Formación

¡La parábola del deudor implacable: entre la compasión y la justicia!

comshalom

José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra

El capítulo 18 de Mateo se cierra con una parábola que incomoda. El domingo pasado escuchamos el deber de la corrección fraterna y la fuerza de la oración hecha en común (cf. Mt 18,15-20). Ahora viene el ejemplo concreto, y nace de una pregunta de Pedro: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21).

Quien escucha la parábola entera suele reaccionar con indignación. El empleado acababa de ser perdonado de una deuda imposible y no consiguió perdonar una deuda pequeña. Es la misma indignación de David ante la parábola contada por el profeta Natán, cuando el rey se enfurece con el hombre rico que robó la oveja del pobre y escucha la sentencia que lo desarma: «Tú eres ese hombre» (2 Sam 12,7). La parábola de Jesús hace lo mismo con nosotros. Nos deja juzgar al empleado perverso hasta que percibimos que estamos hablando de nosotros.

Como siempre, escogimos cinco puntos para tu meditación y oración, que compartimos en el podcast: https://youtu.be/V8ibSPL9oo0 (con subtítulos en tu idioma).

1. «¿Hasta siete veces?»

La pregunta de Pedro es generosa. Entre los maestros de Israel había una tradición de perdonar hasta tres veces, asociada al lenguaje numérico de los profetas («por tres crímenes de Israel y por el cuarto, no le perdonaré», cf. Am 1,3; 2,6), aunque el texto bíblico no establece esa regla. Pedro dobla el número y todavía le añade uno. Siete, el número asociado a la plenitud, el mismo de las caídas del justo: «siete veces cae el justo, pero se levanta» (Prov 24,16).

Pedro está leyendo bien el corazón de su Maestro. Ya entendió que Jesús va más allá de la medida común y se anticipa. Lo que todavía no imagina es el tamaño de ese «más allá». Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,22), expresión que algunas traducciones traen como «setenta y siete veces». En cualquiera de las dos, el sentido es el mismo: no es una cuenta nueva que haya que hacer, es el fin de la contabilidad. Donde Lamec cantaba la venganza setenta veces siete (cf. Gn 4,24), Jesús pone el perdón sin medida. Él no está ampliando el límite, está quitando el límite del lugar donde nosotros lo pusimos.

Y hay una pregunta escondida en la respuesta, la que la parábola le hará descubrir a Pedro por sí mismo: ¿cuántas veces crees que Dios debería perdonarte?

2. «Le presentaron uno que debía diez mil talentos» (Mt 18,24)

El primer detalle de la frase ya dice mucho: le presentaron. El empleado no se presentó por su cuenta, fue presentado. Un día también nosotros seremos llevados a rendir cuentas, queramos o no, en el juicio particular y en el juicio final (cf. CIC 1021-1022; 1038-1041).

La traducción litúrgica conserva la cifra que trae el texto griego: diez mil talentos. El talento era una medida de peso, unos 34,2 kilos, y equivalía a seis mil denarios. Como el denario era el jornal de un trabajador (cf. Mt 20,2), un único talento representaba cerca de seis mil días de trabajo, algo entre dieciséis y veinte años. El Evangelio no dice de qué metal eran esos talentos, pero algunas Biblias traen en nota el cálculo hecho por el peso en oro, y por esa cuenta, a la cotización de esta semana, los diez mil talentos llegarían a algo en torno a 41,7 mil millones de euros, unos 247 mil millones de reales. La conversión es apenas una estimación, y sirve solo para dar la dimensión de esa enorme fortuna.

Ningún trabajador llega a ese valor. No es cuestión de esfuerzo, es cuestión de escala: la hora de trabajo de una persona tiene un precio y el número de horas de una vida tiene un límite. La deuda es simplemente impagable.

Queda la pregunta: ¿cómo acumula alguien una deuda así? Probablemente porque era responsable de muchas cosas y de mucha gente, y desperdició lo que le fue confiado. El valor de una vida no cabe en una cifra, y el Señor ya había preguntado qué podría dar alguien a cambio de su propia vida (cf. Mt 16,26). También nosotros tenemos en las manos una fortuna que no siempre percibimos: las personas que el Señor nos confía, el tiempo, la fe recibida. Vale la pena preguntar, en la oración, qué hemos hecho con eso.

Y hay todavía un detalle que pasa desapercibido: si el patrón perdona una cantidad así sin hacer cuentas, ¿quién es ese patrón?

3. El patrón tuvo lástima de él y le perdonó toda la deuda (Mt 18,27)

El empleado no pidió perdón. Pidió plazo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo» (cf. Mt 18,26). Es casi atrevimiento, porque nunca tendría con qué pagar. Aun así, se arrojó a los pies del patrón y le suplicó.

Recibió mucho más de lo que pidió. El rey ya había mandado que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y todas sus posesiones para pagar la deuda (Mt 18,25). Salió de allí con la libertad de su familia y con la deuda cancelada. San Juan Crisóstomo comenta que el señor ya quería perdonar y esperó a que el siervo viniera a pedirlo, porque el perdón no se impone, se acoge.

Si el patrón hubiera perdonado el noventa por ciento, el empleado seguiría debiendo una fortuna y seguiría atado a él por el resto de la vida. El perdón de Dios no es un descuento. Es entero, y es gratuito (cf. CIC 1441; 1846-1848).

4. «Encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios» (Mt 18,28)

Los cien denarios eran cien jornales. Comparando con el jornal de un trabajador hoy en Brasil, algo en torno a quince mil reales. No es una miseria, no es el óbolo de la viuda (cf. Mc 12,41-44). Es una deuda real, que hacía falta.

Y aquí está el punto: lo que aquel empleado exigía era justo. El otro debía de verdad, y él tenía el derecho de cobrar. Lo que no tenía era el derecho de cobrar de aquella manera, porque él mismo no había sido tratado según la justicia, sino según la misericordia. Quien fue tratado con misericordia y vuelve a medir todo por la justicia se olvidó de dónde vino.

El Evangelio incluso se preocupa de decir que esto sucedió «al salir» (Mt 18,28). No hubo tiempo de olvidar. No cabe alegar que el recuerdo del perdón recibido quedó lejano, ni que el tiempo pasó y las cosas cambiaron.

5. Entregado a los verdugos hasta pagar toda la deuda (Mt 18,34)

El final asusta. El patrón entrega al empleado a los verdugos. La traducción litúrgica usa esa palabra, y otras traen torturadores o carceleros, porque el término griego designa a quien aplica tormento.

El lenguaje es parabólico, y no autoriza a nadie a tratar así a su hermano. Pero Jesús lo usa para advertir en serio: quien se niega a perdonar se cierra al perdón que Él mismo nos da. Varios intérpretes cristianos aplicaron además esta imagen a lo que el rencor hace dentro de nosotros, los pensamientos que vuelven, el resentimiento que guardamos contra el hermano y a veces contra Dios mismo. Es una tortura sin fin, y empieza aquí.

Vale la pena recordar la imagen que Dante Alighieri pone en el último canto del Infierno: Satanás entronizado en el hielo, aislado, cerrado en sí mismo, en un lugar donde el calor humano no llega. Es el retrato de quien se cierra al perdón.

Queda la pregunta que deja la parábola: ¿no había perdonado ya el patrón? Sí, y el Evangelio lo dice dos veces. Pero la parábola presenta la negativa de aquel empleado como una contradicción radical del perdón que él mismo había recibido. En una expresión del Papa Francisco, fue misericordiado y no usó misericordia. Lo experimentó y no aprendió.

Esta es la lección mayor. Jesús dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Y dijo también, después de lavar los pies de los discípulos: «Sabiendo esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica» (Jn 13,17). No basta recibir, hay que vivir.

Por eso el Evangelio termina como termina: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano» (Mt 18,35). La expresión no es un adorno. Jesús usa efectivamente la palabra kardía, corazón. Y es la misma medida que rezamos todos los días en el Padre Nuestro: «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12; cf. CIC 2842-2845). Quien se niega deliberadamente a perdonar contradice la oración que reza todos los días y se cierra al perdón que pide. Perdonar no significa renunciar a la justicia, a la reparación debida ni a la prudencia necesaria, sino dejar de guardar la deuda en el corazón.

Perdonar no es fácil. Hay heridas en las que el perdón es un proceso largo, que se rehace muchas veces, y pedir esa gracia ya es empezar a perdonar. Pero no es imposible, porque no empieza en nosotros. Empieza en el perdón que ya recibimos. Cuanto más consciente es una persona de cuánto ha sido perdonada, más capaz se vuelve de perdonar. Es difícil ser misericordioso con los demás sin haber experimentado antes, en uno mismo, lo que es la misericordia. Ante esto solo cabe la pregunta del salmo: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal 115,12).

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.

1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto? Lee con calma Mt 18,21-35 en tu Biblia, de principio a fin. Fíjate en quién actúa en cada escena: quién presenta, quién suplica, quién perdona, quién cobra.

2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí? ¿De qué deuda he sido perdonado y quizá lo haya olvidado? ¿Hay hoy alguien a quien vengo cobrando con justicia aquello que yo mismo recibí solo por misericordia?

3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto? Agradece por el perdón que recibes cada día y pide la gracia de reconocerlo. Pide también un corazón capaz de perdonar de verdad a la persona que te venga ahora al pensamiento, y reza por ella por su nombre.

4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios? Quédate en silencio ante el patrón de la parábola, que cancela la deuda entera antes de que el otro tuviera el valor de pedirlo. Deja que esa imagen te diga quién es Dios.

5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy? Escoge un gesto concreto en esta semana: una conversación aplazada, un mensaje, un cobro al que vas a renunciar.

¡Hasta la próxima semana!

¡Shalom!

De lunes a sábado tenemos un video breve; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio dominical para que lo medites y lo reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más personas amen la Palabra de Dios. Deja tu «like» y compártelo con tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!

Vídeo del podcast: https://youtu.be/V8ibSPL9oo0 con subtítulos que puedes seleccionar en tu idioma.


Comentarios

Aviso: Los comentarios son de responsabilidad de los autores y no representan la opinión de la Comunidad Shalom. Está prohibido dejar comentarios que violen la la ley, la moral y las buenas costumbres o violan los derechos de los demás. Los editores pueden retirar sin previo aviso los comentarios que no cumplen los criterios establecidos en este aviso o que estén fuera del tema.

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *