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Los primeros y los últimos: entre la cuenta que hacemos y la bondad que recibimos

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José Ricardo Bezerra y Felipe Bezerra

En este XXV Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio (Mt 20,1-16a) nos presenta la parábola de los jornaleros de la viña. Un propietario sale al amanecer a contratar trabajadores y vuelve a salir a media mañana, hacia mediodía, a media tarde y al caer la tarde. Al final del día manda pagar a todos el mismo denario, empezando por los últimos. Los que trabajaron desde temprano protestan, y él responde: “Amigo, no te hago ninguna injusticia” (Mt 20,13).

La parábola desmonta una expectativa nuestra, como sucedió la semana pasada con la pregunta de Pedro sobre perdonar (solo hasta) siete veces (cf. Mt 18,21-22). Esperábamos una cuenta, y Dios responde con generosidad. Él no es injusto con nadie: cumple exactamente lo que ajustó. Pero su bondad va más allá de lo que nuestra medida consigue calcular. Como siempre, elegimos cinco puntos para tu meditación y tu oración, que compartimos en el podcast: https://youtu.be/IHamHtoU5bs (con subtítulos en tu idioma).

1. El propietario que sale al amanecer

“El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña” (Mt 20,1).

La parábola empieza por el propietario, y es en él donde Jesús quiere que fijemos la mirada. Él mismo dice de qué trata la comparación: el reino de los cielos es como ese hombre que sale. La viña es una imagen que atraviesa el Antiguo Testamento para hablar del pueblo de Dios y del cuidado del Señor por él (cf. Is 5,1-7; Sal 80,9-16).

En la parábola, el propietario sale porque necesita trabajadores en su viña. Dios no nos necesita. Parafraseando a san Agustín, se suele decir que Él no tenía necesidad de nosotros y aun así quiso libremente asociarnos a su obra (cf. CIC 306-307). Por ese motivo la llamada no es primero para producir o hacer algo, sino para estar con Él: el Señor llama a los suyos “para que estuvieran con él” y después para enviarlos (cf. Mc 3,14).

Una lectura tradicional aplica esas salidas en horas distintas a las edades de la vida, de la juventud a la vejez; otros Padres de la Iglesia las relacionan con las etapas de la historia de la salvación y con la llamada de los pueblos. Vale, por tanto, para las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y también para la vida parroquial más sencilla: colocar las sillas, limpiar la iglesia, servir en lo que haga falta. Vale además para la vida de oración, donde el Señor está siempre saliendo a nuestro encuentro. Santa Teresa de Jesús, en el “Castillo interior”, describe a esa alma que tiene al Señor dentro de su corazón y vive fuera de sí misma. San Agustín hizo esa experiencia y la dejó escrita en su libro “Confesiones”: buscaba a Dios en las cosas exteriores, y Dios estaba en su intimidad. De ahí la frase que quedó: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé” (Confesiones X,27).

2. Las otras salidas: ¿dónde estamos nosotros?

“Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo” (Mt 20,3).

En las salidas siguientes, la parábola muestra a los que ya estaban trabajando y a los que seguían parados en la plaza, incluso a aquellos que solo fueron llamados a última hora. La pregunta que nos devuelve es sencilla: ¿dónde estamos nosotros? ¿Ya hemos sido llamados y estamos trabajando? ¿Estamos parados, esperando? ¿O todavía ni siquiera nos hemos acercado a la plaza?

Ante la llamada, la excusa aparece con facilidad: yo no sé cantar, yo no sé organizar nada, yo no sirvo para eso. San Pablo responde con la imagen del cuerpo: el pie no puede decir “puesto que no soy mano, no formo parte del cuerpo“, ni el oído decir que no es ojo (cf. 1 Cor 12,14-21). Nadie es prescindible y ningún servicio es demasiado pequeño. La Viña es grande y hay lugar para que cada uno haga su parte.

Los últimos contratados le dicen al propietario: “Nadie nos ha contratado” (Mt 20,7). Puede ser una excusa, y puede ser la verdad. Quizá alguien estuviera distraído en la plaza, conversando, y no se diera cuenta de que el propietario pasaba llamando. Queda entonces la pregunta para nosotros: ¿estamos atentos para escuchar cuando el Señor llama?

3. El pago que empieza por los últimos

“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros” (Mt 20,8).

El orden del pago, empezando por los últimos, es intencionado. Si el propietario hubiera empezado a pagar por los primeros, estos habrían recibido su denario y se habrían ido sin ver nada. Pero Él quiere que su bondad sea vista por todos. El denario de la parábola era el salario de un día, previamente ajustado con los primeros trabajadores, y correspondía al sustento de una jornada.

El mismo Dios que “hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45) también “pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27; cf. Sal 62,13; Rom 2,6). Y la parábola muestra que esa justicia nunca queda lesionada: nadie recibe menos de lo ajustado, pero la bondad de Dios supera el cálculo, y “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Sant 2,13).

La dificultad no está en el concepto, está en nosotros. Seguimos midiendo el amor con nuestra balanza: si yo hago más, debo recibir más; si el otro hizo menos, debe recibir menos. Santo Tomás de Aquino, retomando una definición antigua, dice que amar es querer el bien del otro (cf. Suma Teológica I-II, q. 26, a. 4). Cuando soy bueno con alguien para que esa persona sea buena conmigo, eso todavía no es amor. San Juan dice que “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Él no necesita recibir nada a cambio: su generosidad es enteramente desinteresada.

4. La murmuración de los primeros

“Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo” (Mt 20,11).

Recordemos aquí las cualidades de esos trabajadores antes de juzgar sus defectos. Se levantaron de madrugada, aceptaron el trabajo, soportaron el cansancio y el calor del día entero y no se quejaron mientras trabajaban. Se ajustaron en un denario y recibieron exactamente lo ajustado.

Los defectos aparecen al final: la murmuración y la envidia. Acusan al propietario de injusticia sin razón, porque su bondad con los otros no les quitó nada de lo que era suyo. La murmuración acompaña al pueblo de Dios desde el tiempo del desierto, cuando Israel se quejaba aun recibiendo el maná (cf. Éx 16,2-3; Núm 11,4-6). Es fácil dejar de reconocer el bien recibido en el instante en que se mira lo que recibió el otro.

Aquí entra también el lado humano de la escena. La parábola no describe la situación de cada trabajador, pero quien vive de un jornal depende del pago de ese día para comer al día siguiente, y un pago proporcional a las horas dejaría al contratado al caer la tarde casi sin nada que llevar a casa. La igualdad del jornal manifiesta la generosidad y el cuidado del propietario para con los últimos, y no solo una cuenta de horas trabajadas.

Está además la tentación de cuestionar a Dios por ser bueno con los otros. En los discursos finales del libro de Job (cf. Job 38-41), Dios no le ofrece a Job una explicación detallada de su sufrimiento: le revela la desproporción entre la sabiduría divina y la comprensión humana, y lo invita a confiar en Quien conoce el principio y el fin de todas las cosas.

5. “¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

“¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” (Mt 20,15).

La parábola termina con el propietario poniendo, por así decirlo, “el dedo en la llaga”. El problema no era el dinero, era la mirada. La libertad de Dios al dar sus bienes no es arbitrariedad: Él es soberano y es bueno, y el don que hace a uno no se le quita a otro.

Esa gratuidad tiene su punto más alto en la Cruz. Nosotros no teníamos con qué pagar nuestra deuda, y Cristo pagó por nosotros, cancelando “la nota de cargo que nos condenaba” (Col 2,14), cuando todavía éramos pecadores (cf. Rom 5,8). Por eso el Señor nos llama al amor filial, que expulsa el temor servil (cf. 1 Jn 4,18). El santo Temor de Dios sigue siendo una actitud legítima y un don del Espíritu Santo, porque nace del respeto filial a quien nos ama.

Que la respuesta del propietario se quede con nosotros durante la semana. Cuando la envidia quiera medir lo que recibió el otro, que sepamos dar gracias por lo que hemos recibido gratis, y que nos alegremos de la bondad de Dios para con todos.

Pasos de la Lectio Divina

La Lectio Divina es la lectura orante de la Palabra de Dios. Reserva un tiempo de silencio, invoca al Espíritu Santo y recorre con calma estos pasos, rezando tú mismo con este Evangelio.

1. Lectura (Lectio). ¿Qué dice el texto?

Evangelio (Mt 20,1-16a)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido’. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’. Le respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña’. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: ‘Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros’. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: ‘Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno’. Él replicó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos”.

2. Meditación (Meditatio). ¿Qué me dice el texto a mí?

¿En qué hora del día me llamó el Señor, y qué he hecho en la Viña? ¿Dónde estoy ahora: trabajando, parado en la plaza o lejos de ella?

3. Oración (Oratio). ¿Qué le digo a Dios a partir del texto?

“Señor, Te alabamos y Te bendecimos por Tu Palabra, que es viva y eficaz. Te damos gracias por Tu bondad y por Tu misericordia para con todos, que tantas veces no comprendemos. Perdónanos, Señor, las veces en que cuestionamos el bien que hiciste a otros y en que medimos Tu amor con nuestra medida. Por el simple hecho de estar contigo, ya tenemos la gran recompensa de nuestra vida. Danos la gracia de ser agradecidos por los dones recibidos y generosos como Tú eres generoso para con todos. María, Madre de Misericordia, intercede por nosotros ante Jesús, tu Hijo. Amén.”

4. Contemplación (Contemplatio). ¿Qué mirada nueva me da Dios?

Quédate en silencio ante el propietario que sale varias veces al día a buscar jornaleros y que paga empezando por los últimos. Deja que tu mirada sobre Dios sea corregida por la bondad que Él muestra.

5. Acción (Actio). ¿A qué me llama el Señor hoy?

Elige un servicio concreto esta semana, por pequeño que parezca, en tu familia, en tu parroquia o en tu comunidad. Y, ante alguien que recibió más que tú, da gracias en vez de comparar.

¡Hasta la próxima semana!

¡Shalom!

De lunes a sábado tenemos un breve vídeo; el domingo, nuestro podcast con el Evangelio dominical para que medites y reces. Suscríbete al canal e invita a otras personas, para que más gente ame la Palabra de Dios. Deja tu “me gusta” y compártelo con tus amigos. Dios te bendiga. ¡Shalom!

Vídeo del podcast: https://youtu.be/IHamHtoU5bs con subtítulos que puedes seleccionar en tu idioma.


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