Vale la pena preguntarse con sinceridad: ¿cuánto tiempo paso ante las pantallas y cuánto tiempo paso ante el Señor? Y esto no para condenarnos, sino para ver dónde está realmente nuestro corazón. La reflexión vale también para la oración. Quien reza solo para sentir algo se pone a sí mismo en el centro de ella. Pero siempre vale la pena rezar, aunque no “sintamos” nada. Debemos ser como María de Betania, que derramó a los pies de Jesús el perfume carísimo, sin medir cuánto costaba, sino que lo hizo por amor a Jesús (cf. Jn 12,1-11).

4. Valéis más que muchos gorriones

“¿No se venden un par de gorriones por un cuarto? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más que muchos gorriones.” (Mt 10,29-31).

Este es el punto que más consuela. El texto litúrgico dice “muchos gorriones”, y algunas traducciones traen “todos los gorriones”. Pero da igual, pues lo mucho está dentro del todo, como en aquel otro pasaje que dice que Jesús derramó su sangre “por muchos” (Mt 26,28), que tiene el mismo sentido de por todos. Lo que el Señor afirma es que la vida tiene un valor infinito ante Dios. ¿Y cuál es la medida de ese valor? El precio de la sangre preciosa de Jesús. Dios envió a su propio Hijo, y Él dio la vida por nosotros. Ese es el precio de nuestro rescate (cf. 1 Pe 1,18-19; 1 Cor 6,20).

Lamentablemente el mundo perdió la noción del valor de la vida humana. La sociedad actual mide a la persona por aquello que produce, en una lógica utilitarista en la que el tiempo es dinero y quien no produce parece no valer nada. Pero el valor del ser humano no está en lo que pueda producir. No es el trabajo el que dignifica al hombre, sino al contrario: el hombre es quien dignifica el trabajo. Un bebé aún en el vientre, un anciano que ya no produce, una persona en coma: todos tienen el mismo valor ante Dios, y deberían tenerlo también a los ojos de todos. Quien no tiene la dimensión del amor de Dios difícilmente entiende el valor de una persona. Por eso la urgencia de evangelizar, de llevar la Buena Nueva del Evangelio a toda criatura. Cuando me percibo amado por Dios, percibo también que Él ama a los demás, y paso a amarlos como Él los ama. Esa conciencia solo nace del amor recibido y correspondido.

5. Quien se declara por mí ante los hombres

“A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos.” (Mt 10,32-33).

El último punto es el testimonio, y aquí el juicio final vuelve a escena. Esta vida terrena tendrá un fin; la vida eterna es para siempre y habrá un juicio del que no podremos huir. Pero quien nos juzgará será el Juez Perfecto, que no lo hace por interés ni por parcialidad, como tantas veces ocurre en la tierra. Dios juzga conforme al corazón y conforme a nuestras acciones. Y el criterio será el amor. Como dice el Evangelio (cf. Mt 25,31-46), lo que hagamos al más pequeño de los hermanos es a Él a quien se lo hacemos. Y san Juan de la Cruz lo resume todo en esta bella afirmación: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor.” Recordemos también a san Juan Crisóstomo cuando nos advierte: el Señor está entre nosotros, y muchas veces no lo reconocemos.

Por eso, nunca es tarde para amar. Si aún no estás amando lo suficiente, comienza ahora, amando a quien está a tu lado, haciendo la caridad, especialmente con quien no puede retribuirte nada. Y una palabra de esperanza para terminar: nadie deja de ser tentado en esta vida, por más santo que sea. Hasta los grandes santos lucharon contra sí mismos hasta el final. El secreto no es no pecar nunca más, sino reconocerse pecador y acoger la misericordia de Dios cada día. Quien aprende a confesarse, a acusarse y a ser perdonado a lo largo de la vida, llegará ante Dios acostumbrado a recibir el perdón. “El amor perfecto expulsa el temor” (1 Jn 4,18), enseña san Juan, y “el amor cubre la multitud de los pecados” (1 Pe 4,8), nos recuerda san Pedro. No merecemos el Cielo; es la misericordia la que nos salva.

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con la Palabra de Dios.

1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto? Lee con atención, más de una vez, el Evangelio de este domingo. Toma tu Biblia o lee el texto en la descripción del vídeo del podcast.

2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí? Vuelve a los cinco puntos anteriores y deja que una palabra toque tu corazón: el “no tengáis miedo”, lo que “está escondido y será revelado”, el “santo Temor de Dios”, cuánto “valemos” ante el Padre, el “testimonio” ante los hombres.

3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto? Responde al Señor en oración, con tus propias palabras. Deja que el Espíritu Santo ore en ti y por ti. Entrega al Señor tus miedos y pide la gracia de un amor que expulse todo temor.

4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios? Busca una capilla con adoración al Santísimo Sacramento, presencial o al menos virtual, y permanece en silencio ante el Señor, dejándote mirar por Él, que cuenta hasta los cabellos de tu cabeza y te conoce por tu nombre.

5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy? Toma una resolución concreta: vencer un miedo para dar testimonio de la fe, volver a la confesión, o hacer un gesto de caridad con alguien que no pueda retribuirte. Y comparte esta Palabra con alguien de tu familia o amistad. Anótalo todo en tu cuaderno de oración.

¡Hasta la próxima semana!

¡Shalom!

De lunes a sábado tenemos un breve vídeo; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio dominical para que medites y reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más personas amen la Palabra de Dios. Deja tu “me gusta” y compártelo con tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!

Vídeo del podcast: https://youtu.be/OZREHKqeuZs


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