José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra
En este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio (Mt 21,28-32) nos presenta la parábola de los dos hijos. El padre pide a los dos que vayan a trabajar a la viña. El primero responde “No quiero“, pero después se arrepiente y va. El segundo responde “Voy, señor“, pero no va. Y Jesús pregunta: “¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?” (Mt 21,31).
Es una llamada más a la conversión. Jesús habla a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, y el Evangelio termina con una frase fuerte: “Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis” (Mt 21,32). Cuando Jesús dice que los publicanos y las prostitutas van por delante de nosotros en el Reino de Dios, la pregunta vuelve a nosotros: ¿no nos estaremos creyendo demasiado? Incluso cuando es duro, Jesús es duro para convertir, nunca para condenar o alejar. Y cuanto más rezamos, más conscientes debemos ser de nuestra debilidad y de nuestra necesidad de conversión. Como siempre, hemos escogido cinco puntos para tu meditación y oración, que compartimos en el podcast: https://youtu.be/x88PbSVA320 (con subtítulos en tu idioma).
1. “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos”
“¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos” (Mt 21,28).
Conviene situar el Evangelio de hoy. El domingo pasado estábamos en el capítulo 20, con los trabajadores de la viña (cf. Mt 20,1-16a). El capítulo 21 comienza con la entrada de Jesús en Jerusalén (cf. Mt 21,1-11); después Jesús expulsa a los vendedores del Templo (cf. Mt 21,12-13), sale de la ciudad y sucede el episodio de la higuera (cf. Mt 21,18-22). Al volver al Templo, los sumos sacerdotes y los ancianos le preguntan con qué autoridad había hecho aquello, y Jesús responde con otra pregunta: “El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?” (Mt 21,25). Ellos discutieron entre sí, tuvieron miedo de la gente y prefirieron no comprometerse: “No sabemos” (Mt 21,25-27). Es en este contexto donde Jesús comienza: “¿Qué os parece?” Podemos oír aquí un tono casi amistoso, como quien dice: bueno, vamos a contar una historia. Y, con esa pregunta, Jesús los invita a juzgar la situación y, sin darse cuenta, su propia conducta.
La liturgia diaria es muy buena y práctica, pero hay que conocer la Biblia y rezar con ella, para saber de dónde viene el Evangelio y hacia dónde va. Jesús ya estaba hablando de Juan y va a terminar hablando de Juan: nada de esto sale de la nada.
Los dos hijos recuerdan inmediatamente a los dos hijos de la parábola del Padre misericordioso (cf. Lc 15,11-32). Aquí Jesús no dice cuál es el mayor y cuál el menor; dice solo “el primero” y “el segundo”. Una lectura patrística ve en estos dos hijos a los gentiles y al pueblo de Israel; algunos Padres llegan a invertir el orden entre el primero y el segundo. Y la viña ya era imagen del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento (cf. Is 5,1-7). En el Nuevo Testamento, el propio Jesús se presenta como “la verdadera vid”, y al Padre como el labrador (cf. Jn 15,1ss); y la viña pasa a hablar también del Reino de Dios. El domingo pasado, los trabajadores de la viña; hoy, los hijos llamados a la viña; el próximo domingo, los viñadores. Somos trabajadores de la viña del Reino: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos” (Mt 9,37).
En esta imagen todos podemos vernos reflejados. Nadie es siempre el primer hijo, ni siempre el segundo: tenemos algo de los dos, como también tenemos algo del hijo que pidió su parte de la herencia y del hermano mayor que se quedó fuera refunfuñando (cf. Lc 15,12.28-30). El gran peligro es ponernos en el lugar del fariseo que, de pie, da gracias por no ser como aquel otro (cf. Lc 18,11). Cuidado: tú puedes ser aquel otro. Siempre es importante rezar como el publicano: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (Lc 18,13).
2. “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue
“Él le contestó: ‘No quiero’. Pero después se arrepintió y fue” (Mt 21,29).
“Se arrepintió” es la traducción litúrgica; otras traducciones dicen “cambió de parecer“. En griego, es el mismo verbo que Jesús usa al final, “no os arrepentisteis” (Mt 21,32): metamélomai, arrepentirse, cambiar de parecer. Es pariente cercano de otra palabra que el Nuevo Testamento usa para la conversión, metanoia, que también puede traducirse como transformación, cambio de mentalidad. Algo sucedió dentro de este hijo. Jesús habla de la necesidad de conversión desde el comienzo hasta el final del Evangelio, y Juan Bautista ya la predicaba (cf. Mt 3,2).
Hay aquí una luz sobre la unión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Santa Teresa de Jesús habla de ella en las Moradas quintas de su libro “Castillo interior o Las Moradas”. La unión de la voluntad no significa dejar de sentir mi propia voluntad: significa que, sabiendo cuál es la voluntad de Dios, quiero cumplirla, me guste o no me guste, sea fácil o difícil. Muchas veces la voluntad de Dios se presenta como un gran desafío, y nuestra carne lo rechaza. Este hijo muestra algo así: la boca dijo que no, pero la acción dijo otra cosa.
El texto no dice cuánto tiempo después se arrepintió. Debió de tener un tiempo para pensar. ¿Y qué nos lleva a cambiar de parecer y a convertirnos? Podemos recordar al menos cuatro caminos.
El primero es la palabra, el argumento, la predicación. Pedro dice “No me lavarás los pies jamás“, y Jesús le responde: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo“. Pedro entonces dice: “Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza” (Jn 13,8-9). San Pablo pregunta: “¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie?” (Rom 10,14).
El segundo son las tribulaciones. Dios mandó a Jonás a predicar en Nínive, y él huyó en dirección contraria (cf. Jon 1,1-3). Vinieron la tempestad y el gran pez, donde Jonás pasó tres días y tres noches (cf. Jon 2,1), y al final fue (cf. Jon 3,1-3). A veces, las tribulaciones nos hacen entrar en nosotros mismos y nos llevan a cumplir la voluntad de Dios.
El tercero es una experiencia de Dios. Así fue con tantos santos: Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís ante el crucifijo de San Damián.
El cuarto es el toque de la gracia. San Agustín, después de tanta resistencia, sintió ese toque y decidió: es ahora, es hoy (cf. Confesiones VIII,12). Santa Teresita cuenta algo parecido de la noche de Navidad de 1886. Lo tenía todo para, una vez más, llorar y hacer una escena al oír una palabra de cansancio de su padre. Pero decidió otra cosa: se secó las lágrimas, bajó y fue a alegrar a su padre y a sus hermanas. No le pareció bien de inmediato, pero fue más fuerte que ella misma, acogió la gracia y maduró en pocos minutos (cf. Manuscrito A, 44v-45r). Y quizá tú también hayas hecho una experiencia de conversión por alguno de estos caminos. Santa Teresita tiene además una frase, en un poema de 1897, que a primera vista parece extraña: “Siempre hago mi voluntad” (Poesía 45, “¡Mi alegría!”). Ella explica en el mismo poema que su alegría es querer la voluntad de Jesús. Como su voluntad estaba unida a la de Dios, hacer la voluntad de Dios era hacer la suya.
3. “Voy, señor”. Pero no fue
“Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: ‘Voy, señor’. Pero no fue” (Mt 21,30).
En este “voy, señor” que no se cumple, recordamos la palabra de Jesús: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). Y justo después: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios?” Y él responderá: “Nunca os he conocido” (Mt 7,22-23). No basta con tener palabras. San Juan dice: “Hijitos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn 3,18). Y Santiago: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla” (Sant 1,22).
Dice el refrán: las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra. Quien más vivió esta coherencia fue el propio Jesús. Nadie podía acusarlo de pecado (cf. Jn 8,46): él hablaba y daba ejemplo. En la Última Cena, lavó los pies a los discípulos y dijo: “Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica” (Jn 13,17). Una cosa es hablar de boquilla; otra cosa es cumplir la voluntad del Padre. E incluso quien habla poco, pero hace, marca toda la diferencia. Santa Teresa de Calcuta no era una predicadora; conocemos pocos discursos suyos, y mira cómo cumplió la voluntad de Dios. Cada uno tiene su misión y su llamada, pero la palabrería es un peligro. Aquí vale la pena llevar la pregunta a nuestra propia Lectio: ¿estaré yo solo diciendo “Señor, Señor“, sin cumplir la voluntad de Dios?
Jesús dirá también a los escribas y fariseos que ellos decían, pero no hacían lo que predicaban (cf. Mt 23,3). Aquí no los llama hipócritas: denuncia la falta de conversión. “No mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre“, porque viene del corazón (Mt 15,11.18). Los profetas ya decían: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13; cf. Mt 15,8). Y, como en Lucas 15, donde las tres parábolas de la misericordia comienzan diciendo que los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo (cf. Lc 15,1), aquí Jesús dice que ellos van por delante. Ellos son conscientes de su propio pecado y saben que no merecen el Reino. El problema es cuando nosotros creemos que lo merecemos y nos ponemos por encima. ¿De qué me sirve predicar y hablar, si no cumplo la voluntad de Dios?
La Virgen María es el ejemplo opuesto al segundo hijo. Ella dijo: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), y enseguida se puso en camino deprisa para servir a su pariente Isabel (cf. Lc 1,39). Cuando una mujer proclama bienaventurado el vientre que lo llevó, Jesús responde: “Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11,28). Es el nombre de nuestro canal, y el complemento es precisamente cumplir la Palabra.
4. “¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?”
“¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?” Contestaron: “El primero” (Mt 21,31).
Este es el cuestionamiento principal: cumplir la voluntad del Padre. Quienes responden no son fariseos, sino sumos sacerdotes y ancianos. El Sanedrín reunía a saduceos y fariseos, y los dos grupos pensaban de manera muy distinta, por ejemplo, sobre la resurrección (cf. Hch 23,6-8). Ahora responden a la pregunta del comienzo, “¿Qué os parece?“, y caen de lleno en lo que Jesús esperaba: “El primero“. Tenéis toda la razón. Y Jesús concluye: “En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios” (Mt 21,31). No quisieron decir si el bautismo de Juan venía del cielo o de los hombres (cf. Mt 21,25-27); ahora ellos mismos han dicho que cuenta quien hace, y no quien habla. Podemos leer en ese “no sabemos” una negativa a comprometerse, que en el fondo es también una negativa a creer y a convertirse.
Es la misma pedagogía de otras preguntas de Jesús. Al fariseo Simón, que lo había recibido en su casa, le pregunta cuál de los dos deudores lo amará más, y Simón responde: “Supongo que aquel a quien le perdonó más” (Lc 7,43). La pecadora “ha amado mucho” porque se le había perdonado mucho (cf. Lc 7,47). Al maestro de la Ley, después de la parábola del buen samaritano, Jesús le pregunta quién fue el prójimo del que cayó en manos de los bandidos; él responde: “El que practicó la misericordia con él“. Y Jesús dice: “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10,36-37). No se trata solo de ver y pasar de largo; es el amor concreto.
“La plenitud de la ley es el amor” (Rom 13,10), y “el amor tapa multitud de pecados” (1 Pe 4,8). Quien dice que cumple la Ley, pero no ama, no está cumpliendo la Ley. Vemos mucho en internet a gente dando normas y más normas, como si las normas fueran a salvar a alguien: ‘Un católico de verdad no hace esto, no hace aquello’. Lo que hago o dejo de hacer será un reflejo de lo que hay dentro de mí; pero, si no tengo amor, de nada sirve (cf. 1 Cor 13,1-3). La conversión viene de dentro hacia fuera; si no es así, está vacía. Por eso Jesús pide que perdonemos “de corazón” (Mt 18,35).
Y solo puedo poner delante de Dios mi propio pecado, porque no conozco el corazón del otro. Rezamos con el Salmo: “Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé” (Sal 50,5-6). Santa Teresa enseña que “la humildad es andar en verdad” (cf. Castillo interior, Moradas sextas 10,7). Muchas veces esta frase se interpreta mal, como si la verdad fuera mi diploma o mis títulos. La verdad es que soy pecador, no merezco la misericordia de Dios, y Dios es misericordioso. La humildad no es autodesprecio: es reconocer mi lugar. La propia Santa Teresa, al describir la visión del lugar que le estaba preparado en el infierno, escribe que aquella fue “una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho” (Libro de la Vida 32,4), porque allí entendió de qué la había librado la misericordia de Dios. Tuvo éxtasis y tantas gracias extraordinarias, pero contó esta entre las mayores. Y San Juan de la Cruz advierte que quien se enorgullece de los consuelos espirituales corre gran peligro (cf. Noche oscura I,2): la gracia de Dios nos hace más humildes.
5. “No os arrepentisteis ni le creísteis”
“Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis” (Mt 21,32).
Es este último versículo el que llama la atención: el arrepentimiento está orientado a la fe. Cuando nos convertimos, es para creer en Jesucristo. El Evangelio de San Juan también termina con esta cuestión de la fe: los signos se escribieron “para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20,31).
Los sumos sacerdotes y los ancianos no creían, a pesar de haber visto tantos signos. Y ahora había un signo fuerte más: la conversión de los publicanos y de las prostitutas. Aun viendo esa conversión, ellos no se convirtieron, y siempre encontraban mil razones para no creer. Cuando las multitudes acudían a Juan Bautista, los publicanos preguntaban: “Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?” Y Juan respondía: “No exijáis más de lo establecido” (Lc 3,12-13). Seguían siendo publicanos, pero convertidos. Son estos los que, dice Jesús, van por delante en el Reino. Y los que escuchaban a Jesús seguían con el corazón endurecido.
Ante la dureza de corazón, nuestra o de personas que amamos, hay cosas que solo la oración resuelve. No somos nosotros quienes vamos a vencer la dureza del corazón de nadie; si no es el propio Dios, ¿quién va a ser? Aquí podemos pedir la intercesión de Santa Mónica, que perseveró durante años en la oración por la conversión de su hijo Agustín: pedir, buscar, llamar e insistir, porque el Padre “dará el Espíritu Santo a los que le piden” (Lc 11,13). ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? (Lc 11,11). La gracia mayor es pedir el Espíritu Santo, porque el Espíritu transforma incluso nuestras peticiones: aquello que creemos que es lo mejor, Dios lo cambia por lo que es su voluntad y lo que de verdad es mejor para nosotros (cf. Rom 8,26-27).
Pasos de la Lectio Divina
La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.
1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto?
Evangelio (Mt 21,28-32)
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: ‘Hijo, ve hoy a trabajar en la viña’. Él le contestó: ‘No quiero’. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: ‘Voy, señor’. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. Contestaron: “El primero”. Jesús les dijo: “En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis”.”
2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí?
¿En qué momentos soy el primer hijo, que dice que no y después va? ¿Y en cuáles soy el segundo, que dice “voy, señor” y no va? ¿Por qué camino me ha convertido ya el Señor: una palabra, una tribulación, una experiencia de Dios, un toque de la gracia?
3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto?
’Señor, hoy te pedimos esta gracia: aunque nuestras palabras, nuestro exterior o nuestros sentimientos rechacen tu voluntad, danos la fortaleza de cumplir tu voluntad. Danos la gracia de reconocer cuánto no merecemos tu misericordia y cuán misericordioso eres tú con nosotros. Muéstranos, Jesús, cuánto nos amas, qué compasivo eres y cuánto perdón tienes para nosotros, para que también nosotros, llenos de tu amor, de tu compasión y de tu perdón, podamos amar, perdonar, seguirte y vivir en tu amor. Danos la gracia de no mirarnos a nosotros mismos con autodesprecio, sino en la verdad: nada merecemos, y somos amados, queridos y preciosos a causa de tu amor. María, toma nuestra mano, condúcenos por el camino de la verdad y ayúdanos a cumplir la voluntad de Dios…”. Continúa tu oración movido por el Espíritu Santo.
4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios?
Quédate en silencio ante el Padre que pide a los dos hijos, con la misma paciencia, que vayan a trabajar a su viña. Deja que él mire tu “no” que después se arrepiente y tu “sí” que no se cumplió, y que su misericordia cambie tu corazón.
5. Acción (Actio). ¿A qué me llama hoy el Señor?
Escoge una cosa que ya le dijiste al Señor que harías y todavía no has hecho, y cúmplela esta semana. Y reza todos los días por alguien de corazón endurecido, pidiendo para esa persona el Espíritu Santo.
¡Hasta la próxima semana!
Shalom!
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Vídeo del podcast: https://youtu.be/x88PbSVA320 con subtítulos que puedes seleccionar en tu idioma.