Formación

Si tu hermano peca contra ti: entre tener razón y ganar al hermano

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José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra

En este 23º Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio trae dos partes entrelazadas: la corrección fraterna y la oración hecha en común (Mt 18,15-20). Son solo seis versículos, y cada uno de ellos daría un domingo entero de oración. No están juntos por casualidad. Quien no se reconcilia con el hermano no reza en unidad con él, y quien no reza por el hermano difícilmente tendrá la valentía y la delicadeza necesarias para corregirlo.

Conviene recordar el conjunto. El capítulo 18 entero es una catequesis de Jesús sobre la vida de la comunidad. Comienza con un niño puesto en medio de los discípulos, como respuesta a la pregunta sobre quién es el mayor en el Reino de los Cielos (cf. Mt 18,1-5); pasa por la parábola de la oveja perdida, que el pastor va a buscar porque no es voluntad del Padre que se pierda uno solo de estos pequeños (cf. Mt 18,12-14); y termina con la pregunta de Pedro sobre cuántas veces hay que perdonar y con la parábola del siervo sin misericordia (cf. Mt 18,21-35). Humildad, búsqueda del que se perdió, corrección, oración y perdón forman un solo bloque. Leer el pasaje de hoy fuera de ese conjunto es el camino más corto para entenderlo mal.

Como siempre, hemos escogido cinco puntos para tu meditación y oración, que compartimos en el pódcast: https://youtu.be/LMaYI5MExls (con subtítulos en tu idioma).

Evangelio: Mt 18,15-20

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo, pero a solas contigo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a una o dos personas más, para que todo el asunto quede decidido por la palabra de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la Iglesia. Y si ni siquiera a la Iglesia escucha, sea para ti como un pagano o un pecador público. En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. De nuevo os digo: si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se la concederá. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos’.”

1. “Ve y corrígelo, a solas contigo”: un deber que nace de la caridad

La primera pregunta es inevitable: corregir ¿es una obligación o una opción? Jesús habla en imperativo, “ve y corrígelo” (Mt 18,15), y el Antiguo Testamento ya era claro: “reprenderás a tu prójimo, para que no te hagas culpable por su causa” (Lv 19,17). La primera lectura de este domingo dice lo mismo con la imagen del centinela: si el vigía no advierte al malvado, Dios le pedirá cuentas de esa sangre (cf. Ez 33,7-9).

Pero hay que entender de qué tipo de deber se trata, y no es automático ni vale para todo pecado de toda persona. Santo Tomás de Aquino examina la corrección fraterna dentro del tratado de la caridad, y no del tratado de la justicia (cf. Suma Teológica II-II, q. 33). Obliga cuando hay necesidad real, competencia para hablar, prudencia y esperanza fundada de ayudar al hermano. Antes de ser un reclamo, la corrección es un acto de amor: no soporto que mi hermano permanezca en el error, porque el error lo aleja de Dios. La tradición atribuida a san Agustín insiste en la otra cara de la misma moneda: en ciertas circunstancias, callar por comodidad una corrección necesaria no es mansedumbre, es falta de caridad.

De ahí se sigue la primera condición, y es dura: no has sido nombrado juez ni cobrador de los pecados de todo el mundo. Antes de salir corrigiendo, hay que reconocerse pecador. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos” (1Jn 1,8). Y Jesús fue de una claridad incómoda: “con la medida con que midáis se os medirá” y “¿por qué miras la brizna en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?” (Mt 7,2-3). Quien quiere corregir empieza por su propio examen de conciencia.

La segunda condición está en la palabra “a solas”. Jesús habla de un pecado “contra ti”, ocurrido entre vosotros dos. En ese caso, el primer paso es particular, sin público y sin testigos, precisamente para preservar la honra del hermano. Es distinto cuando el pecado es público y causa escándalo o daño grave a terceros: entonces puede ser necesaria una corrección pública, hecha por la autoridad competente o, según el caso, por quien tenga legítima responsabilidad y prudencia para hacerla. Incluso entonces, el motivo es reparar el escándalo y proteger a los demás, nunca exponer a la persona por gusto.

Fíjate también en la gradación que el Evangelio describe: a solas; después con una o dos personas, según la antigua norma de los dos o tres testigos (cf. Dt 19,15); y solo entonces ante la comunidad. Cada peldaño es un nuevo intento, no un cerco que se cierra. La escalera de la corrección fraterna es, en realidad, una escalera de la paciencia.

2. “Has ganado a tu hermano”: el objetivo no es tener razón

Jesús no dice “lo corregiste”, ni “tenías razón”. Dice “has ganado a tu hermano” (Mt 18,15). El criterio de éxito no es el argumento vencido, es la persona recuperada. El objetivo de la corrección no es humillar, no es probar que yo sabía más, no es lograr que el hermano no vuelva a pisar la Iglesia. Es traerlo de vuelta, más cerca de Cristo.

San Juan Bosco insistía en que no basta amar a los jóvenes: es necesario que ellos se sientan amados (cf. Carta de Roma, 1884). Aplicado a la corrección, el principio es simple y exigente: si la persona no puede sentirse amada en aquello que vas a decir, es mejor esperar. Dom Estêvão Bettencourt, monje benedictino de Río de Janeiro que dirigió la Escuela Mater Ecclesiae y fundó la revista “Pergunte e Responderemos”, hoy Siervo de Dios, recordaba, en la línea de santo Tomás, que la corrección supone alguna esperanza de éxito. Cuando solo serviría para endurecer el corazón y alejar todavía más, la caridad puede pedir que se espere el momento, se rece por el hermano y se busque otro camino (cf. Suma Teológica II-II, q. 33, a. 6). Eso no es cobardía ni omisión: el deber permanece, lo que cambia es la hora y el modo.

Conviene decirlo con todas las letras, porque es el pecado más común de internet: es posible ganar la discusión y perder al hermano. Cuando eso ocurre, no hubo victoria alguna. Se alimentó el propio orgullo, que no sirve para nada, y se alejó de Dios un alma por la cual Cristo murió.

Hay además una cuestión de método, y tiene nombre. La Iglesia habla de una “jerarquía de las verdades”: todas las verdades reveladas deben ser creídas, pero se articulan entre sí según un orden, en su relación con el fundamento de la fe cristiana (cf. Unitatis Redintegratio 11; Catecismo 90). Eso no es relativismo. Es pedagogía. Nadie entiende el valor de la castidad antes de entender su propio valor, es decir, antes de saber que es amado por Dios y que su cuerpo es templo del Espíritu Santo (cf. 1Cor 6,19). Por eso se empieza por el anuncio central: “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único… Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Después, poco a poco, el hermano va creciendo y entendiendo. No se puede empezar por la teología moral.

Y no está de más recordarlo: corregir al que yerra, enseñar al que no sabe y soportar con paciencia a las personas difíciles son obras de misericordia espirituales (cf. Catecismo 2447). Son obras de misericordia. No de irritación.

3. “Todo lo que atéis en la tierra…”: el poder de las llaves al servicio del regreso del hermano

El versículo 18 suele leerse aislado, pero está pegado a lo que viene antes: la comunidad que no fue escuchada. Jesús ya le había dicho a Pedro que le daría las llaves del Reino, con ese mismo poder de atar y desatar (cf. Mt 16,19); ahora se lo dice a la Iglesia reunida.

En el lenguaje rabínico del tiempo de Jesús, “atar” y “desatar” significaban declarar prohibido o permitido. En el contexto de Mateo 18, las dos palabras expresan la autoridad de la Iglesia para tomar decisiones que obligan de verdad, tanto en la disciplina de la comunidad como en el discernimiento de la reconciliación. Vale la pena notar que, al contrario de lo que sugiere nuestra intuición, “atar” aquí no es el gesto positivo: es retener. Y “desatar” es soltar, devolver al hermano al seno de la comunidad. Ese poder se manifiesta de modo eminente en el perdón de los pecados, cuando el Resucitado sopla sobre los Apóstoles y dice: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,22-23; cf. Catecismo 1444-1445). Y se manifiesta también en las penas canónicas, entre ellas la excomunión, que impide la recepción de los Sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiales (cf. Catecismo 1463). Conviene guardar dos cosas: esas penas son medidas jurídicas y medicinales, que solo se aplican cuando se verifican las condiciones previstas por el derecho, y están ordenadas a la conversión y al retorno de quien se alejó. Y no son sentimientos: nadie está dentro o fuera de la comunión de la Iglesia porque se sienta así.

Queda entonces el versículo peor comprendido de todo el pasaje: “sea para ti como un pagano o un pecador público” (Mt 18,17). Lo que la frase dice, en primer lugar, es serio: quien se obstina en rechazar la escucha de su propia Iglesia ya no vive de hecho la comunión eclesial, y la comunidad lo reconoce. Pero eso no cierra el asunto, y es aquí donde el Evangelio entero nos obliga a preguntar cómo trataba Jesús a los paganos y a los pecadores públicos. Llamó a un cobrador de impuestos para ser apóstol y fue a comer a su casa, diciendo que no son los sanos los que necesitan médico (cf. Mt 9,9-13). Se hospedó en casa de Zaqueo (cf. Lc 19,1-10). Elogió la fe del centurión y la de la mujer cananea (cf. Mt 8,10; 15,28). Y envió a los discípulos a hacer discípulos entre todas las naciones (cf. Mt 28,19). Nunca dejó de desear su conversión. Por eso, aunque el sentido inmediato de la frase sea la ruptura de una comunión que el propio hermano rechazó, la lectura pastoral que se impone es esta: si él volvió a ser “de fuera”, entonces trátalo como se trata a quien está fuera, es decir, como alguien a quien hay que evangelizar desde el principio. No es borrarlo de la lista: es volver a empezar por el kerigma.

Por lo demás, el propio Jesús advirtió a los que se creían seguros: “los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de Dios” (Mt 21,31). Una frase para estremecer a quien ya se instaló en el papel de corrector de los demás.

Es aquí donde habita el peligro de la hipocresía, que era lo que Jesús más denunciaba en los maestros de la Ley y fariseos. Su problema no era saber mucho. Era decir y no hacer, y atar cargas pesadas sobre los hombros de los demás sin mover un dedo para llevarlas (cf. Mt 23,3-4). De ahí la acusación famosa: pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley, la justicia, la misericordia y la fidelidad; coláis el mosquito y os tragáis el camello (cf. Mt 23,23-24). Fíjate en que Jesús no abole el diezmo: dice “esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello”. El problema no es el cuidado por lo pequeño; es el cuidado por lo pequeño que sirve de coartada para el descuido de lo esencial. Vale para nosotros cuando un pecado visible del hermano nos parece más grave que el pecado escondido que cargamos.

4. “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo”: pedir en sinfonía y según la voluntad de Dios

El versículo 19 es una promesa impresionante: cualquier cosa que dos pidan de acuerdo será concedida por el Padre. Quien ya ha rezado por algo bueno y no lo ha recibido pregunta enseguida: entonces, ¿por qué no sucede?

Empecemos por la palabra. El verbo griego traducido por “se ponen de acuerdo” es “symphoneo”, la misma raíz de “sinfonía”. No se trata solo de combinar una petición; se trata de estar en armonía. Y observa dónde está colocada esa promesa: justo después del pasaje sobre el hermano que pecó contra ti. No se trata de una regla que Mateo 18 formule expresamente, pero la vecindad de los dos textos dice mucho: la oración hecha en común se vive en un espíritu de reconciliación. Es lo que el Sermón de la Montaña ya enseñaba acerca del culto: si al presentar tu ofrenda ante el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y ve primero a reconciliarte (cf. Mt 5,23-24).

Después, la condición que la propia Escritura añade: pedir según la voluntad de Dios. San Juan es explícito: “Esta es la confianza que tenemos delante de él: que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en todo lo que le pedimos, sabemos también que ya poseemos lo que le hemos pedido” (1Jn 5,14-15). Y Santiago dice el reverso, sin eufemismo: “Pedís y no recibís, porque pedís mal, para malgastarlo en vuestros placeres” (St 4,3).

Por eso la insistencia de Jesús, “pedid y recibiréis” (Mt 7,7), viene junto con la comparación del padre que no da una piedra a quien pide pan, ni una serpiente o un escorpión a quien pide un pez o un huevo, y termina en el don mayor: “cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lc 11,11-13). La mejor petición es el Espíritu Santo, porque es el don que ordena todos los demás.

Y hay una humildad que aprender: no siempre sabemos qué pedir. “Nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26). Rezar en el Espíritu es dejar que Él corrija nuestra petición. Del otro lado, la generosidad de Dios es mayor que nuestra imaginación: Él “puede hacer infinitamente más de todo lo que pedimos o pensamos” (Ef 3,20), y lo que ha preparado para los que lo aman es lo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón humano jamás imaginó” (1Cor 2,9).

Vale la pena rezar con el reverso de esto. Cuántas veces pedimos algo convencidos de que sería nuestra felicidad. Ganar la lotería, por ejemplo. Nadie tiene que despreciar el trabajo, el dinero honesto y el sustento de la familia, eso es deber y es bueno. Pero hay un “ay de vosotros” en el Evangelio dirigido a quien ya ha recibido aquí todo su consuelo (cf. Lc 6,24). Quizá muchas de nuestras oraciones no atendidas sean, en realidad, una respuesta: un Padre que no le entrega al hijo aquello que lo perdería.

Una palabra más sobre la comunión, porque la unidad que el Evangelio pide tiene consecuencias concretas. Comulgar es gesto de quien está en comunión. Quien tiene conciencia de pecado grave debe recurrir antes al Sacramento de la Reconciliación (cf. 1Cor 11,27-29; Catecismo 1385). Y la Iglesia, al no admitir habitualmente a la comunión eucarística a los cristianos que aún no están en plena comunión con ella, no juzga la fe ni la sinceridad de nadie: reconoce que la Eucaristía significa y realiza la plenitud de la comunión en la fe y en el vínculo eclesial, que todavía no existe (cf. Catecismo 1398-1401). El camino, ahí, es rezar y trabajar por la unidad, que es el deseo del propio Señor: “que todos sean uno” (Jn 17,21).

5. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre”: una presencia que no es propiedad nuestra

Este es, probablemente, el versículo más citado del pasaje y uno de los más usados fuera de lugar. Reunirse “en nombre de Jesús” significa reunirse a causa de él, en la fe y en la caridad. Y esa promesa no confiere automáticamente a un grupo cualquiera los poderes sacramentales y de gobierno propios de la Iglesia jerárquicamente constituida. Basta ver el contexto: la frase viene justo después de “díselo a la Iglesia”, y la palabra usada es ekklesía, la asamblea que el propio Jesús convoca. Es el mismo Jesús que le había dicho a Pedro: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18).

Tampoco se debe aislar esa presencia de las demás, ni confundirlas. Cristo se identifica de modo singular con los pobres, los enfermos, los presos y los extranjeros, hasta el punto de decir que lo que se les hace a ellos se le hace a Él (cf. Mt 25,31-46). Él está presente en su Palabra, cuando la Escritura es proclamada en la liturgia; en la persona del ministro; en la asamblea reunida en oración; y, de modo único, verdadero, real y sustancial, en la Eucaristía (cf. Sacrosanctum Concilium 7; Catecismo 1088 y 1373-1374). Son presencias reales y distintas, y no se equivalen.

Una imagen hermosa de ese “dos o tres” son los discípulos de Emaús: dos que caminan conversando sobre lo que había sucedido, y el Señor se acerca y camina con ellos. Y fíjate en el final: reconocido al partir el pan, Él desaparece, y los dos vuelven inmediatamente a Jerusalén, junto a los Once (cf. Lc 24,13-35). El encuentro personal con Cristo devuelve a la comunidad; no sustituye a la comunidad.

Eso no significa que Dios quede preso a nuestras fronteras. La Iglesia reconoce que fuera de su estructura visible existen numerosos elementos de santificación y de verdad, que impulsan hacia la unidad católica (cf. Lumen Gentium 8; Unitatis Redintegratio 3; Catecismo 819). Dios escucha la oración sincera de quien lo busca con corazón recto. Lo que el Evangelio de hoy pide no es desconfianza de los demás: es que no usemos un versículo suelto para dispensarnos de la unidad que Cristo quiso.

Es la misma Iglesia la que reúne a millones de jóvenes en una Jornada Mundial y al sacerdote con tres fieles en una capilla escondida. Vale para los dos la promesa: “allí estoy yo, en medio de ellos”. Y vale para los dos la condición que el capítulo 18 entero viene preparando desde el niño puesto en medio de los discípulos: humildad y unidad. Sin ellas, el versículo se convierte en eslogan.

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.

1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto? Lee despacio Mt 18,15-20, y si puedes lee el capítulo 18 entero. Fíjate en los verbos: corregir, escuchar, ganar, atar, desatar, pedir, estar reunido. Observa que la promesa de la oración atendida viene después, y no antes, del camino de la reconciliación.

2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí? ¿Existe alguien a quien yo debería hablar a solas, y de quien vengo hablando a los demás? ¿Existe alguien a quien vengo corrigiendo para tener razón, y no para ganar? ¿Y qué le he estado pidiendo a Dios últimamente: lo que es bueno, o lo que yo quiero?

3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto? “Señor, te alabamos y te bendecimos por este Evangelio, en el cual nos llamas a la caridad para con el hermano que yerra y nos enseñas a corregir para ganar, y no para alejar. Te pedimos por tu Iglesia, esparcida por el mundo entero, y por el deber de corrección que tienen los pastores y cada uno de nosotros. Danos un corazón como el tuyo, manso y humilde, para que aquellos que se alejaron puedan volver a ti. Te pedimos también por la Iglesia reunida cada domingo, esta ekklesía en la cual celebramos tu Palabra y tu Cuerpo y tu Sangre. Y te pedimos, oh María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, que intercedas por nosotros y por todos los que nos escuchan.” Continúa tu oración según el Espíritu Santo te inspire.

4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios? Quédate en silencio e imagina el rostro de la persona más difícil de tu vida ahora. No pidas nada. Deja que el Señor te muestre ese rostro como Él lo ve: un hermano que hay que ganar.

5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy? Escoge una conversación de esta semana y, antes de responder, escucha hasta el final. Y si hay una corrección que hacer, hazla a solas, en el momento en que la persona pueda sentirse amada, y reza por ella antes.

¡Hasta la próxima semana!

¡Shalom!

De lunes a sábado tenemos un pequeño vídeo; el domingo, nuestro pódcast con el Evangelio Dominical para que lo medites y reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más gente ame la Palabra de Dios. Deja tu “me gusta” y compártelo con tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!

Vídeo del pódcast: https://youtu.be/LMaYI5MExls con subtítulos que puedes seleccionar en tu idioma.


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